En la noche, me reúno junto a mis padres para la cena. Es más que entretenido verlos discutir por ver quién tiene la razón con respecto a lo que hablan. Me rio una y otra vez y disfruto del momento. Debo admitir que hubo veces en las que extrañaba este lugar. Cuando Pedro y yo no cruzábamos palabra alguna, al principio de nuestro matrimonio, me sentí más sola que nunca…
Le cuento a papá todo lo que sucedió en la consulta con el médico y él parece realmente interesado en escuchar cada una de mis palabras. Sonríe y acaricia mi vientre de vez en cuando, se ve más que contento y eso ayuda a restar ese peso de mi pecho que me hace sentir culpable. No es correcto estar aquí, no está bien que me quede, pero necesito unos días más. Sé que a mi padre no le molesta, pero tengo un esposo, una casa y estoy embarazada, no debería estar en casa de mis padres.
****
—Descansa, princesa —dice dando un leve beso en mi frente, cuando me despido de ellos para ir directo a mi habitación. Tengo sueño, estoy cansada y mis senos están comenzando a molestarme.
Subo las escaleras con pereza, llego a mi cuarto y lo primero que hago es quitarme la blusa y el sostén. Suelto un leve suspiro, acomodo el edredón a un lado, me quito los zapatos y el pantalón. Me cubro hasta la cintura y enciendo la televisión. No hay nada que me interese ver, pero necesito distraerme hasta que el sueño me venza. Si no hago nada, los recuerdos de Pedro comenzarán a rondar mi cabeza y sé que lloraré porque no está aquí.
Lo extraño, hace más de una semana que no siento sus brazos alrededor de mi cuerpo, hace más de una semana que no dejo que sus labios acaricien los míos como a ambos nos gusta.
—Descansa, Pequeño Ángel… —murmuro, volteándome hacia un lado.
Tomo la otra almohada y la coloco a mi lado, la abrazo y cierro los ojos. No tengo a Pedro para abrazar, pero hacer esto con la almohada no me hace sentir mejor. Lo quiero aquí, conmigo, a pesar de que, aún siga molesta, quiero sentir que no estoy sola.
****
—Mi preciosa Paula —dice esa voz a mis espaldas. Soy un respingo del susto, me destapo rápidamente y volteo hacia la otra dirección. No es una ilusión, no fue un sueño, él realmente está aquí en mi habitación.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto, elevando el tono de voz.
Sonríe, luego me indica que no hable alto y se sienta a mi lado en la cama. Me pierdo en su mirada por varios segundos. Lo quería aquí y ahora está aquí. ¿Qué se supone que tengo que hacer?
Una de sus manos se desplaza por mi rostro y su pulgar acaricia mi mejilla. Todavía no ha dicho nada, solo está ahí, viéndome, como si yo también fuese un sueño o una visión.
Siento su tacto sobre mi piel y todo mi interior se estremece.
Sus dedos, su respiración sobre la mía, la forma en la que me observa... Voy a perder el control. Tal vez, aún sigo soñando y no lo he notado.
—Te extraño —dice en un leve murmuro que apenas es audible en nuestra pequeña burbuja—. Te he extrañado todos estos días, Paula. He pasado noches sin ti, sin tus besos, sin el calor de tu cuerpo… Ya no lo soporto más.
—¿Cómo entraste?
No quiero que sea así de fácil. Tengo que contenerme y contenerlo. Esto será lo más difícil que puedo hacer, me muero por besarlo, por desnudarlo y decirle que me importa una mierda lo que sucedió con su pasado, pero mi Paula interior lucha con uñas y dientes y no me deja hacerlo.
—Flora ha sido de mucha ayuda —responde con una sonrisa traviesa—. Nadie sabe que estoy aquí, pero no estoy dispuesto a marcharme tan fácilmente —me advierte, moviendo sus labios hacia mi mejilla. Aprieto los dientes y cierro los ojos con fuerza.
—¿Qué es lo que quieres exactamente? —respondo alejándome unos centímetros.
Esto es demasiado peligroso. Vamos a lastimarnos otra vez si seguimos con esto.
