martes, 10 de octubre de 2017
CAPITULO 36 (TERCERA PARTE)
Viernes. Otro maldito día sin Pedro, otra maldita noche en la que no dormí en sus brazos. Otro día en el que no ha llamado ni tampoco ha contestado mis menajes. Termino de vestirme y bajo las escaleras. Veo a mi padre y a Ale desayudando mientras que mi niño juega con un autito rojo encima de la mesada. Agatha parece muy concentrada en leer una revista y sé que lo hace porque papá está aquí.
Gracias a mi desmayo de ayer, ambos cancelaron su cena y me siento muy culpable por ello. Maya se dedica a limpiar la otra mesada de la cocina una y otra vez y por un momento siento que hay demasiada gente aquí.
—¿Cómo has amanecido, princesa? —pregunta desde su lugar, mientras que cambia los canales de la televisión.
—Bien, papá —miento.
Tomo una fruta de la cesta en la mesada y luego de comprobar que mi pequeño ha terminado con su desayuno, lo llevo hacia el despacho de Pedro. Sé que entrar ahí hará que me ponga aún peor, pero tengo que intentarlo. Sé que si lo llamo, contestará y hablaremos durante no sé cuánto tiempo. Lo necesito, necesito que haga esto, necesito que me dé señales de vida.
—¿Crees que papá Pero contestará? —pregunta cuando lo siento en mis piernas y lo acomodo para que Kya no se sienta incomoda. Lo que menos quiero es que empiece a patearme ahora.
—Eso espero, hijo —le digo mientras que enciendo el aparato. La pantalla no demora mucho en ponerse azul.
Abro el usuario y agradezco que no tenga que poner ni una contraseña. Me conecto al Skype, mientras que Ale permanece en silencio. El tono de llamada comienza y miro rápidamente su escritorio con una sonrisa. Hay tres marcos con fotografías nuestras. El primero es de nuestra segunda boda, cuando nos casamos en el cuarto de Kya, el segundo marco contiene una foto de la primera ecografía de Pequeño Ángel y la tercera es de nosotros dos con Ale en el albergue.
No puedo dejar de sonreír. Somos su familia, nos ama y a veces me odio a mí misma por no poder comprender que él tiene cosas que hacer también. Su familia es lo más importante, pero su empresa no es excusa suficiente.
—¿No funciona? —pregunta mi pequeño interrumpiendo mis miles de pensamientos.
Observo la pantalla y veo el tiempo de la llamada. Ya ha finalizado y él no contestó.
—No, Ale —le digo en medio de un suspiro—. No funciona.
Lo bajo de mis piernas con cuidado y luego cierro el aparato.
No quiero molestarme, mi mente me dice que tengo que entenderlo, pero ni siquiera ha enviado un mensaje, nada.
—Mamá, Paula —dice para llamar mi atención—. Papá Pedro volverá —asegura.
Me muerdo el interior de mi mejilla para no romper a llorar, me pongo a su altura y acaricio su cabello. Este niño me da fuerzas y hace que todos mis oscuros pensamientos se iluminen.
—Claro que volverá… —aseguro. Beso su frente y luego dejo que me abrace. Es algo que logra calmarme—. ¿Quieres ir de compras con mamá? —pregunto dulcemente—. ¿Qué dices?
—¡No! —grita desesperado.
Me rio un par de veces y poso mis manos en mi vientre, porque no puedo dejar de hacerlo.
—No compraremos ropa —aclaro porque sé que eso es a lo que le teme. Hemos tenido esa experiencia y sé que se aburrió muchísimo—. Mamá debe de hacer un pastel.
—¡Entonces si voy! ¡Quiero hacer pastel!
Ayer en la noche recibí la llamada de Gina y recordé que le había prometido un pastel para su esposo. Es deprimente saber que ella tendrá un hermoso San Valentín mañana y yo no. Suelto un suspiro y hago una lista mental por segunda vez de todo lo que a su esposo le gustaba para el pastel, mientras que Ale toma sus cosas y se prepara para acompañarme. Tomo mi bolso y mi teléfono celular. Le coloco el abrigo a Ale y veo a Gabriel asomarse rápidamente. Pongo los ojos en blanco, pero decido no pelear con él en el día de hoy. Dejaré que haga su trabajo.
