lunes, 25 de septiembre de 2017

CAPITULO 47 (SEGUNDA PARTE)




Santiago se detiene frente a uno de los más lujosos restaurantes en la zona céntrica de Londres. Ya lo conozco, sé cuánto sale un platillo ahí dentro, pero quiero pensar que él está completamente seguro de lo que está haciendo.


—¿Te gusta este lugar? —pregunta, mirando hacia la entrada mientras que me ayuda a bajar del coche, al mismo tiempo que el ballet parking se acerca para estacionar el vehículo.


—Sí. Es muy bonito. He venido aquí un par de veces —le digo, intentando no recordar las cenas que tuve con Pedro y su familia en este sitio, durante el último año.


Toma mi mano y rápidamente nos adentramos en el lugar que está repleto de gente, como siempre.


El maître se acerca a nosotros con una amplia sonrisa. Ya lo he visto un par de veces y estoy completamente segura que ese tipo sabe quién soy.


—Tenemos una reserva para dos personas a nombre de Santiago Ludwig —dice, sonando completamente seguro de sí mismo.


Oh, por Dios. Está rodeándome la cintura de una manera sumamente protectora y no puedo evitar sonreír ante ese gesto, mientras que espero que nos dirijan hacia nuestra mesa.


—Gracias —digo cuando Santiago corre mi silla a un lado para que pueda sentarme.


Enderezo mi espalda, elevo mi barbilla y coloco ambas manos en mi regazo. Él toma asiento delante de mí y me sonríe luego de unos segundos de mirarme en completo silencio.


—¿Cómo te sientes? —pregunta, estirando su mano por encima de la mesa.



Está pidiendo que le entregue mi mano, no me dice nada, pero puedo leer sus pensamientos. Le doy mi mano y él la toma con delicadeza, como si se tratara de un tesoro, de algo realmente importante, luego, acaricia mi piel con su pulgar y me deja completamente muda.


—Eh… nunca creí que volvería a suceder, pero estoy bien.


Él se ríe levemente y niega con la cabeza.


—Me refería al resfriado. ¿Estás mejor con eso?


Ah, claro, eso.


Mis mejillas se ponen rojas y siento ese ardor en mi cara por causa de la vergüenza. Que tonta soy.


—Sí, estoy mucho mejor, como dijiste que lo estaría.


El camarero llega y nos entrega la carta. Santiago se encarga de las bebidas, mientras que miro los diversos platillos. No se me antoja nada de esto, no quiero comer nada excéntrico y costoso solo por el hecho de estar en un lugar así.


—¿Qué deseas cenar, Paula? —pregunta, apartando su vista del menú. Frunzo el ceño y releo uno a uno los platillos, pero tengo que ser sincera, nada de esto me interesa. No quiero comer aquí.


—Escoge por mí —le pido con una de mis mejores sonrisas.


Él parece contento con mi petición y vuelve su mirada hacia la larga lista de opciones para nuestra cena. Sé que ya lo tiene. Conoce mis gustos, sabe lo que detesto y estoy completamente segura que comeré lo que escoja.



****


Más tarde, estoy disfrutando de una deliciosa cena con la mejor compañía que podría escoger. Santiago es amable, dulce, atento y sigue conservando ese humor tan particular que hace que me ría sin control más de una vez. Esto me sirve para recordar viejos tiempos, todos esos momentos en los que éramos realmente felices. Solo era una niña, pero él fue el comienzo de algo que creí que sería para siempre, hasta que la universidad se interpuso entre ambos, pero no lo culpo. Era demasiado estúpida para arriesgarme por algo así, nunca fui capaz de luchar y decirle que lo quería y que podría soportarlo, como siempre, dejé que el orgullo me venciera y salí perdiendo como una tonta.



Mi madre controlaba mis citas y mis relaciones, y yo lo permitía por el simple hecho de pensar que de esa forma yo le agradaría más, pero era todo lo contrario.


—¿Algún problema? —pregunta al ver que mi sonrisa se borra de un segundo al otro.


—No sucede nada —aseguro, mirando el plato que tengo en frente. He comido casi todo y debo admitir que estaba realmente delicioso—. Estaba recordando algunas cosas —admito con la mirada perdida en algún lugar del inmenso salón.


