viernes, 13 de octubre de 2017

CAPITULO 47 (TERCERA PARTE)






Todo está bien. Demasiado bien diría yo. 


Superamos lo que quedaba de febrero y todo el mes completo de marzo sin ni una sola discusión fuerte, siempre hubieron pequeñas disputas por ver quien tenía la razón, pero era obvio que yo ganaba y, si no lo hacía, lo besaba una y otra vez hasta lograrlo. 


Él no mencionó el tema y yo tampoco. Decidí perderme en nuestra burbuja y evitar hablar de lo que debíamos hasta que por fin llegó momento de hacerlo, estamos en mayo, cada vez queda menos tiempo. Sé que se molestará, será egoísta y le diré miles de cosas, pero confío que me apoyará en esto. Mi celular comienza a sonar sobre mi mesa de maquillaje, cruzo la tienda individual y lo tomo rápidamente. 


Veo el nombre en la pantalla y miro hacia todas las direcciones para comprobar que Pedro no está merodeando por aquí. 


—Hola —respondo por lo bajo. 


—No tengo mucho tiempo para esto —espeta secamente como siempre lo hace. Pongo los ojos en blanco y acaricio a mi pequeño angelito, mientras que me preparo para su falta de educación—. ¿Vendrás sí o no? 


—No lo sé —respondo—. Tengo que decírselo a Pedro. Tienes que entenderme —le pido, tratando de no enloquecer. 


Esto es desesperante. 


—A las diez, en la casa de té que te he dicho. Suelto otro suspiro y veo que raramente la llamada no ha finalizado. 


—¿Por qué siento que esto está mal, pero que es lo correcto? —pregunto con un hilo de voz, pero no hay una respuesta por su parte. Estoy confundida y con miedo, necesito a Pedro conmigo. No haré nada si él no me apoya en toda esta mierda.



Oigo el sonido de la llamada finalizada y luego suelto con brusquedad mi celular sobre el mismo lugar en el que estaba. Tomo mi bata de seda y la coloco sobre mi cuerpo. 


Camino por el pasillo y oigo risas provenientes de la habitación de Ale. Eso me hace sonreír de inmediato. Me acerco y observo desde la puerta. Pedro y Ale están jugando en la cama con el teléfono celular. Me hago ver y Ale rápidamente extiende sus bracitos en mi dirección. Me acerco a él y me siento con la espalda apoyada sobre el cabezal de la cama completamente desarreglada. 


—¿Qué están haciendo? —pregunto viendo a Pedro. Me sonríe dulcemente y luego señala su celular. 


—¡Estamos jugando! —exclama mi niño señalándome el juego de pajaritos irritantes que me molesta—. Papá Pero ha perdido muchas veces —dice con unas sonrisa. 


Beso su frente de nuevo y, luego de unos minutos en familia, decido que es momento de hablar con él antes de que todo estalle y se marche a la oficina. 


—Ale, hijo —lo llamo para que me preste atención a mí y no el celular—, ¿por qué no llevas a Dog a la cocina para que desayunemos todos juntos? —sugiero, señalando al cachorro que está mordiendo una pelota de color azul mientras que revolotea en su cesta para dormir. Mi pequeño se mueve de inmediato. Besa mi mejilla y luego la de Pedro


Le entrega el celular, se coloca sus zapatos y toma a su cachorro. Cuando sale de la habitación, me pongo de pie y Pedro hace lo mismo. 


—Ha llamado y quiere verme a las diez —siseo cruzándome de brazos. Admito que tengo miedo, no sé cómo reaccionará. Si me dice que no, mi corazón se romperá, me molestaré y lo enviaré a freír espárragos por imbécil—. ¿Tú quieres acompañarme? —pregunto esperanzada—. Si no lo haces, está bien, lo entenderé… 


Él suelta un gran suspiro, cruza la habitación y se coloca delante de mí. Acaricia el dorso de mis brazos y me mira de manera confusa. Sé que esto no le gusta para nada, jamás le ha gustado, pero no es mi culpa. 


—¿Es importante para ti? 


—Mucho. Sé que dije que no quería saber nada de mi pasado y todo lo que ya me has dicho, pero siento que es lo correcto.