—¿Saldrá, señora?
—Sí, de hecho quiero que me lleves a Harrods —le digo acomodando las solapa de mi sobre todo—. Tengo algunas cosas que comprar —él asiente a modo de comprensión y luego me compaña hacia el estacionamiento.
Nos subimos a mi coche y le doy mis llaves para que conduzca. Podría hacerlo yo, pero prefiero disfrutar del viaje.
Me he sentido más que agotada desde el día de ayer y solo quiero acabar con todo esto del pastel y seguí contando los días hasta que parte de mi Paula regrese, porque Pedro se la ha llevado lejos y si no regresa no volveré a ser la misma.
Estoy segura de ello.
Abrocho el cinturón de seguridad de Ale y luego el mío.
Gabriel comprueba que estamos listos y en menos de unos dos minutos, estamos yendo en dirección al supermercado.
Ale revolotea con su juguete y me sonríe, tomo mi teléfono y enciendo la cámara.
—Ven, cariño. Tomemos una fotografía para enviársela a papá —le digo.
Nos tomamos una foto y luego otra y otra… Grabamos videos riendo o haciendo todo tipo de caras. Es un momento hermoso. Sé que Pedro los vera y llamará o al menos enviará un mensaje. Nos extraña como nosotros lo extrañamos a él.
—¿Le parece bien aquí, señora? —pregunta Gabriel cuando por fin encuentra un lugar para estacionarse.
—Sí, está bien —digo—. Acompáñanos, porque necesito que me ayudes a cargar algunas cosas.
Él asiente de un modo profesional, apaga el coche cuando ya está perfectamente estacionado y luego se baja y me ayuda a descender del vehículo. Tomo a Ale de la mano y juntos caminamos hasta la entrada principal de la inmensa tienda.
Cuando estamos comprando diferentes tipos de mangas para hacer la decoración, mi celular suena y al ver la pantalla me emociono, por fin es Pedro.
*Te amo a ti y amo a nuestros hijos, Paula. Me siento como una completa mierda por estar lejos de ustedes, y puedo asegurarte que se me rompe el corazón cuando me envías un mensaje y no puedo contestar. Me encantaría estar contigo ahí, ahora, disfrutando de todos esos momentos, pero no puedo. Regresaré pronto a casa y te aseguro que apenas me libere de todos estos fastidiosos empresarios, te llamaré. Te extraño. Envíale miles de besos a mis pequeños angelitos. Te amo*
Trago el nudo que tengo en la garganta y parpadeo porque mis ojos están completamente cargados de lágrimas.
—¿Mamá Paula, podemos llevar galletas? —dice Ale enseñándome un paquete azul. Asiento con la cabeza y tomo dos paquetes iguales y los coloco dentro del carrito—. Escoge lo que quieras cielo —le digo mientras que mi pequeño toma a Gabriel y le pide que lo alce para tomar alguna cosa. Tengo un pequeño momento para responder ese mensaje y sé que debo decir
*Trataré de entenderte, Pedro. Te amo y eso lo sabes. Soy egoísta y trato de no serlo. Si no puedes venir para San Valentín, solo dímelo y lo entenderé. Quiero que estés tranquilo mientras que estás lejos. Tus angelitos te envían un beso*
No sé qué es lo que pretendo con todo esto, pero prefiero que me diga lo que debe de decirme, así ya no me hago ilusiones. Sé que él no vendrá, sé que estaré en San Valentín sola con mis hijos, pero quiero que me lo diga.
—¿Paula? —pregunta una voz conocida a mis espaldas.
Me volteo rápidamente y veo a Liz, la novia de Harry, viéndome como si no pudiese creer que estuviese en Harrods. Es un alivio ver un rostro familiar. No me siento tan mal después de todo.
—¡Liz! —exclamo emocionada. Es increíble que lo diga, pero me alegro de verla—. Oh, por Dios. Qué bueno que estás aquí —digo abrazándola.
Parece sorprendida. Hablamos durante varios minutos y me rio en el interior al notar que por un segundo me he convertido en la típica ama de casa que se queda hablando por horas con alguna conocida en el supermercado. Ale regresa junto con Gabriel desde el otro pasillo y me rio sonoramente al ver que tiene sus brazos repletos de paquetes de golosinas.
—El niño lo ha querido, señora —se excusa.