Él extiende su mano por encima de la mesa y toma mi mentón para que lo mire directo a los ojos. La Paula presumida y segura de sí misma deja de existir por unos cuantos minutos, debo admitir que Santiago hace que no sea la que suelo ser siempre y aún no sé si eso es bueno o malo.


—No voy a desperdiciar esta oportunidad, Paula —Me mira fijamente con esos ojos azules que hacen que todo mi cuerpo tiemble—. Dejé que te marcharas una vez, pero ahora es diferente. Pienso aprovechar cada segundo contigo.


Sonrío ampliamente y dejo que el acorte la distancia entre ambos. Maldigo la mesa. Maldigo todo el restaurante, porque de verdad tengo deseos de besarlo aquí y ahora.


—¿Crees que a los demás comensales les moleste que nos besemos aquí y ahora? —pregunto con el ceño levemente fruncido. Estoy dándole permiso para que lo haga, para que me bese como quiera. No me opongo.


—No me importa —responde con una de sus sonrisas.


Se pone de pie, da dos pasos en mi dirección y luego toma mi rostro entre sus manos. Cierro los ojos completamente preparada para ese beso, acerco mí cara a la suya y cuando nuestros labios se rozan siento ese golpe, ese ruido que hace que toda la magia del momento se acabe. Me quedo completamente paralizada al ver a Pedro abalanzándose sobre Santiago de manera agresiva. Acaba de montar todo un espectáculo en uno de los restaurantes más concurridos, costosos y elegantes de todo Londres.


—¡Pedro! —chillo, poniéndome de pie rápidamente.


No puedo creer que esto esté sucediendo, no puedo siquiera moverme de mi lugar. Santiago responde al golpe y ahora están los dos matándose como si fueran animales.


—¡Santiago, detente! —bramo de nuevo.



Todas las personas del restaurante se pusieron de pie para ver el espectáculo y los guardias de seguridad entran al salón a toda prisa.


—¡Eres una perra, Paula! —grita en mi dirección, mientras que intenta acercarse.


Entre un camarero y dos guardias de seguridad intentan retener a Pedro, pero parece imposible. Está completamente fuera de control.


En este momento mis ojos ya están inundados de lágrimas y la impecable camisa blanca de Santiago esta manchada de sangre, al igual que su labio inferior. Este es el preciso momento en el que reacciono. Los guardias de seguridad comienzan a empujar a Pedro hacia la salida, me acerco a Santiago para comprobar que todo está bajo control, él me sonríe y luego limpia su labio con una servilleta. No he podido hacer absolutamente nada, pero Pedro se encargó de arruinar una noche que sería completamente perfecta.



—Señores —llama el maître, viéndonos con un gesto desconcertado y al mismo tiempo nervioso—, tenemos que pedirles que abandonen el establecimiento —pide, amablemente.


No me importa salir de aquí. Ya me he humillado demasiado en menos de una semana y no pienso quedarme para escuchar murmullos a mis espaldas.


—Vámonos, Santiago —digo, tomando su mano.


Él me mira por un instante, como si estuviese intentando comprender lo que sucede realmente, pero no pienso decir ni hacer nada al respecto. Es momento de enfrentarme al imbécil de Pedro y aclararle las cosas de una buena vez. 


Cuando dije que se acabó fue completamente enserio y él parece no comprenderlo.


—Vámonos —le digo en un murmuro cargado de suplicas—. Por favor, vámonos.


Estoy a punto de romper en llanto y no me siento del todo bien. Solo quiero desaparecer de aquí. Él toma su billetera y luego suelta un gran mazo de billetes sobre la mesa, con desprecio. El maître nos observa y con la frente en alto hago todo lo posible por evadir esas miradas acusadoras de toda esa gente entrometida y despreciable.







domingo, 24 de septiembre de 2017

CAPITULO 46 (SEGUNDA PARTE)




Son las seis de la tarde. Solo me quedan dos horas para que Santiago pase por mí. Me siento realmente estúpida. No puedo creer que esté a punto de hacer esto. ¿Cómo pude hacer algo así? Sé que es solo una cena, pero… ¿Qué sucede si no lo es? Estoy confundida y nadie puede entenderme. 


Nadie sabe lo que sucedió en la habitación el día de ayer, nadie sabe nada de mi maldita vida.