Hay otro suspiro. Comienzo a ponerme nerviosa. Quiero que deje de suspirar y que se comporte como un hombre o estallaré en cualquier momento. 


—¿Has hablado con tu padre sobre esto? —cuestiona—. Creo que es correcto que él lo sepa. Agacho la cabeza y miro el suelo un par de segundos. 


—Lo sé. Es solo que no quiero hacerlo por el momento. Hablaré con ese sujeto y luego se lo diré a mi padre. 


—Está bien, cariño. —dice por fin y logra arrancarme una sonrisa—. Te acompañaré. 


Doy un gran brinco por causa de la emoción y me lanzo a sus brazos. No me esperaba este tipo de reacción, bueno, en realidad, muy en el fondo sabía que lo haría. ¡No puedo creerlo! Si irá, me acompañará a ver a ese sujeto y por fin podremos aclarar todo esto de una vez. 


—No tienes que golpearlo —digo rápidamente, señalándolo con un dedo a modo de advertencia. Lo conozco y sé que perderá el control. Veo una sonrisa en sus labios y al elevar sus manos en señal de inocencia sé que está mintiéndome. 


—No te prometo nada —Me toma de la cintura y me da un hermoso y dulce beso en los labios, mientras que una de sus manos acaricia a nuestra hija por encima de la tela de mi bata—. Ven, vamos a desayunar. 


A las nueve y unos pocos minutos nos despedimos de Ale y caminamos por la cochera del edificio. Estoy nerviosa. No he dicho ni una sola palabra y sé que lo que haré será una completa locura. Pedro toma mi mano firmemente durante todo el camino, pero sé que puede sentir mis temblores. Me siento extraña. Tengo una leve sensación de que algo pasará, es como si mi cuerpo tratara de advertirme de algo, pero no estoy segura de qué. 


—¿Te sientes bien, cielo? —pregunta abriéndome la puerta del coche. 


Asiento levemente con la cabeza y luego cierro los ojos cuando me besa en la frente. Pedro rodea el vehículo y abre la puerta del conductor, me preparo para sentarme, pero lo único que logro percibir es algo completamente mojado deslizándose entre mis piernas. No puedo controlarlo, solo siento como fluye. Entro en pánico, el mundo se detiene, y observo mis jeans completamente oscurecidos por una mancha liquida. 


Pedro… —logro decir sintiendo como me hace falta oxígeno en los pulmones. Esto no puede ser, está mal, muy mal, aún falta todo un mes y unas semanas, no ahora, no en este maldito momento—. No, por favor, ahora no —murmuro mirando mi vientre. 


Coloco mis manos sobre mi hija, pero es inevitable, sucederá. Pedro corre a mi dirección y al verme sus ojos se abren de par en par. Su piel esta pálida y puedo ver que le falta el aire al igual que a mí. Es hora. 


—Paula… —logra decir luego de unos segundos, ninguno de los dos logra reaccionar, es un miedo inevitable, un miedo desesperante que toma el control de tu cuerpo—. Hay que ir al hospital —murmura rápidamente. Me observo y luego a él. 


No iré así. Jamás. 


—No —le digo, colocando ambas manos en su pecho. Mis ojos están llenos de lágrimas, pero tengo que tener el control. Siempre he dicho que tengo el control de todas las situaciones y hoy eso debe de ser verdad. Hoy más que nunca—. Volveremos al apartamento, llamarás a la doctora Pierce, yo me daré un baño y luego iremos al hospital —siseo completamente segura. Puedo ver en sus ojos que está desesperado—. Tenemos que guardar la calma, Pedro. Esto no es como en las películas —aclaro—. No estoy muriéndome de dolor. No siento nada —le explico. 


Él parece calmarse. Suelta un suspiro y luego se agarra la cabeza con ambas manos. 


—Aún falta un mes —murmura con la mirada perdida—. Un mes… 


—Tranquilo —Es ridículo que esté calmándolo, esto debería de ser al revés—. Esto no debe de ser grave, tal vez no sea hora. Leí en una revista que este tipo de cosas pueden pasar, tranquilo. Vamos. 