—Está bien, llevaremos lo que él quiera —le digo, y de inmediato las bolsas crujen cuando aterrizan dentro del carro. Me despido de Liz y le prometo que nos veremos algún otro día. Ahora que Damian ha desistido de mi amistad, sé que ella será la mejor opción.
lunes, 9 de octubre de 2017
CAPITULO 35 (TERCERA PARTE)
Son las dos de la tarde y aún tengo nauseas a causa de la asquerosidad que me dieron como almuerzo. No he soltado el celular de mis manos, tengo esperanza y fe, porque sé que él me llamará en cualquier momento, me dirá que todo está bien y que pasará San Valentín conmigo. Sé que lo hará. Eso es lo que quiero que haga y me veo más que desesperada y estúpida por creer que sucederá realmente cuando lo más probable es que él ni siquiera me recuerde justo en este instante.
Tiene cosas más importantes que hacer, preocuparse por responder un mensaje de texto de su embarazada, gorda y, sobre todo, llorona esposa que no tiene nada de especial, es lo de menos.
Oigo como golpean levemente la puerta y ordeno a quien sea, que ingrese. Si fuese una enfermera ni siquiera habría golpeado. La puerta se abre y veo a mi padre asomar su cabeza. Me lanza una sonrisa y sé que todo ha estado más que bien. Sé que lo ha solucionado.
—¿Qué sucedió?
—Santiago habló con Gabriel y lo convenció de que eso es normal y que nada grave sucede.
—¿Entonces, no le dirá a Pedro?
—No lo hará —asegura.
Se sienta a mi lado en la camilla y acaricia mi pelo como siempre lo hace. Suelto un suspiro porque estoy aliviada.
Quería llamar la atención de Pedro, sí, pero no de esta forma. Sería en vano que viniera por algo así. Estoy tan confundida que no sé qué pensar en realidad, porque quiero que venga, pero al mismo tiempo no quiero que lo haga. O tal vez solo quiero que esté aquí en San Valentín… Sí, estoy segura que es eso. Esa tonta fecha me altera mucho más de lo normal.
—Te quiero tanto, papá… —confieso por lo bajo. No es que me apene decirlo, es solo que no sé por qué lo hago.
Él me abraza y por primera vez en el día me siento relajada.
No he dejado de pensar en Lucas Milán y toda su mierda, pero sé que no quiere hacer daño aunque, aun así, me confunde.
—Yo también te quiero, princesa. Y tu amigo ese, el fotógrafo está afuera —me dice con otra sonrisa, cambiando el tema de conversación.
Eso me toma por sorpresa.
Miro la pantalla de mi celular, chequeo las llamas perdidas y hay cuatro de Damian. Es irónico que él llame y mi esposo, el padre de mis hijos, no lo haga.
—¿Cómo sabe que estoy aquí? —pregunto rápidamente.
—Ha llamado cuando estabas dormida y se lo he dicho, pero supongo que nadie más lo sabrá.
—No, claro que no —respondo—. Confío en él.
Mi padre besa mí frente a modo de despedida cuando le ruego que me deje y que se quede con Ale hasta la hora que me den de alta. Solo falta una hora para eso y quiero que mi pequeño se sienta mejor con mi padre cerca hasta que llegue a casa. Tomo mi teléfono y le envío un mensaje a Pedro sintiéndome realmente molesta porque aún no ha llamado.
*Sé que estás ocupado, sé que no soy importante en este momento y sé que tal vez me ignores de nuevo, pero incluso Damian me ha llamado y creo que está ganando ventaja con respecto a ti.*
La puerta se abre y lo primero que veo es un ramo de flores coloridas envueltas en papel azul claro. Sonrío y acomodo mi cabello, pero no estoy muy segura de por qué lo hago.
—Con que una recaída, ¿Eh? —pregunta antes de acercarse a mí. Sonrío al ver su aspecto tan desaliñado y tan Damian de siempre. Lleva los pantalones de jean claro que están rasgados en sus rodillas, la camiseta con letras, y encima la camisa a cuadros. Nunca cambiará—. Espero que estés bien —me dice, entregándome el ramo de flores que cruje entre mis dedos.
Sonrío y admiro cada uno de los tipos de flores diferente. No son como los rosas de Pedro, son mucho más divertidas, pero para nada originales.