—Solo quiero dormir contigo —me dice, sonando sincero—. Quiero abrazarte, quiero sentir tu calor, quiero saber que estás entre mis brazos al menos por esta noche. Ya no puedo resistirlo, Paula. ¿Cómo te lo tengo que explicar? ¿Cómo quieres que te demuestre lo arrepentido que estoy de todo lo que sucedió? Dime lo que quieres, Paula, y lo haré…
Su semblante se vuelve triste. Sus ojos brillan y su pecho se agita. Lo observo detenidamente sin saber que decir. Me ha dejado sin palabras, mi cerebro no puede funcionar en un momento como este, solo puede verlo una y otra vez.
—Si solo has venido aquí con la esperanza de acostarte conmigo, entonces, pierdes tú tiempo, Pedro —digo secamente.
No quise hacerlo, pero no logré controlarme. Yo si quiero sexo, muero por algo así, pero no puedo ser tan fácil. Necesito estar completamente segura que no hay más secretos, que no hay más mentiras.
Pedro parece dolido por causa de mis palabras, pero no me responde. Solo me mira por unos pocos segundos y luego se pone de pie. Acabo de arruinarlo todo, o tal vez solo me aseguré a mí misma era eso lo que venía a buscar.
—No he venido solo para acostarme contigo, Paula —dice realmente molesto—. No estoy pensando en algo así en un momento como este. He venido a decirte que te extraño, que no puedo vivir sin ti, he venido aquí para decirte que estaré arrepentido toda mi maldita vida por lo que sucedió, para asegurarte que jamás dejaré que nadie te haga daño y, si me dices que ya no me amas más, si me dices que ya no sientes ni un poco de amor por mí, entonces te dejaré en paz. No volveré a insistir con respecto a nada, pasaremos a ser solo dos personas que tienen un hijo en común, pero quiero escucharlo de tus labios —me pide, sentándose nuevamente en la cama. Toma mi cara con ambas manos y luego me mira fijamente—. Dime que no me amas y te dejaré libre —asegura muy seguro de sí mismo—. Dime que no quieres volver a verme y que no me quieres en tu vida y entonces te aseguro que nunca volveré a molestarte, Paula.
—Pedro… —murmuro con la voz entrecortada.
—Dime que no me amas y me marcharé de aquí en este mismo momento, pero si no es así, no permitas que nos hagamos daño por algo que tiene solución —dice, acercando su boca a la mía—. Dime que no me amas, Paula… —me pide, elevando mi barbilla hacia sus ojos para que lo mire.
Intento ser fuerte, pero no puedo, nunca podré, soy débil con él, soy débil sin él, soy débil porque simplemente tengo que serlo.
—No puedo, no puedo hacerlo… —digo rompiendo en llanto—. Nunca podré decir eso, Pedro —aseguro en medio de un sollozo. Jamás dejaría de amarlo, nunca he podido dejar de hacerlo aunque lo he intentado. Lo nuestro es mucho más fuerte—. ¡He intentado odiarte, pero no lo logré! —chillo, golpeando su hombro con rencor. Pedro me hace sentir inestable con respecto a cada una de mis reacciones—. Nunca podré odiarte y te odio por eso —me quejo, cruzándome de brazos.
Él suelta una leve risita y me abraza fuerte. Si, ahora estoy donde quiero estar, estoy perdida entre sus brazos, oliendo su aroma, con toda esa protección y ese amor que me hacen sentir única.
—Te amo, Paula. No tienes idea de todo lo que te amo —me dice apretándome más fuerte, como si no quisiera soltarme nunca—. Jamás voy a alejarme, nunca… Te amo, te amo —dice una y otra vez.
Suelto otro sollozo y dejo que me acune, como si fuera una niña pequeña. Lo necesito, necesito esto, lo necesito a él.
—Puedes quedarte si quieres —digo en un leve murmuro.
Él sonríe a medias, luego inspecciona mi rostro por unos pocos segundos, me deja con delicadeza sobre el colchón y comienza a quitarse su camisa. Me quedo estúpida viéndolo.
Cada uno de sus movimientos, el amor en su mirada, su torso… Todo en él me encanta. Quiero resistirme, pero no por demasiado tiempo. Sé que sobreviviré a esta noche, pero la siguiente perderé el control de todas mis acciones y dejaré que haga conmigo lo que quiera.