Pedro toma mi mano y caminamos apresuradamente. Ahora las manos que tiemblan son las suyas. En mi mente rezo una y otra vez para que Kya esté bien y que nazca a término. Ni siquiera he llegado a las veintiséis semanas y si nace antes será un parto prematuro y eso es a lo que más le temo. Entramos al departamento y nos detenemos en la puerta al ver que esto realmente está sucediendo. Pedro me ayuda a bajar las escaleras, mientras que tomo mi vientre. 


He comenzado a sentir mi vientre duro, pero eso es algo normal y tolerable. El dolor de espaldas es costumbre desde que cumplí seis meses y nada parece estar fuera de lugar. 


—¿Qué sucedió, por qué ya regresaron?—pregunta Agatha saliendo de la cocina, mientras que seca sus manos en un repasador. Observo a Pedro y trato de hablar, pero no puedo. 


—Dile a Maya que cuide a Ale. Acompáñala —ordena Pedro, mientras que me señala y toma el teléfono de su bolsillo. 


Ella me escanea con el ceño fruncido y al notar lo que sucede suelta un grito de horror. Parece desesperada y eso hace que el miedo aumente al paso de los segundos. No podré, no podré hacerlo. No soy fuerte, es todo lo contrario. 


Subo las escaleras a toda prisa y no dejo mi vientre ni un segundo. A lo lejos oigo a Pedro hablar por teléfono y parece molesto y desesperado. Lo sé por sus gritos. 


Tengo temor que algo le suceda a mi hija si demoro mucho, pero aún no siento nada extraño. Mi vientre se endurece a cada rato, pero esas eran cosas que me sucedían antes. Es confuso, no sé qué pensar. 


Llego a la ducha y me quito todo lo que tengo encima, me doy una ducha exprés solo para sentirme bien. Jamás habría ido al hospital de la manera en la que estaba. Ahora me siento mejor. Llego a mi armario, me coloco mi ropa interior sin preocuparme de cual he escogido exactamente, tomo uno de mis bolsos de cuero de tamaño grande y coloco otra muda de ropa interior dentro. No sé qué sucederá, pero es por si acaso. Kya. Quiero a mi hija conmigo, pero no ahora. 


No así. Me visto velozmente, sin nada extravagante, desarmo el rodete de mi cabello y lo peino con mis dedos. 


Es un desastre pero no debo demorar más. Tomo mi bolso otra vez y coloco un camisón de seda dentro, mi bata a conjunto y otro piyama de algodón. Me aseguro de que ninguno de mis objetos de higiene me haga falta y cuando estoy por salir del cuarto con las manos y las piernas temblorosas, Pedro aparece. 


—Cariño... —me dice, besando mi frente. Trato de fingir que todo está bien, porque él ya se ve aterrado por los dos, pero en mi interior grito una y otra vez que no estoy lista para esto—. He llamado a Gabriel, se quedará con Ale, Maya también, tu padre está en camino y Agatha ya ha preparado todo lo necesario.



—¿Que dijo la doctora Pierce? —pregunto de inmediato. No quiero saber sobre el resto del mundo. En este momento yo soy realmente importante. Yo y solo yo. 


—Nos espera en el hospital. Te harán una revisión y algunos análisis —murmura dulcemente, mientras que trata de distraerme con suaves caricias. 


Beso sus labios y dejo escapar todo el temor que me consume. Él me abraza fuertemente y luego acaricia a su hija. Me besa de nuevo y luego me ayuda con mi bolso. 


Llegamos a la sala de estar, me despido de mi pequeño angelito tratando de no llorar, lo abrazo y le prometo volver pronto. Agatha le entrega a Pedro el bolso de Kya color lavanda con flores, y luego por fin nos marchamos. Durante el camino ni uno de los dos dice palabra. El silencio es incómodo y lo único que se oyen son nuestras respiraciones aceleradas. Él está aterrado y yo también. Tengo miedo, mucho miedo. No podré hacerlo. No podré 


—Todo estará bien, cielo —susurra cuando nos detenemos en el estacionamiento. Volteo mi cabeza hacia su dirección y mis labios se mueven y tiemblan como gelatina cuando trato de no llorar. 


—Lo siento... —sollozo abrazándolo. Por fin puedo expresar mis emociones, quiero salir corriendo. Nunca estaré lista para algo así—. Tengo miedo... —sollozo, y luego cierro mis ojos con todas mis fuerzas al sentir como mi vientre se pone duro como una piedra. 