—Gracias, son muy lindas —le digo. Las dejo a un lado y acomodo la manta que cubre mis piernas. Kya se hace notar y Damian sonríe al ver mi vientre.
—¿Qué ha pasado? —pregunta sentándose a mi lado.
—Presión baja, mareos, náuseas… Ese tipo de cosas de embarazadas con sobre carga de hormonas —le digo, soltado un suspiro y escuchando su risa.
—Sí, sobre todo lo de las hormonas —dice. Me rio de nuevo y le doy un golpe a sus costillas con mi brazo flexionado—. ¿Te encuentras mejor?
—Sí. Solo ha sido un desmayo —miento porque no es la verdad—. Estaba en el centro comercial, y creo que mi padre ha exagerado la situación.
—¿El alemán lo sabe?
—Claro que no —respondo con una risita nerviosa—. Está en Japón, demasiado lejos de aquí, y ni siquiera se ha molestado en llamarme a menudo.
—Japón no es excusa —dice secamente—. Ningún lugar del mundo es excusa, Paula.
—No, pero la empresa de su padre también es de Tania y Emma. No puede perderlo todo.
Damian suelta un suspiro.
—Creo que ya lo sabes, pero tu esposo siempre va a resultarme un completo imbécil —dice pareciendo molesto.
Me desconcierta su cambio de actitud.
—¿Por qué dices eso?
—Porque no sabe valorar lo que tiene, Paula —confiesa dejando mis ojos abiertos de par en par—. Digas lo que digas, él no lo hace. Puede darte todo lo que quiere, pero en este momento no te da lo que realmente necesitas.
—No es así en realidad —intento defenderlo, pero muy en el fondo es verdad.
Pedro no me ha dado la atención que necesito. No estoy suplicando que me hable cada segundo del día, pero que al menos me responda un mensaje antes de que se acueste a dormir o lo que sea.
—No quieras defenderlo. Tania me ha dicho que regresará la siguiente semana. Ni siquiera pasará San Valentín contigo…
—Basta —digo severamente—. Se acabó —Que mencione ese tema me saca de quicio. No tiene por qué decirme nada.
Ya tengo suficiente conmigo misma y mis malditos pensamientos. La puerta se abre de pronto y una enfermera con cara de perro se acerca y me quita la sonda del brazo.
Se toma su tiempo y parece demasiado concentrada, luego me dice que ya puedo marcharme y debo de hacerlo rápido porque necesitan la habitación. Intento contener mi cara de ofendida, pero no se me da muy bien. Damian ayuda a que me ponga de pie y luego observo incomoda al otro lado de la habitación.
—Pásame la ropa —le pido.
Él se mueve con toda velocidad, me la entrega y luego sale para darme un poco de privacidad. Pasados unos cuantos minutos vuelvo a ser la misma Paula Alfonso de siempre.
Observo mis zapatos en el suelo y me rio. No podré hacerlo del todo y creo que será divertido que lo haga. Camino descalza hacia la puerta y llamo a Damian de nuevo.
—¿Qué sucede? —cuestiona inspeccionando la habitación.
Me siento en la camilla intentado contener mi risa y luego balanceo mis pies como una niñita.
—¿Estás bromeando? —dice con una mueca al comprender la situación.
—¡No puedo agacharme! ¡Los mareos regresarán! —me excuso, aunque sé que no es verdad.
Solo quiero que lo haga. Quiero un poco de atención, nada más. Él se arrodilla delante de mí y suelta un suspiro.
—Me siento como un imbécil —dice apretando los dientes.
Me rio a carcajada y veo como me coloca los zapatos.
—Eres buen amigo —me rio.
Se pone de pie y tiende su mano para acompañarme hasta la salida. Tomo mi bolso, mi teléfono y me inclino para atrapar el ramo de flores de encima de la cama. Lo sostengo entre mis dedos y cuando volteo mi cuerpo choca con el de Damian y ahora estamos cara a cara.
—Estoy perdidamente enamorado de ti, Paula Alfonso —dice, posando sus manos sobre mi cara.