Suelto un largo suspiro y tomo mi teléfono celular. La aplicación de embarazo que descargué hace un día en mi teléfono me dice que debo de comenzar a tomarle fotos a mi vientre para poder fotografiar toda la etapa del embarazo. 


Son siete semanas y se supone que debía de haber empezado en la cuarta semana.


Acomodo mi cabello, luego dejo mi estúpido teléfono sobre el mismo lugar en el que estaba y vuelvo a observarme. Solo tengo un conjunto de ropa interior de algodón color negro y sí, tengo que hacerlo. Tengo que romper todas estas barreras para asegurarme a mí misma que no siento nada por Damian.


—¿Estas lista? —pregunta desde el otro lado de la puerta.


Miro mi vientre, acaricio a Pequeño Ángel y luego me digo a misma que soy perfecta, que todo lo hago bien y que puedo tener el control de esta situación. Mi Paula interior se lo cree y velozmente se ve invadida por una elevada autoestima. 


Sonrío y camino en dirección a la puerta. La abro y me encuentro con Damian. Sus ojos se posan en mi cara y lentamente comienzan a descender por todo mi cuerpo.


Estoy así, casi desnuda delante de él y me siento realmente bien. ¿Enloquecí acaso?


—Te… te ves muy bien. —balbucea.


—Tómame las fotografías rápido, por favor —le pido con un hilo de voz.


Que me guste como me mira, no significa que me sienta del todo bien. Se supone que esto es profesional. Es mi fotógrafo y seguirá todo mi embarazo. Nada más.


Él acomoda un rincón de mi habitación para la sesión de fotos. Luego, me dice como posicionarme y apunta la Nikon en mi dirección.



****


A las ocho de la noche estoy perfecta con un elegante vestido negro que me llega a la altura de las rodillas. Recogí mi cabello en un moño y pinté mis labios de rojo. Me veo bien, siempre logro verme perfecta, pero no me convenzo a mí misma de que esto sea lo correcto. Tomo mi bolso, guardo mi celular y bajo las escaleras con sumo cuidado. 


Tendré que decirle a mi padre lo que haré y espero que me apoye en todo esto, si no lo hace, renunciaré a mi plan de venganza de inmediato.


—¿Princesa? —pregunta desde la sala de estar, me volteo rápidamente y me acerco con cautela. Está leyendo algo mientras que sostiene una taza de té en una de sus manos.


—Papá —digo a modo de saludo.



Él besa mi frente y luego me indica que me siente a su lado.


—Te ves realmente hermosa. ¿A dónde te diriges?


Balbuceo antes de hablar. No es fácil decirle a tu padre que tendrás una cita con tu ex novio luego de cinco días de separarte de tu esposo. Jamás pensé que estaría en una situación como esta. ¿Cómo se supone de debo actuar?


—Saldré —respondo con una de mis sonrisitas conquista corazones.


Él frunce el ceño y dobla el periódico por la mitad.


—¿Saldrás? —cuestiona completamente desconcertado—. Creí que tenías un resfriado. Tu madre me lo dijo, ¿Qué sucede?


—¿Recuerdas que dijiste que tenía que usar todos mis encantos?


Mi padre me mira por unos instantes, se acomoda sobre el sillón y comienza a reír a carcajadas, provocando que todo el silencio de la casa se vea interrumpido por sus risas descontroladas. No entiendo que es tan gracioso, él solo comprende el chiste, pero me gusta verlo tan animado.


—Eres adorable, princesa —dice, acariciando mi antebrazo—. Dime quién es el afortunado.


Muevo mis manos, nerviosa y luego aliso mi vestido.


—Es Santiago —confieso completamente avergonzada. Es decir, acabo de declararle a mi padre que saldré con mi ex novio, el tipo que pasó de ser mi mejor amigo, al hombre que se apoderó de todos mis sentidos y mis pensamientos, por un tiempo…


—¡Santiago! —exclama feliz—. ¡Me gusta Santiago! Es un buen candidato. Pueden intentarlo, diviértete, eres joven. Tienes que distraerte un poco.


Abrazo a mi padre, me pongo de pie y dejo que se despida de mí y de Pequeño Ángel cuando oigo el coche de Santiago en la entrada.


—Cuida a mi nieto, princesa —dice en un leve murmuro—. Y has que tu cita te cuide a ti, porque juro que soy capaz de matarlo si algo te sucede.