Pedro se desviste por completo. Solo lleva un bóxer negro.
Me siento en la cama, estiro el edredón a un lado y él se mete bajo las sábanas. Nos miramos por unos segundos y luego dejo que me abrace. No tengo sostén, él no tiene camiseta y cuando mis pechos tocan el suyo, doy un pequeño brinco, no podemos tocarnos así, no lo soportaremos.
—Lo siento —murmuro—. Eso no debía suceder.
Luego, me volteo hacia el otro lado y dejo que me abrace por detrás. Así podremos controlarnos un poco más. Sentiré su cuerpo pegado al mío, pero no lo veré, eso ayudará bastante.
Acerca su boca a mi cuello y da un leve beso en él.
—Te amo, Paula —murmura moviendo algunos mechones de pelo de mi cara—. Te amo.
—Sabes que también te amo, Pedro.
Oigo como suelta un leve suspiro, pero no sé si es de alivio o de frustración. Ahora la habitación está en completo silencio.
Ni siquiera la televisión nos molesta. Solo oigo el agua que cae de la fuente en el patio trasero. Tampoco escucho los pasos de mis padres en la habitación de al lado. Es un momento tenso. No incomodo, porque ninguno de los dos lo está, pero se supone que no es así como funcionan las cosas.
—Te quiero a mi lado de nuevo, Paula —me dice al oído con voz dulce—. Quiero que todo sea mucho mejor que antes, te necesito conmigo y sé que tú también piensas lo mismo.
—No quiero hablar ahora, Pedro —digo, intentando no arruinar el momento.
—¿Cuándo quieres hablar entonces? ¿Cuánto más tengo que esperar? —pregunta, cambiando su tono de voz calmado a uno de desesperación.
—No lo sé. Ni siquiera deberías de estar aquí y lo estás. Creo que puedes conformarte con eso —espeto secamente.
Pedro hace que me voltee en su dirección. Me toma con fuerza y me atrae a su cuerpo. Mis senos están ahí, sintiendo el calor de su cuerpo. Intento alejarme, quiero protestar, pero no puedo. Estoy completamente perdida. Él acerca sus labios a los míos y me besa. Me besa como si no hubiese un mañana, como si esta fuera la última vez, pero estoy completamente segura que no será así.
Abro mi boca y lo impulso a que siga haciéndolo. Se mueve y, en menos de dos segundos, todo su cuerpo está encima del mío, mientras que hace fuerza con sus antebrazos para no aplastarme. Gimo cuando muerde mi labio inferior y aferro mis piernas a su alrededor cuando el calor de mi cuerpo aumenta. Lo quiero, lo deseos, ahora, es demasiado tarde…
—Pedro… —protesto siendo consciente que esto no es del todo correcto. Quiero hacerlo, quiero que suceda, pero no así.
—Dime qué tengo que hacer para que me des una oportunidad —murmura separando sus labios solo unos centímetros, vuelve a besarme y desliza su boca por mi mandíbula, baja hacia mi cuello y se detiene ahí, haciéndome adicta a sus besos.
—Esto no está bien —le digo, intentando detenerlo, pero ni siquiera quiero que se detenga.
—Dime que tengo que hacer, dímelo y me detendré. Dime qué me das una oportunidad y solo dormiremos abrazado, dímelo, Paula, o no voy a detenerme y sé que no vas a poder contenerte, tampoco.
Coloco mis manos en su pecho y lo aparto unos cuantos centímetros. Recupero el aire perdido y lo miro fijamente.
—Una cita —digo con la respiración agitada—. Te doy una oportunidad con una cita.
—¿Una cita? —pregunta con el ceño fruncido.
Esta más que claro que he enloquecido, pero es lo que creo que será correcto.
—Una cita. Mañana.
—Mañana.
—Sí. Cena, preguntas, cosas que tenemos en común, risas… Ese tipo de cosas. Una cita.
Acaricia mi rostro delicadamente. Aún sigue encima de mí y su erección está haciendo presión en mi vientre. Mi respiración se vuelve pesada y mis piernas se aferran a su cadera con más fuerza. No podré resistirme. Fui demasiado fuerte hasta ahora.