—¿Qué…? —balbuceo completamente sorprendida, intento zafarme de su agarre pero no lo logro, está tomando ambos lados de mi cara y mira mis labios fijamente—. Damian, no —imploro—. Estás…
—No, no estoy confundido —asegura—. Estoy perdidamente enamorado de ti y lo sé desde la primera vez que te vi, Paula. Intenté hacer todo lo posible por no sentir lo que siento, pero no puedo contenerme.
Su boca toca la mía y por un momento todo se queda en blanco. Aprieto los ojos con todas mis fuerzas e intento resistir, fingir que nada sucede, pero no puedo. Está besándome, mueve su boca e intenta arrastrarme a sus movimientos, no sé por qué lo hago, pero dejo que me bese hasta que logro reaccionar. Pedro… Pedro no merece esto.
Me muevo con todas mis fuerzas e irrumpo el contacto de su boca y la mía.
—¿¡Qué mierda estás haciendo!? —grito, limpiando mi boca con el dorso de mi mano. Es en vano porque ya me ha besado y por un momento dejé que lo hiciera—. ¿Cómo mierda te atreves a hacerlo?
—¡Te amo! —grita, elevando demasiado el tono de voz—. ¡Te amo, esa es la verdad! ¡Me importa una mierda tu esposo, Tania, o lo que sea! ¡Estoy enamorado de ti! ¿No lo entiendes?
—¡Somos amigos!
—¡Tú eres mi amiga, pero yo no quiero ser tu amigo, nunca quise serlo!
—¡Damian, no!
Jamás me he sentido tan incómoda y tan dolida al mismo tiempo. Sabía que en un principio había interés por su parte, pero jamás le di motivos para que hiciera esto. Sabe que amo a Pedro, sabe lo que pienso, lo que siento. Tal vez que él lo sepa ha sido el error.
—Desde el día que te conocí supe que me gustabas, supe que eras esa mujer que quería y tú no estabas bien con el alemán para ese entonces, quise acercarme y…
Intento no alterarme de nuevo. Este no es mi día, que Pedro no esté aquí hace que todo se vuelva mucho más complicado. Acabo de perder a mi mejor amigo, a esa persona que me entendía y me hacía llorar de tanto reír…
—¿Cómo te atreves a hacerle esto a Tania? ¿Cómo te atreves a hacerme esto a mí, Damian?
—Te amo… —dice dándose por vencido.
—¡Pero yo no te amo a ti! ¡Entiéndelo! —grito, sintiendo como mis manos comienzan a temblar por causa de la furia y de todo lo que siento por tener que vivir esta maldita situación. Podría esperarme esto de Santiago, pero jamás de Damian…
—Acabas de arruinarlo todo —aseguro. Comienzo a llorar. Soy demasiado débil y no puedo con todo esto. Me siento sola y sé que nadie podrá entenderme—. ¡Todo! ¡Lo has arruinado todo!
—No, nena… —balbucea y parece comprender lo que realmente hizo.
—¡No me llames así! —grito dolida, furiosa, molesta. Es una mezcla de sentimientos horrible—. ¡Pedro acabará contigo cuando se lo diga! —aseguro.
No sé si lo haré, ahora estoy demasiado confundida, pero no puedo no decirle. Sería como traicionarlo.
—¿Piensas decírselo?
—¡Claro que sí! —grito y camino en dirección a la salida. Ya he perdido demasiado tiempo aquí—. No dejaré que ese maldito beso arruine lo que tengo con mi esposo. Has perdido demasiado Damian. Y si no le dices a Tania lo que sucedió, se lo diré yo, porque no se merece esto…
—Paula, espera —me suplica. Me detengo solo porque no sé si pueda dar otro paso sin desmayarme. Voy a comenzar a llorar. Damian lo ha arruinado todo—. Yo solo quería que tu…
—Lo has arruinado todo, Damian —aseguro mirándolo por última vez—. Tú y yo no… Es simplemente una locura. ¡Es imposible! —exclamo sintiéndome realmente molesta.
—¿Por qué es imposible? —pregunta furioso—. ¿Por qué mierda es imposible que alguien como yo esté con alguien como tú? —brama desesperado. Sé lo que quiere decir pero se equivoca—. ¿Es por qué no tengo dinero? ¿Por qué no soy millonario? ¿Por qué no tengo autos de lujo o un jodido reloj que vale más que el maldito London Eye?
—No te confundas —le advierto señalándolo con mi dedo índice.