Me rio levemente y le aseguro a mi padre que todo estará bien.


—Ya no eres una niña, pero... —dice tomándome por los hombros, mientras que me mira con ternura—, ahora vives aquí y las reglas siguen siendo las mismas de antes, ¿Las recuerdas?


Asiento a modo de comprensión y le recuerdo las reglas.



—No invitar a las citas a mi cuarto y regresar antes de medianoche —le digo, recordando viejos tiempos. Él me sonríe completamente orgulloso, luego oímos el timbre de la entrada y, por fin, me deja tranquila.


Camino en dirección a la puerta. Suelto otro de mis suspiros y la abro lentamente. Elevo la mirada y me encuentro con Santiago. Luce un traje negro, con una camisa blanca y zapatos de charol que combinan a la perfección con el color de su Mercedes negro. Él no llevar corbata lo hace lucir elegante, pero no demasiado formal, debo admitir que se ve realmente bien. Es un alivio saber que estoy vestida acorde a él. Todo saldrá bien, lo sé.


—Hola —susurro.


Es como la primera vez.


—Hola.


—Hola —digo nuevamente, sintiéndome como una tonta por no poder actuar normal.


Parezco una adolescente.


Sus ojos dejan de ver mi rostro y descienden por mi cuerpo, observando cada detalle. Su mirada se pierde más del tiempo necesario en mis piernas y tengo que moverme incomoda, para que regrese su atención a mi cara.


—Te ves realmente hermosa —dice, acercándose.


Solo estamos a unos pocos centímetros y no puedo evitar sentir ese extraño cosquilleo en el vientre. ¿Será alguna advertencia de Pequeño Ángel para que me detenga o, realmente, quiere que lo haga?


—Gracias —respondo, colocando un mechón de pelo detrás de mi oreja. Me siento tan nerviosa que no sé qué más hacer.


—¿Estás lista?


Le digo que sí con la cabeza, él tiende su mano en mi dirección para que lo acompañe, y la acepto inmediatamente para bajar las escaleras de la entrada. Me dirige hacia su coche y abre la puerta como todo un caballero. Después, rodea el lujoso vehículo y se sienta a mi lado. Es un momento tenso e incómodo cuando ninguno de los dos dice nada. No nos movemos, solo estamos ahí.


—Es como la primera vez —admito en un murmuro. Lo único que oímos es el agua de la fuente de la entrada de casa—. Te sientes incómodo y yo también. ¿Lo recuerdas?



Santiago se mueve dentro del coche y en menos de tres segundos, tengo su cara a solo dos centímetros de la mía, mientras que sus manos toman mi cintura con firmeza. 


Parece realmente decidido y tenerlo así de cerca provoca que trague el nudo de sorpresa que se formó en mi garganta.


—No será como la primera cita —afirma con una sonrisa—. En nuestra primera cita, tu padre estuvo interrogándome durante treinta minutos y no dejó que te besara cuando te regresé a casa.


Me rio levemente al recordarlo. Papá y sus maneras de protegerme.


—Tienes toda la razón.


—Esta noche no terminará así —asegura nuevamente con completa seguridad—. En esta cita voy a besarte cuando menos te lo esperes, Paula… —murmura, tomándome por sorpresa.


No tengo tiempo de responder, de moverme, o de pensar que es lo que está sucediendo. Él acerca su cara a mí y hace que nuestras bocas entren en contacto. Cierro los ojos de inmediato y me dejo invadir por todas esas sensaciones extrañas. Como sucedió ayer. Pierdo el control, pierdo toda noción del tiempo, del lugar, de lo que hay a mí alrededor. 


Solo puedo concentrarme en los labios de Santiago que acarician los míos con pasión y algo de desesperación.


“¡Hice el amor con él mil veces en la misma cama dónde tu duermes…!”


Recuerdo esas palabras por un solo segundo. No me importa Pedro, no me importa ella, no me importa mi matrimonio. Ahora soy libre para hacer lo que se me dé la maldita gana y Pedro no puede interferir. Él es un capítulo de mi vida que ya finalizó.


Tomo a Santiago con fuerza, debido a la furia de ese estúpido recuerdo. Atrapo sus labios con los míos de nuevo y dejo que me bese a su manera, mientras que sus manos acarician la parte baja de mi espalda.