Aprieto el hombro de Pedro y trato de respirar con normalidad, pero no es tan sencillo. Recorremos el pasillo y por fin llegamos a la recepción. Pedro comienza a darle sus datos y los míos también a la chica del mostrador. Luego pasamos hacia la sección de más pasillos y por fin subimos hasta el piso tres. Encontramos a la doctora Pierce de inmediato y al verme su mirada cambia y una sonrisa se forma en sus labios. 


—Cuando Pedro me dijo lo que sucedió, creí que llegarías aquí llorando y gritando —murmura tomándome el pelo—, pero te ves muy bien. 


—Mejor cierra la boca y has tu trabajo —ordeno de inmediato. 


Su sonrisa no desaparece, sabe que no puedo enojarme con ella y eso me molesta. Me cruzo de brazos mientras que caminamos por otro puto pasillo hasta una habitación privada, solo para mí. Completamente mía.



Pedro acomoda ambos bolsos enormes sobre un rincón, luego la doctora me ordena que me desvista y me entrega una bata de hospital. La ignoro por completo, tomo mi camisón de seda de mi bolso, me desnudo, me lo coloco y luego tomo mi bata a conjunto. 


—Como quieras entonces, querida —murmura con desdén—. Comencemos con los análisis. 


Hace que me recueste sobre la cama y puedo suspirar por causa del alivio. El dolor que siento en lo bajo de la espalda desaparece por completo. Ella se coloca unos guantes de látex y luego me indica que me abra de piernas. Pedro toma mi mano y puedo notar lo incomodo que está por la situación. Me acaricia los nudillos con sus dedos y mira hacia otro lado. Sé que está nervioso y tenerlo así me produce mucha ternura. La doctora comienza a examinarme y por su rostro fruncido sé que algo anda mal. 


—¿Que sucede?—pregunto elevando mi cabeza para que me pueda ver. 


—Tranquila, querida. Todo está bien por el momento —asegura con sinceridad y me deja más calmada. Pedro suelta otro suspiro, luego me acomoda la ropa interior y vuelve a colocar el camisón de seda en su lugar. Cierra mi bata y me sonríe. 


—¿Qué sucederá ahora?—pregunta volteandose en dirección a ella. 


-Paula debe de hacerse unos cuantos análisis y luego les diré si pueden irse a casa o no.



jueves, 12 de octubre de 2017

CAPITULO 46 (TERCERA PARTE)




Son las tres de la mañana y, por alguna razón, no puedo dormirme. Estoy agotada, pero no logro cerrar los ojos. 


Pedro acaricia mi espalda levemente mientras que observa un lugar cualquiera en la habitación. Aún no ha dicho nada y estoy esperando a que lo haga. 


Tengo miles de cosas que explicarle, sé que oyó mi notas de voz, sabe toda la historia, pero su silencio me incomoda. 


Pedro… —digo en un leve murmuro. 


Él voltea su cabeza hacia mi dirección y me sonríe a medias, pero no es esa sonrisa que tanto me encanta, no es auténtica. 


—¿Te hice daño? —pregunta, volteándose de costado para estar frente a mí. Solo hay unos cuantos centímetros que se interponen entre ambos, pero sentir a nuestro pequeño angelito entre los dos es hermoso. 


—No —digo, negando con la cabeza. Bajo la mirada hacia las sábanas de la cama y suelto un suspiro. Será difícil hablar sobre esto—. ¿Qué sucederá ahora? ¿Qué le hiciste a Damian? ¿Qué sucederá con tu madre y tu hermana? 
Estoy confundida y tengo miles de dudas revoloteando en mi cabeza. Cuéntame… —le pido, acariciando su brazo con una de mis manos. 


—Mi madre y mi hermana cometieron un error y no se los perdonaré —murmura secamente—. Es una decisión tomada, Paula. No quiero volver a hablar sobre esto. 


—Me escogiste a mí —le digo, sintiendo como mis ojos se ponen llorosos de inmediato. Esta sensibilidad no tiene sentido alguno. 


—A ti y a nuestros hijos —aclara con otra sonrisa a medias. 


—¿Y qué sucedió con…? 