—¿Qué no me confunda? ¡No me confundas tú, Paula! —grita—. ¡Sé tú verdad, sé lo que sucedió en realidad con él! ¡No lo amas!
—¡Sí lo amo, Damian! —grito desesperada—. ¡Lo amo a él y no a ti! ¡Entiéndelo! —grito por última vez. Esto ha sido demasiado. Es perder el tiempo con algo que no tendrá una solución. Se acabó. Acabo de perder todo lo que tenía, un amigo, un hermano, esa persona que me hacía reír y que me comprendía—. Lo has arruinado… —Es lo último que digo.
Muerdo mi labio inferior para no llorar y salgo del cuarto.
Nada ha sucedido aquí. Llego a la recepción y veo a Gabriel sentado en sala de espera. Al verme, deja la revista a un lado y se pone de pie.
—¿Lista para marcharnos, señora?
—Sí. Llévame a casa. A casa.
El único lugar en el que quiero estar. Con Ale, con mis dos hijos. Son todo lo que necesito en este momento.
CAPITULO 34 (TERCERA PARTE)
Abro los ojos lentamente y me veo rodeada de blanco. Estoy en una habitación de hospital con una asquerosa bata de hospital y una sonda en mi brazo derecho. Busco algún rostro familiar, pero estoy completamente sola. Mi ropa y mi bolso descansan en un rincón de la habitación y lo primero que se me pasa por la cabeza es ponerme de pie para tomar mis pertenencias y largarme de aquí. No recuerdo mucho, solo puedo… Anabela, ese tipo me llamó Ana, no estoy loca.
Tengo sus palabras en mi mente. Me ha llamado Anabela.
Estoy desconcertada en todos los sentidos. No puedo con todo esto. No puede ser lo que creo. Debo haberlo imaginado.
Cruzo la habitación, y dejo mi brazo estirado para que la maldita sonda no me moleste, intento tomar mis cosas, pero la puerta se abre y hace que de un brinco del susto. Tiemblo por dentro y por fuera. Cierro los ojos y luego un suspiro.
—¿Qué crees qué estás haciendo? —pregunta la inconfundible voz de Santiago desde la puerta. Esto en mucho peor, en serio no puede empeorar.
—Santiago… —murmuro.
Él cierra la puerta y se acerca rápidamente a mí. Parece molesto, pero no estoy segura. Me toma del brazo y me lleva hacia la cama de nuevo.
—No te muevas de ahí hasta que yo lo diga —ordena supervisando que mi sonda esté en su lugar. Enarco las cejas como gesto incrédulo y luego me cruzo de brazos.
—¿Disculpa? —cuestiono algo indignada.
Él se ríe levemente y niega con la cabeza.
—Ahora soy solo tu doctor y no Santiago —responde enseñándome esa blanca sonrisa—. Debes quedarte aquí hasta el fin de la tarde y luego puedes marcharte a casa.
—¿Qué sucedió? —pregunto agachando la mirada.
—Tuviste un desmayo. Tienes la presión baja, Paula. Muy baja para tu estado y eso me ha preocupado.
—¿Presión baja? —indago con el ceño más que fruncido.
—Perdiste la conciencia por causa de eso. Ya te encuentras mejor, pero necesito que me digas con detalle todo lo que sucedió, así podré tener un diagnóstico más detallado.
Revivo los últimos minutos que mi mente me permite recordar y omito la cara de ese sujeto. Sé que debo decirle a alguien, pero por algún motivo no me atrevo a hacerlo. Es más complicado de lo que pienso.
—Bueno… yo estaba comprando algunas cosas y luego sentí nauseas —Esa es parte de la verdad, no necesito explicarle que me enfadé con Pedro porque no respondió a mi mensaje ¿O sí? —. Bueno, hablaba con mi esposo por mensaje y luego sentí las náuseas, en realidad —aseguro esperado a que me crea.
—¿Nada más?
—Nada más —miento descaradamente. Él se acerca y se sienta a mi lado en la camilla. Por un segundo pierdo el aliento y parece que voy a desmayarme de nuevo.
No quiero que se acerque demasiado, cruzará la línea, puedo verlo venir.
—Puedes decirme lo que sea, Paula —asegura, colocando una de sus manos en mi mejilla.