Haré lo que tenga que hacer esta noche, disfrutaré al máximo y me olvidaré de Pedro para siempre. No me merece, no merece a su hijo, no merece mi perdón…



Santiago se aparta de mi boca lentamente. No quiero hacerlo tan pronto y sé que él tampoco. Suspira con una sonrisa y me mira fijamente. Esos ojos azules logran sacudir todos mis pensamientos y mis hormonas.


—No soy del tipo de chica que besa en la primera cita —le digo a modo de broma.


La sonrisa de su rostro se vuelve más amplia y una de sus manos se posa sobre mi mejilla.


—No soy un hombre que pierde el control fácilmente —asegura—, pero contigo, Paula… —acorta más la distancia entre ambos—, contigo no puedo controlarme…


Y me besa de nuevo…





CAPITULO 45 (SEGUNDA PARTE)







Oigo el timbre y corro rápidamente en dirección a la entrada. 


Es el cuarto día sin Pedro. Las cosas siguen igual que siempre. He ignorado sus llamadas, sus mensajes y, también, los tres ramos de flores que ha enviado en las ultimas cuarenta y ocho horas, al igual que he ignorado a Daphne, Tania, Stefan y Emma.


No quiero hablar con ellos y tampoco lo haré. No estoy lista para intentar dar explicaciones, no me siento fuerte para poder decirle el motivo de nuestra separación. Apenas puedo soportar esos recuerdos y esas palabras. He llorado demasiado, pero mis padres no lo saben. Creo que ellos piensan que estoy superándolo bien, pero no es así. Lo extraño, lo amo… Mierda. ¿Cómo puedo amarlo así? 


Necesito verlo, necesito besarlo, pero cada vez que imagino esos momentos, recuerdo todo lo que sucedió y mis ganas de tenerlo conmigo se esfuman.


—¡Ya voy! —grito, desesperadamente.


Abro la puerta y veo a Damian. Al fin, al fin está aquí. Lo necesito más que nunca.


Me lanzo a sus brazos y siento como me abraza de manera dulce y protectora. No le he dicho todo lo que sucedió con detalle, pero contestar a su llamada esta mañana, fue más que un alivio.


—Lo siento, nena —me dice, besando mi pelo.


Cierro los ojos con fuerza y hundo mi cara en su pecho. 


Sigue vistiéndose tan desalineado y adolescente como siempre, pero me hace bien tenerlo aquí. No me siento tan sola. Sé que él me comprenderá, él me ayudará y me dará su opinión sobre todo esto.


—Damian… —musito con la voz entrecortada.



En menos de dos segundos, recordé todo lo que sucedió días atrás. Mis ojos se llenan de lágrimas y comienzo a llorar como una completa estúpida. ¿A quién quiero engañar? No soy fuerte, no superaré esto de un día para el otro, no podré… Pedro es mi debilidad y debo admitirlo aunque me cueste. Mi peor debilidad me volvió aún más débil, ¿Cómo puedo explicar eso?


—Tranquila —Me dice, acariciando mi cabello—. Te prometo que todo se solucionará. Tu eres fuerte, eres muy fuerte, nena.


Minutos más tarde, dejo de llorar. No sé cuánto tiempo llevamos aquí en mi habitación, pero le conté todo lo que sucedió con Pedro y no obvié ni un solo detalle. Fue más difícil tener que admitir que me casé con él por su dinero y, lo peor de todo, fue confesarle que me enamoré de él como una completa estúpida.


Él no me dijo nada, sé que tiene deseos de hacerlo, pero no se atreve por miedo a decirme algo que me duela y, sinceramente, en estos momentos no quiero oirlo, solo deseo que me escuche a mí. Necesito liberar todo este enojo, todo este dolor, para poder sentirme mejor conmigo misma. Sé que me entiende…


—Todo se solucionará, nena —asegura, acariciando mi cabello de nuevo. Me aparto de él y dejo que limpie mis lágrimas con su pulgar—. Él no se merece tus lágrimas, Paula. Tienes que hacerlo sufrir un poco.


—Lo sé —Respondo entre lloriqueos—, pero lo necesito tanto, Damian —chillo como toda una niñita y vuelvo a lanzarme a sus brazos.


Me hace sentir bien, me siento segura y protegida. No son los de Pedro, quiero que sean los de Pedro, pero al mismo tiempo sé que no debo de permitirlo. Merece sufrir un poco.