—Bien, Paula —responde, besando el valle que separa mis senos—. Tendremos una cita…
Flora aparece en el pasillo con una mirada preocupada.
Suelto otro suspiro y reincorporo mi cuerpo. No tengo que arruinar mi día por causa de esa mujer.
—¿Todo en orden, niña Paula? —consulta con una tímida sonrisa.
—Ya no va a molestarnos —aseguro—. ¿Podrías prepárame uno de tus baños relajantes, por favor? —pregunto, cambiando de tema rotundamente.
No quiero explicar nada a nadie. Ya sucedió, es pasado. No me importa.
Ella me sonríe y me ayuda a subir las escaleras hasta mi habitación temporal.
Me quito las zapatillas con toda prisa, me desvisto y meto un pie en la bañera para comprobar la temperatura del agua.
Hago un moño en mi cabello, porque no tengo deseos de mojarlo justo ahora, y tomo mi teléfono celular.
Me meto con cuidado de no resbalar. Me siento y dejo que el agua y toda la espuma cubran mi cuerpo. El aroma a lavanda invade el cuarto de baño y me relaja, ya no me provoca nauseas. Siento como todas las tensiones y los problemas se esfuman. Es mi momento y pienso aprovecharlo por completo.
Coloco una dulce melodía en el celular, lo dejo a un lado para que no se moje. “Happiness” de The Fray hace que mis músculos se relajen. Muevo mis manos lentamente para provocar algunas olas en la bañera y luego acaricio a Pequeño Ángel. Es nuestro momento.
—No he podido hablar contigo en todo el día —le digo con una sonrisa. A veces me pregunto a mí misma que es lo que estoy haciendo, pero luego olvido esos pensamientos. Nadie puede verme y Pequeño Ángel puede oírme—. Hoy por fin pude verte —muevo mi mano de un lado al otro—. Tu padre también te vio. Tengo que anotarlo en el diario. Apuesto que reirás mucho cuando puedas leerlo.
Suelto otro suspiro y la sonrisa de mí rostro se vuelve mucho más grande. Junio, en junio seré madre oficialmente, tendré a mi Pequeño Ángel en brazos.
—Creo que eres una niña —siseo, mirando el techo de la habitación—. Tu padre también cree que eres una mini Paula, pero si no lo eres nos darás una hermosa sorpresa, bebé —susurro con una extraña sonrisa. La idea me llena de emoción, debo confesarlo.
—¿Hablando sola? —pregunta mi madre en la puerta del cuarto de baño. Doy un pequeño brinco por causa del susto y apago la música rápidamente.
—Madre… — digo algo sorprendida—. Me has asustado.
—Lo lamento —se disculpa, entra a la habitación y me mira por unos segundos.
—Estaba hablándole a Pequeño Ángel —digo, mirando mi vientre.
—¿Pequeño Ángel? —pregunta frunciendo el ceño.
—Pedro y yo decidimos llamarlo así.
—¿Hablas con él todo el tiempo?
—Casi todo el tiempo —admito—. A veces en pensamientos, a veces así… estamos conectados.
Ella me sonríe como pocas veces lo ha hecho, se acerca un poco más y me mira por varios segundos. Admito que me siento un tanto incomoda. Nunca hemos tenido un momento como este.
—Cuando acabes con tu baño, me gustaría hablar contigo —me dice con voz glacial.
—Está bien —respondo algo desconcertada.
Ella se marcha de la habitación y cuando no logro oír más el ruido de sus tacones suelto un leve suspiro. Estoy en mi momento de paz de nuevo.
Termino de vestirme y me siento en la cama con el teléfono entre manos y como si lo supiera, por arte de magia, mi madre aparece en la habitación. Claro, dijo que quería hablar conmigo, pero la pregunta es, ¿Sobre qué?
—¿Todo en orden? —cuestiona, sentándose en el mullido colchón a mi lado. Tomo el control remoto y bajo el volumen de la televisión.
—Todo en orden —le digo, asintiendo levemente con la cabeza.
La situación me hace sentir incomoda, nunca hemos tenido ningún tipo de charla. Recuerdo que cuando era pequeña, papá solía hablarme de las cosas de la vida y cosas como el periodo, sexo y chicos siempre estaba la doctora Pierce o internet. Mi madre jamás ha sido muy cercana, pero no puedo culparla.