Me veo obligada a elevar la mirada. Me veo obligada a elegir en quien confiar para hablar sobre esto, pero hay algo en mi interior que me dice que si confío en Santiago traicionaré a Pedro.
—Quiero ver a mi padre —respondo secamente y vuelvo a poner mi atención hacia cualquier cosa menos a él.
Oigo un suspiro cargado de fastidio, luego veo como la puerta se cierra y a los pocos minutos papá ingresa a la habitación.
Al verlo, mis ojos se empañan y abro los brazos de par en par para recibir su abrazo. Esa mirada cargada de preocupación me hace sentir más que culpable. Soy una niñita caprichosa y también soy frágil y débil.
—¿Cómo te sientes, princesa?¿Que ha ocurrido?
—No quiero hablar de eso… —balbuceo y dejo escapar el primer sollozo. Escondo mi cara en su pecho y luego agito mis hombros por causa del llanto. Me siento miserable y confundida—. Tienes que decirle a Gabriel, papá. Tienes que convencerlo de que no le diga nada a Pedro… —chillo perdiendo el control. Sé que no debo alterarme, pero de solo pensar en lo molesto que Pedro se pondrá intento no imaginar todo lo que podría suceder. Será un desastre—. Tienes que…
—Gabriel se ha intentado comunicar con él desde hace más de una hora, pero su celular suena y no contesta —asegura acariciando mi cabello—. Hablaré con él, pero no puedo prometerte nada, hija.
Asiento a modo de compresión. Sé que también tendré que interferir. Quiero que Pedro regrese pero no por esto, no por decirle que un tipo ha estado acosándome desde hace días y que por eso estoy en el hospital.
—¿Y Ale? —de pronto el pánico me invade. Me siento la peor madre del mundo. No sé qué hora es, no sé qué ha sucedido después de que perdí la conciencia, no se absolutamente nada y estoy más que confundida—. Papá, Ale…
Mi padre se apresura a decirme que todo está bien. Me explica de Daphne está con él en casa y que LAURA y Charlie también lo acompañan. No sé qué decir y parezco más confundida que antes.
—Él está bien. Le dije a Daphne que estabas haciendo algunas cosas importantes —suelto un suspiro y cierro los ojos—. Es una mujer demasiado pesada, pero me ha creído.
—Quiero largarme de aquí. Solo quiero estar en casa con mi pequeño y no salir nunca más, no al menos hasta que Pedro regrese.
Sé que tengo que decirle lo que está sucediendo, pero se enfadará de todas formas y lo que menos tengo deseos de hacer es pelearme con el apenas llegue del viaje. No sé qué hacer, estoy más confundida de lo normal y necesito decírselo a alguien que pueda entenderme.
—Aún faltan unas cuantas horas, princesa. Intenta calmarte y trata de no alterarte, ¿de acuerdo?
Asiento con la cabeza y luego acaricio el dorso de mi brazo como acto nervioso.
Tengo que decírselo a alguien.
—¿Quién me ha sacado de la tienda? —se me ocurre preguntar, aunque la respuesta ya la sé. Solo intento esclarecer toda esta estúpida y desconcertante situación.
—Un joven te ha sacado en brazos de ahí, nos acompañó hasta aquí, pero se ha ido.
—¿Te dijo como se llamaba? —indago de inmediato.
El terror se apodera de mí y luego se esfuma. Él no quiere que nadie sepa que lo conozco y no creo que se atreva a decirlo. Hay algo extraño en todo esto y necesito una explicación.
—No lo ha dicho. Solo se quedó hasta saber que estabas bien y se marchó, pero no hemos cruzado ni una palabra, no pude hacerlo.
—Está bien… —murmuro—. Solo ve a hablar con Gabriel, papá —le pido sonando dulce, o al menos eso es lo que intento—. Quiero descansar un poco más. Mi cabeza me duele demasiado.
Papá asiente. Me besa en la frente y se va. Me quedo completamente sola en la habitación, enciendo la televisión para que haga algo de ruido e intento relajarme. Comienzo a acariciar a mi pequeña que se mueve de un lado al otro y me provoca varias molestias en el vientre. Le canto una canción por el simple hecho de no olvidar como se hace, y sonrío al ver que eso logra calmarla. Me siento mejor, pero las dudas y las miles de preguntas siguen ahí y por el momento no hay respuesta alguna.
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