—Sabes lo que sucedió. No volverá a acercarse a ti. Todo tipo de relación con ese sujeto se acabó. ¿Comprendes? —me pregunta tomando mi mentón, haciendo que lo mire directo a los ojos —. Te enviará por correo el álbum de tu fiesta y tendremos otro fotógrafo para terminar el álbum de tu embarazo —asiento levemente con la cabeza, pero aún sigo viendo inquietud en su mirada. Es ridículo que él tenga inquietud cuando yo ni siquiera logré aclarar todas las dudas que surcan por mi cabeza—. Tú eres mía… —murmura con ese tono de voz posesivo que comienza a gustarme. Es diferente, es especial. Es un Pedro completamente sorpresivo y sexy. Cada vez que dice esa frase algo en mi interior se enciende—. Solo mía, Paula Alfonso. Y todo el mundo debe saber eso. No me cansaré de decírtelo. 


No puedo evitar sonreír. 


—Me gusta cuando te pones así —confieso, acercando más mi rostro al suyo. Acaricio su mejilla, mientras que dejo que mis ojos y los suyos se encuentren—. Me gusta que digas que soy tuya. 


—Eres mía —vuelve a decir. 


Apoya su cabeza en la palma de su mano y me mira por unos cuantos segundos, contemplando cada detalle de mi cuerpo. Su otra mano se mueve hacia mis pechos que están cubiertos por las sábanas. Veo otro tipo de brillo en sus ojos y me niego a creer que quiere hacerlo de nuevo. Dijimos que ya no lo haríamos y ninguno ha podido resistirse, ninguno mantuvo esa promesa. 


—Lo hicimos de nuevo —murmuro mordiéndome la uña del dedo índice inconscientemente—. No debimos. 


—Lo sé —responde perdiendo se mirada en otro lugar—. Fue un error. 


—¿Oíste mis notas de voz? —se me ocurre preguntar cuando sus dedos rozan mi piel. Lo hace para provocarme, sé que no quiere habar de ellos, pero necesito hacerlo. Si no puedo contar con él, entonces, ¿con quién más? 


—Todas ellas —dice rápidamente. 


—¿Y entonces…? 


— No volveré a pelear contigo por todo lo que sucedió. Sabes que debiste decírmelo, sabes que si me hubieses llamado por esa recaída, hubiese regresado para quedarme contigo. Paula, yo… Estoy tratado de procesarlo, ¿de acuerdo? Quiero que hablemos sobre eso, pero no ahora.



—¿Entonces cuándo? —estallo, y me siento en la cama cruzada de brazos—. Estás evitado ese maldito problema. Deberías de ayudarme a aclarar la situación —espeto, sintiendo como todo el momento comienza a arruinarse de nuevo—. Pedro, ese sujeto aparece de un día para el otro y dice ser mi hermano biológico… —consigo decir, sintiendo como mi voz se apaga. No lo había pensado de esta manera, creo que recién ahora comienzo a creer lo que sucede realmente—. Lo menos que espero es que tú me entiendas… 


Pedro suelta un suspiro, coloca ambas manos en su cara y se sienta también. Me cubro más con las sábanas y luego seco mi mejilla. Me niego a llorar por toda esta estupidez, me niego a hacerlo delante de él. Si no quiere apoyarme, entonces buscaré a otra persona que lo haga. 


Lo dije. 


—Lo siento, cariño… yo… —balbucea y trata de llevarme de regreso a sus brazos, pero quiero hacerme rogar un poquito—. Prometo apoyarte en esto, cielo. Es solo que estoy confundido. Dijiste que no querías saber nada sobre tu pasado y sobre Ana… Cuando sea el momento lo hablaremos, ¿de acuerdo? 


Decido darme por vencida. Sé que para él también es complicado. Tiene miedo de perderme de nuevo y puedo verlo en cada una de sus miradas, lo siento en cada una de sus palabras. 


Se siente amenazado y no quiero seguir dando vueltas sobre el mismo circulo. Dejaré este tema a un lado y cuando ese sujeto decida buscarme de nuevo enfrentaré lo que tenga que enfrentar y sé que Pedro estará ahí para mí. 


—Está bien, Pedro


Él sonríe y luego me abraza. Descanso mi cabeza en su pecho mientras que ambos acariciamos a nuestra pequeña. 