—Cuéntame cómo te ha ido en tu visita con el médico —me pide, colocando su mano encima de la mía. Abro mucho los ojos y observo ese punto en donde nuestras pieles se rozan, siento algo en el pecho, esto jamás me ha pasado.
—¿De verdad? —pregunto meramente sorprendida.
—Quiero ser buena madre, quiero redimir todos mis errores del pasado, Paula —me dice en un leve murmuro.
No es mi madre. No es la de siempre y simplemente no puedo creerlo. No puedo evitar tragar el nudo que se formó en mi garganta. Jamás creí que algo así sucedería.
—Bueno… —balbuceo un tanto nerviosa.
—Voy a amar a ese niño con todas mis fuerzas —declara entre mis balbuceos—. Lo juro, Paula. Voy a cambiar, voy a quererte a ti y a tu hijo con todo mi corazón. Te lo mereces y él también —dice, apoyando su mano en mi vientre.
Estoy embarazada y demasiado sentimental. Sus palabras logran atravesar todas mis barreras. Mis ojos se llenan de lágrimas y un sollozo se escapa. Me siento diferente, siento algo extraño y me gusta. Mi madre jamás se ha comportado de esta manera, pero es todo el cariño y la atención que necesito en un momento como este.
—Lo siento… —digo, cubriendo mi boca para que mis sollozos ya no sean tan sonoros. Ella me sonríe y luego me rodea con sus brazos tomándome desprevenida. Cierro los ojos y disfruto de esa extraña sensación. Es algo que siempre he deseado y que muy pocas veces me ha dado realmente. Es un momento completamente especial entre ambas.
—Sabes, creo que no deberías de referirte a Pequeño Ángel como “Él”—le digo, limpiando mis lágrimas de emoción. Ella frunce el ceño y yo sonrío—. Pedro y yo estamos completamente seguros de que será una mini Paula —Acariciando mi vientre de nuevo.
Ella sonríe ampliamente, se acomoda en la cama y comienza a hacerme todas las preguntas referidas a mi día en el hospital. No me molesta en absoluto. Por primera vez, siento que realmente le importa lo que tengo para decirle.
Esa preocupándose por mí, quiere saber más y cada vez que me hace otra pregunta, me siento mucho más esperanzada. Sé que las cosas cambiarán, sé que todo esto tendrá el mejor de los resultados. Pequeño Ángel está cambiando las cosas y lo hace para bien. Es una luz que se encargó de iluminar todos esos espacios vacíos y oscuros que tenía en el alma.
Las palabras de esa mujer me dejan completamente desconcertada. Un gran silencio invade la habitación. Estoy muda por un lapso de tiempo. No sé qué decir, no puedo ni siquiera moverme y mi cerebro intenta procesar eso, no sé si es una broma, no sé si habla enserio, definitivamente no sé nada en un momento como este.
—¿Qué estás diciendo? —pregunto con el ceño completamente fruncido—. ¿Estás oyéndote? ¿Tienes noción de las estupideces que acaba de decir? —cuestiono, acercándome más a ella.
—Paula, yo… —balbucea moviendo su cabeza de un lado al otro.
Ahora no parece segura, se ve realmente asustada y atormentada.
—¿Cómo te atreves a presentarte en casa de mis padres para decirme semejante estupidez? ¿Cómo eres capaz de verme luego de todo el daño que me has hecho a mí y a Pedro? ¡Eres una maldita perra! ¡No me importan tus disculpas, no me importa lo que tengas que decir! —chillo completamente fuera de control.
Tomo su brazo y su estúpido bolso con todo el odio del que puedo ser capaz y la arrastro hasta el recibidor. Estoy perdiendo mi valioso tiempo con basura como ella. No lo vale, jamás perdonaré que ella haya estado antes que yo en la vida de Pedro, jamás perdonaré todo lo que dijo, y para mí maldita desgracia, sus palabras fueron verdad.
—Necesito disculparme —dice forcejeando conmigo—. No sabía que estabas embarazada, no sabía que de verdad estabas enamorada de él. Me sentía celosa porque Pedro se veía realmente feliz y…
—¡No me importan tus motivos!