—Deja de llorar —me pide dulcemente—. Podemos hacer un montón de cosas para que te olvides de él por un momento. No tolero verte así. Te acompañaré a ver algún vestido para esa cita que tienes con ese tipo, si tú quieres.


Sonrío levemente y acaricio su mano que descansa encima de la mía.


—¿Harías eso por mí?


—Haría cualquier cosa por ti, Paula…


Un golpe en la puerta interrumpe nuestro abrazo. Flora entra a mi habitación y me da una de sus mejores sonrisas a modo de disculpas. Le devuelvo el gesto y rápidamente seco las lágrimas de mis mejillas. Sé que sabe que estoy llorando, pero intentaré no verme tan patética.


—Niña Paula —dice sin moverse de la puerta—, me preguntaba si tu amigo quiere algo de comer o de beber.


Damian y yo estamos sentados frente a frente en la cama y demasiado cerca. Cualquiera puede mal pensar esta situación.


—Eh… —balbuceo mirando a Damian interrogativamente. Él tiene la decisión.


—Sí —responde con una de sus sonrisas—. En realidad, me preguntaba si no ha quedado alguna sobra del almuerzo —dice avergonzado, mientras que rasca la parte de atrás de su cabeza—. Sé que son las tres de la tarde, pero acabo de salir del trabajo y no tuve tiempo de almorzar.


Lo miro por unos segundos y luego estallo en risas. Es una risa real, de esas que me toman por sorpresa, que sacuden todo mi interior y hacen que me duela el estómago. Damian es simplemente increíble.


Me pongo de pie y tomo su mano.


—Ven. Prepararemos algo de comer…


Llegamos a la cocina y corremos al refrigerador. No soy experta en esto, pero estoy segura que algo podremos hacer. Pienso en algunos de los platillos que aprendí en las clases de cocina y se me vienen unas cuantas ideas a la mente.


—¿Qué quieres comer? —pregunto volteándome hacia su dirección.


Él observa el interior del refrigerador al igual que yo, y frunce el ceño.


—No tengo idea —responde, encogiéndose de hombros—. ¿Qué tal una hamburguesa? —pregunta con una de esas sonrisas a las cuales no puedes decirle que no. Sonrío y asiento con la cabeza. No será demasiado complicado.


Puedo hacerlo, claro que puedo hacerlo.


—Me parece bien —respondo tomando un par de cosas.


Él me ayuda a cargar algunos vegetales y luego nos ponemos manos a la obra. Primero preparamos la carne de hamburguesa. Él lo hace porque según él hay un punto específico y qué sé yo. Le doy la razón, aunque no la tenga, y me pongo a cortar los vegetales. Primero un tomate, en rodajas perfectamente iguales y luego la cebolla. Será esa clásica hamburguesa de tres pisos con ingredientes excesivos.


—¿Cómo vas con eso, nena? —pregunta desde el otro extremo de la habitación.


—Bien —respondo completamente concentrada en lo que hago.


—¿Qué te parece si le ponemos un poco de música a esto? —pregunta, limpiando sus manos, mientras que la carne se cocina.


Asiento con la cabeza y sonrío en su dirección. La música hará de esta experiencia algo realmente interesante. Solo Damian puede ser capaz de hacerme sentir tan bien luego de todo lo que sucedió.


Lo veo con el rabillo del ojo mientras que corre hacia la barra de la cocina. Toma su teléfono celular y luego comienza a tocar algunos botones.


—¿Tienes un sistema de sonido con bluetooth, verdad? —pregunta, observando los parlantes del techo.


—Así es.


La música comienza a sonar y, rápidamente, me veo invadida por un poco de agonía. Es una hermosa canción de Hinder “Labios de ángel”. Lo miro con una sonrisa triste y, con la mirada, le imploro que cambie de canción.


—Es una canción hermosa —dice acercándose—. Te la dedico a ti, nena. —murmura señalándome.


—No quiero deprimirme en un momento como este —le digo negando con la cabeza una y otra vez.


Él acorta la distancia entre ambos y extiende su mano invitándome a bailar. Miro el cuchillo que tengo en mi mano y rápidamente lo dejo sobre la mesada junto con los vegetales cortados. Él sonríe y me atrae hacia su cuerpo. Coloca sus manos en mi cintura y yo detrás de su cuello. Cierro los ojos y apoyo mi cabeza en su hombro dejando que esas hermosas palabras me hagan perder la razón.