No tenemos que pelear por imbéciles que se interponen entre ambos. Dejaré el tema del hermanito perdido a un lado. Mi familia es importante ahora. Los cuatro estamos juntos y no debo de agregar a nadie más a la lista. Los problemas pueden esperar. 


—Ven, vamos a descansar —me dice. 


Se acuesta y luego hace que deposite mi cabeza en su pecho, mientras que merodea con sus cálidos brazos. Estira el edredón para cubrirnos y luego apaga la luz de la mesita de noche. Oigo su respiración mientras que acaricio su pecho. Beso uno de sus bíceps y luego trato de dormirme. 


—Te amo —susurro y me acurruco más contra su cuerpo. Lo oigo sonreír y luego besar mi cabeza.



—Y yo te amo a ti —dice con la voz cargada de dulzura. Ha vuelto a ser mi Pedro de siempre. Puedo saberlo por el tono de su voz—. Descansa, preciosa Paula…




CAPITULO 45 (TERCERA PARTE)





Son las once de la noche. Pedro lleva más de cinco horas fuera de casa y no sé nada de él. 


Le he dejado miles de mensajes de voz en su celular, lo he llamado, enviado mensajes de texto, pero nada. No puedo localizarlo y comienzo a sentir miedo. No sé a dónde está, lo que está haciendo, no sé si Damian sigue vivo… 


—¿Papá Pero se fue de viaje? —pregunta Ale, mientras que se acurruca a mi lado y acaricia a su pequeño perrito. 


Estamos en su habitación y estoy esperando a que se quede dormido. No podré con todo esto. 


—Él vendrá pronto. Fue a resolver un problema —le explico, pero sé que eso no es suficiente.



—¿Qué problema? —pregunta, elevado su cabeza hacia mi dirección. Sonrío y acaricio su mejilla en un vago intento por cambiar de tema, pero no funciona. 


—Es un problema de gente grande, Ale. 


—¿Y papá se molestó? 


Su pregunta me sorprende, pero no tanto. Está claro que despertó por los gritos en la sala de estar. 


—No… —miento—. Papá se enfadó por otra cosa, pero volverá pronto —aseguro una vez más—. Ahora tienes que dormir porque para cuando despiertes, papá estará aquí y jugaremos mucho con Dog, lo llevaremos al parque. 


—Está bien —murmura con una sonrisa. 


Beso su frente, acaricio a su perrito y me quedo ahí por unos cuantos minutos hasta estar completamente convencida de que se ha dormido. Lo observo una última vez, me seguro de que está bien cubierto con el edredón y dejo la luz encendida, luego salgo de la habitación sin hacer ruido y camino hacia mi cuarto. Falta poco para que se acabe San Valentín y comienzo a pensar que es mucho peor que el del año pasado. 


No estamos juntos, estamos peleados y no dormiré entre sus brazos porque sé que está molesto conmigo. Me siento en la cama con el teléfono entre las manos y veo pasar lo minutos. 


Decido llamar una última vez, pero no me contesta. 


—Sé que estás molesto, sé que probablemente me odies después de esto pero… —suelto un suspiro y otro sollozo—. No creí que este San Valentín sería como el primero, Pedro. Hace un año no dormí entre tus brazos porque fingía que te odiaba y ahora tú me pagas con la misma moneda… Sé que no es justo que te pida nada, pero si oyes esta nota de voz entonces presta mucha atención. Te diré todo lo que sucedió en todos estos días en los que no has estado, te lo contaré todo con lujo de detalle… 


Comienzo a narrar cada cosa que ha sucedido desde que se marchó. Trato de no omitir ni un detalle, pero cuando lo noto, llevo más de veinte minutos hablado y ya le envié como siete notas de voz que probablemente no solucionarán nada.



—Sabes… lo lamento. No fue mi culpa, pero lo lamento de todos modos. Sabes que te amo… 


Suelto el micrófono de la pantalla y luego trato de tranquilizarme. Estoy molesta conmigo y molesta con él, pero también estoy decepcionada de mi misma. 


Es una mezcla absurda de sentimientos y hormonas. 


Acaricio a Kya e intento que mi vientre vuelva a relajarse. 