La miro de reojo, tomo su brazo de nuevo y la llevo en dirección a la puerta. El pasillo se ve invadido por gritos y lamentos de esa mujer, pero no me los creo, no puedo hacerlo. Jamás seré capaz de perdonar todo lo que me hizo.
Ahora me siento superior y si tengo que pisotearla, entonces, lo haré.
—Lo lamento —dice en medio de un sollozo que hace que me detenga—. Necesito decirte lo que sucedió, tienes que escucharme —me suplica de manera penosa.
Por un instante siento lástima, pero luego no siento nada.
Esto es patético.
—Habla —ordeno, soltando el extremo de su chaqueta que parece ser tan costosas como las que suelo utilizar. Es obvio que ella ha vivido bien durante mucho tiempo y eso es lo que más me molesta.
—Todo lo que he dicho es verdad —me dice en un susurro—. Si fuimos novios, si vivimos juntos, pero cuando el terminó la relación, nada volvió a suceder —asegura, luciendo realmente mortificada.
Me doy miedo a mí misma porque comienzo a creer su actuación.
—Admito que intenté seducirlo, hice de todo para que cayera de nuevo, pero cada vez que lo intentaba estabas tú… ¡Todas las veces que me insinuaba, estabas tú! —grita señalándome.
Siento como la ira se apodera de mí, no soy demasiado celosa, bueno, a veces sí, pero esta mujer logra despertar toda mi furia. Sé que Pedro jamás haría algo así, a veces vacilo, pero siempre tengo en mi interior esa seguridad, así como yo también sé que jamás haré nada. Estoy demasiado enojada, demasiado confundida y necesito liberar esta tensión de mi cuerpo.
Doy un paso al frente con una sonrisa. Ella me mira con los ojos muy abiertos y luego traga un nudo que se forma en su garganta.
—Podría golpearte aquí y ahora, pero soy una dama, tengo un bebé dentro de mi vientre que necesita calma y no pienso ponerlo en riesgo por una miserable basura como tú.
Comienza a llorar y, lentamente, siento como mi pecho se hincha de alivio y de felicidad. Me gusta verla así, me gusta que se sienta como un insecto. Yo me sentí así en el momento de la verdad.
—Fuera —espeto, señalando la puerta de salida que no está muy lejos—. Lárgate antes que pierda la paciencia y te saque de aquí con mis propias manos.
Ella niega con la cabeza y seca un par de lágrimas que mojan sus mejillas, ya manchadas de negro por causa del rímel.
—Pedro me despidió hace una semana —dice con un hilo de voz apenas audible. Puedo ver el pánico en sus ojos y aunque me gusta, al mismo tiempo me hace sentir un poco culpable—. Tengo que regresar a España, tengo miles de deudas que dependían de mi empleo, tengo una vida que se está destruyendo por un error…
—No es mi problema —digo secamente—. Tú cometiste el error, ahora soporta las consecuencias. Conozco a Pedro y creo que tú también. Cuando toma una decisión no suele cambiar de opinión —digo mientras que camino hacia la puerta sintiéndome como la reina del lugar. Tomo la perilla y la abro. Señalo la salida y sin decir nada veo como camina completamente rendida hacia afuera.
—Lo lamento… —dice antes de que cierre la puerta en sus narices.
La Reina siempre gana.
—Quisiste arruinar mi vida, pero terminaste arruinando la tuya, cariñito —espeto de la misma forma en la que ella se burlaba de mí aquella mañana—. Tienes que asumir las consecuencias de tus actos.
Oigo como baja las escaleras de la entrada. Suelto un suspiro, apoyo mi peso contra la puerta y cierro los ojos. No necesitaba de todo esto. Necesito paz, necesito estar sola por un buen tiempo. Estoy harta de tener que enfrentarme a situaciones como esta.
No me importa esa mujer, no me importa su vida, no me importa lo que le suceda. No soy como ella, por eso no reaccioné de la forma que realmente quería, guardé la compostura, fui lo más breve posible y me deshice de un gran peso. No voy a sentirme culpable por lo que perdió.
Yo sentí que perdía a Pedro hace una semana y fue mucho más doloroso.