—Mi chica está en el cuarto de al lado —susurra sobre mi ido en inglés, al ritmo de la canción—. A veces desearía que fueras tú. Creo que nunca olvidamos nuestra historia en realidad…



La letra es completamente maravillosa, pero simplemente me siento identificada con este momento y estas palabras.



No quiero elevar la mirada porque sé que voy a encontrarme con esos ojos que me piden más de lo que puedo dar.


—Damian… —digo a modo de protesta, pero él hace que me calle y sigue moviéndome por la cocina.


Lo hacemos lentamente, con cada paso siento como mi corazón acelera el ritmo. Estoy empezando a sentir nervios.


No puedo reaccionar. Él mueve una de sus manos hacia mi cabeza y acaricia mi cabello desde la raíz hasta las puntas, mientras que me susurra dulcemente la canción al oído.


—No quiero decir adiós nunca, pero, nena, tu vuelves muy difícil la fidelidad con esos labios de ángel…


Eso es lo que dice la canción, pero es también lo que él está diciéndome en este preciso momento, acariciando mi labio inferior con su pulgar. Me aparto de él y lo miro fijamente. Ha logrado lo que se propuso, ahora estoy viendo esa mirada que tanto quería evitar. Consiguió hacer que mi corazón estallara en mi interior. Esas mariposas que estaban atrapadas en una red consiguieron escapar y ahora solo puedo verlo a él y pensar en cómo se sentiría besar esos labios.


Cierro los ojos sin pensar en las miles de consecuencias que esto podría provocar. Siento su aliento sobre mi cara y cada vez son más conscientes de que la distancia entre ambos es escaza. Él toma mi rostro con ambas manos y me acaricia con sus dedos.


—Labios de ángel —murmura, apegando su frente a la mía.


Cierro mis ojos mucho más fuerte y contengo el aliento. 


Estoy a punto de perder todo tipo de control. Voy a morir por este beso, pero no me importa, simplemente necesito que lo haga.


—¡Niña Paula! —chilla Flora, entrando a la cocina.


Damian voltea su rostro hacia otra parte y luego cierra los ojos como si estuviese intentando contenerse. Lo miro durante unos segundos y me volteo en dirección a Flora. 


Sabe lo que estaba sucediendo y se ve tan apenada y avergonzada que sus mejillas están tan rojas como el tomate que estaba cortando.


—¿Qué sucede, Flora? —pregunto con la voz entrecortada.


Ella me sonríe y observa a Damian.



—Comencé a sentir un aroma extraño y bueno… lo siento —Se disculpa con un leve murmuro.


Sonrío y solo le digo que sí con la cabeza. No tengo palabras, la garganta se me seca y no puedo terminar de comprender lo que acaba de suceder o lo que no sucedió, en realidad. Damian quita la carne del fuego y luego apaga la siguiente canción de su celular provocando que el silencio nos invada.


Flora se marcha porque sabe que está molestando. Ahora los dos estamos solos. Él sigue en su lugar y parece no querer verme a la cara. Es el momento más incómodo de toda mi vida. Jamás creí que sería capaz de perder el juicio en una situación como esta.


—Paula… —dice, pronunciando mi nombre con un leve temblor en su voz.


—Damian… —respondo de la misma manera. Eleva la mirada y me sonríe con nerviosismo y algo de timidez.


—Lo lamento.


Sonrío algo desconcertada y doy un paso al frente.


—También yo.


Camina hacia su teléfono celular, lo toma y mira la pantalla.


—Debo llamar a Tania —me dice, queriendo parecer seguro de sí mismo.


Intento no sentirme insultada cuando oigo ese nombre. 


Asiento levemente con la cabeza y regreso mi atención a las verduras cortadas encima de la mesada. Me siento patética. 


¿Cómo pude ser capaz de pensar por solo un segundo en cometer esa locura? Santiago es solo Santiago, pero Damian… Damian es mi mejor amigo ¿Por qué me siento tan culpable por no haberlo hecho? Confusión, lo único que tengo en mi cabeza es confusión. De pronto, estoy completamente sola y a los pocos segundos puedo escoger entre tres hombres diferentes.


Nada de todo esto tiene sentido.