Corro a la ducha y me doy un baño que dura menos de diez minutos. Seco mi cabello y trato de no pensar en todo lo que ocurrió. 


Él ha arruinado nuestro San Valentín. 


Yo quería decírselo todo, pero buscaba el momento correcto y eso él no lo supo comprender. Es ridículo. Yo tengo la razón. 


—Eres una completa estúpida, Paula —me digo a mi misma cuando estoy peinando mi cabello. 


Aseguro el nudo de la toalla blanca que cubre mi cuerpo, camino hacia mi tienda individual y tengo otro enfrentamiento conmigo misma al ver mi teléfono. Esto es ridículo. No me merece. 


Debería estar aquí tratando de solucionarlo y no en no sé dónde. 


*Vete a la puta mierda Alfonso!* 


Escribo y luego se lo envío. Oigo un extraño sonido al otro lado de la habitación. Me volteo lentamente y cierro los ojos porque sé que cuando los abra lo veré parado a metros de mí, y lo hago… Ahí está él, leyendo el mensaje que acabo de enviarle. 


—¿“Vete a la puta mierda”? —pregunta, mirándome fijamente. 


No puedo descifrar lo que hay en su rostro. No sé si sigue enfadado o qué. Estoy completamente confundida y sentirme así me hace tener deseos de llorar. Me siento como una estúpida. 


Pedro… 


Él deja su teléfono celular a un lado, da un par de pasos y, en menos de dos segundos, está delante de mí. 


Sus ojos me escanean por completo, una de sus manos toma la toalla que me cubre y en un parpadear estoy completamente desnuda. Sus manos rodean mi cintura mientras que sus labios aprisionan los míos por completo. Es un beso cargado de desesperación. No sé qué hacer o que decir, solo lo sigo, quiero seguirlo para saber en dónde terminará todo esto. 


Es una completa locura, pero no puedo pensar en nada y al mismo tiempo todo se me viene a la cabeza. 


Pedro... —digo apartándome cuando necesito respirar—. Pedro… —pero su agarre se torna más fuerte. 


Toma mi pierna derecha y hace que rodee su cintura con ella. Me pierdo en otro beso y gimo cuando sus labios acarician mi cuello. La piel de todo mi cuerpo se calienta, siento calor, voy a perder los estribos. ¿Qué está sucediendo? 


—Tú eres mía… —susurra sobre mi oído, mientras que con una de sus manos atrapa uno de mis senos—. Tú eres solo mía —vuelve a decir como si estuviese tratando de convencerse a sí mismo de que lo que dice es verdad, y claro que lo es—. Ese beso no significó nada para ti —asegura. 


—No, claro que no —siseo de inmediato. 


Gimo de nuevo y chillo cuando me toma con fuerza y me carga a horcajadas. 


Comienza a caminar hasta la cama y me deja sobre ella con sumo cuidado. Me observa desde donde está y luego se quita su camisa con prisa. No puedo creer que esto esté sucediendo. 


Observo su torso y mis ojos se posan rápidamente hacia su pantalón. Se lo está quitando a toda prisa y no demoro en verlo completamente desnudo. 


Su erección está ahí, llamándome. Es toda para mí. Suelto un suspiro y luego me acomodo para que Kya no comience a quejarse con sus pataditas. Pedro sigue sin ninguna expresión clara en su rostro. 


Aún no he visto una sonrisa y no sé qué pensar realmente. 


Se acerca a mí y hace fuerza con ambos brazos para no aplastarme, luego se inclina y muerde mi labio inferior. No puedo moverme, estoy completamente hechizada. 


Me pierdo en su mirada, en sus caricias, en todo él. Esto me ha tomado por sorpresa y estoy desconcertada. Su boca comienza a depositar leves besitos sobre su hija, sus manos descansan a ambos lados de mi cintura, mientras que sus labios… 


Oh, Dios. Sus labios siguen bajando hasta posarse sobre mi feminidad. Enloqueceré por completo. Descanso mi mano sobre la parte trasera de su cabeza para guiar sus movimientos y cierro los ojos. Él deja de besarme de inmediato y mueve su rostro junto al mío, separa mis piernas y, cuando me mira fijamente, sonríe y me penetra de tal manera que logra arrebatarme un gemido.



—Tú eres mía, solo mía… 


Pedro