Pedro me ayuda a bajar del coche, toma las bolsas de la farmacia y luego besa mi frente. Tengo que admitir que fue el día más feliz de mi vida, no quiero que se largue ahora.
Apenas son las tres de la tarde, ni siquiera se ha ido y ya siento que lo extraño.
—¿Quieres quedarte con la fotografía de Pequeño Ángel?
—¿De verdad? —pregunta, rodeándome la cintura con un brazo.
Sé que me juré a mí misma que no lo besaría hasta que todo esto pasara, pero si sigue mirándome así, no podré detenerme.
—Yo lo tengo conmigo todo el tiempo —le digo con una sonrisa mientras que poso mi mano en mi vientre—. Sería más que justo que te quedaras con su fotografía —murmuro tomando mi bolso. Saco el sobre color marrón y se lo entrego.
Me sonríe dulcemente y coloca algunos mechones de pelo detrás de mi oreja.
—Regresa a la casa, por favor. Te extraño, extraño dormir a tu lado por las noches, extraño la manera en la que tus tacones hacen ruido por el suelo de la habitación en las mañanas… Te extraño por completo, Paula —me dice acercándose cada vez más—. Regresa a la casa. Todas tus cosas están ahí, tú aroma, tú risa que parece reproducirse una y otra vez dentro de esa habitación… No dejo de pensar en ti ni un segundo. Esa habitación se ha vuelto una tortura.
—No es tan sencillo —Aparto mi rostro a un lado.
Él suelta un suspiro y luego besa mi frente.
—¿Podemos vernos mañana?
—¿Para qué? —cuestiono, frunciendo el ceño.
—Paula, por favor… ¿Cuánto más tengo que suplicar? —pregunta exasperado—. Eres mi esposa, deberías estar conmigo, deberías dormir conmigo. Haré lo que me pidas, pero, por favor, regresa.
—Quiero que respetes mi decisión —le digo inmutable—. Eso es lo que único pretendo que hagas, Pedro.
Aprieta la mandíbula, claramente molesto. Luego, cierra los ojos e intenta calmarse. Suelta otro suspiro, se pone de cuclillas, besa a Pequeño Ángel, lo acaricia, rodea el coche y se mete en el sin decirme absolutamente nada.
¡No! ¡Qué tonta! ¡Quiero que se quede! ¡Quiero besarlo!¡Mierda!
Doy un golpe al aire, completamente molesta. Lo veo marcharse y demoro unos segundos en reaccionar. Subo las escaleras de la entrada y abro la puerta de casa. Mi madre no debe estar, mi padre mucho menos y Flora tal vez esté haciendo alguna de sus cosas. Estaré completamente sola durante toda la tarde. Al fin podré descansar y dormir.
—Niña Paula —me llama Flora desde la sala de estar.
Dejo las bolsas de la farmacia sobre el sillón de la entrada y camino en dirección a su llamado.
Al entrar a la sala de estar veo a Flora de espaldas a mí y en frente de ella esta Samantha. Si, esa mujer, está en mi casa, en mi vida, en mi espacio, de nuevo.
—¿Qué está haciendo esa mujer en mi casa? —pregunto completamente horrorizada y molesta. Cruzo la habitación en menos de dos segundos y me paro a escasos centímetros de ella.
—Niña Paula, la señorita Stenfeld ha insistido en esperar a que tu llegaras. Intenté convencerla, pero no ha resultado —se explica.
Flora también se ve confundida y más que incomoda con la situación. ¿Qué quiere esa mujer en mi casa? ¿Qué más quiere de mí? ¿Aún hay más?
—Déjanos a solas, Flora —le digo secamente sin apartar mis ojos de los suyos.
Ya no veo esa actitud de superioridad, pero sigue luciendo igual de perra que la primera vez.
Ella se marcha de la habitación rápidamente, y sin decir ni una sola palabra. Cierra las puertas corredizas de la sala de estar y oigo como sus pasos se alejan a toda velocidad en dirección a la cocina.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto rápidamente y de manera no muy cortes.
Ella suelta su bolso encima del sofá, se pone de pie y extiende se mano en mi dirección. ¿Qué? ¿Está bromeando? ¿Quiere que la salude? ¿Cómo si fuésemos amigas? ¡Está completamente loca!
—Vine a disculparme…