lunes, 18 de septiembre de 2017
CAPITULO 24 (SEGUNDA PARTE)
Nuestro vuelo apenas acaba de aterrizar. No me importan ni las maletas, ni nada de lo que me pertenece. De verdad estoy asustada. Ya pasaron más de cuatro horas desde que recibimos la llamada y lo primero que se nos vino a la mente fue tomar el primer vuelo a Londres. Pedro ha estado demasiado nervioso y aún no ha dicho nada. Laura está en el hospital, no sé bien que le sucede, tampoco tuve tiempo de preguntar, pero ni siquiera trajimos las maletas. Todo fue sorpresivo y el pánico nos invadió por completo.
Pedro corre por el aeropuerto mientras que me arrastra con él, trato de seguir sus pasos sin decir nada, pero no lo hago del todo bien. Me tiemblan las manos y las piernas, mis ojos están repletos de lágrimas y hay un sentimiento pesado y frío que se hace presente en mi pecho constantemente.
Tengo miedo, tengo mucho miedo. Es solo una niña, no tiene que sucederle esto. Solo tiene cinco años.
Bajamos por las escaleras mecánicas rápidamente.
Apartamos a todos del camino y, cuando por fin conseguimos salir hacia las afueras del lugar, chillo por un fuerte cambio climático. Solo tengo un abrigo liviano y el viento sopla de un lado al otro, mientras que la leve lluvia provoca que se me erice la piel. Pedro me rodea con sus brazos en silencio y nos subimos a un taxi.
—Todo estará bien, cariño —murmuro acariciando su mejilla—. Lo prometo.
Él no me mira, ni siquiera está prestándome atención, pero puedo entenderlo y no me molesta que se comporte de esa manera. Yo también me siento muy extraña. No dejo de pensar en la niña ni un solo segundo. ¿Cómo deben de estar Emma y Stefan? ¿Qué le sucede a Laura? No dejo de hacer preguntas, pero no soy capaz de tomar mi teléfono y hacer una llamada para estar más informada, casi no puedo pensar en nada más. Solo espero que ella esté bien, que no sea nada grave. Ahora no me importa si cancelé mi luna de miel, no me importa si no conoceré Turquía o Eslovenia, tampoco me importa si he dejado todo en Alemania, solo quiero que ella esté bien.
Llegamos al hospital y subimos por el ascensor en menos de tres minutos. No nos toma demasiado tiempo. Siento que voy a vomitar si sigo corriendo de la manera que lo hago, pero no pienso demasiado en eso. Al doblar por el pasillo vemos a todos esperando a alguien. Pedro suelta mi mano y corre hacia ellos. Todos están aquí. Mi suegra, Emma, Stefan, Tania y Damian. Son demasiadas, personas, pero debe de ser algo grave. Tengo demasiado miedo y un escalofrío me recorre la columna vertebral.
Emma abraza a su hermano y los demás se voltean a mirarme. Tengo lágrimas en los ojos y me dejo vencer por el qué dirán. No es momento de ser fuerte ahora, no es momento de tener que utilizar una máscara. No tengo que ocultar lo que siento. Quiero a esa niña por mas fastidiosa que sea a veces, es solo una niñita y si yo estuviese en una situación así… oh, mi Dios. No puedo ni siquiera pensar con claridad. Stefan se acerca a mí rápidamente al igual que Tania y Damian. Daphne sigue en su mismo lugar y limpia su nariz con un fino pañuelo de tela. Stefan me abraza fuerte y lo oigo sollozar. Abro los ojos y Tania está delante de mí intentando controlar la situación.
—No creí que vendrían —me dice, y puedo sentir su agonía—. Gracias, gracias de verdad.
Stefan se aparta y Tania me rodea con sus brazos rápidamente. Damian frota mi hombro una y otra vez y logra sonreír a medias, pero puedo ver que está asustado y confundido, tanto como yo.
—¿Qué le sucedió? —pregunto mirando a Stefan. Emma aún sigue llorando en brazos de Pedro y Daphne continua mirando un punto fijo en la pared—. ¿Por qué estamos todos aquí? Pedro no me ha dicho nada y estoy desesperada —sollozo, intentando encontrar una respuesta rápidamente.
—Es el apéndice. La están operando justo ahora, Paula —me informa con cautela, pero siento como un balde de agua helada se derrama sobre mí.
¿Operando? ¿Cómo que operando? Es solo una niña, tiene cinco años y aunque sé que el apéndice no es nada grave, siento mucho miedo. Es una niñita, no tiene que pasar por esto, no ahora. No puedo contenerme y siento deseos de llorar.
—No llores, Paula, todo estará bien —me dice Damian con una convincente sonrisa.
Tania deja de abrazarme y comienza a llorar también. Él la abraza y luego la besa en los labios con suma ternura, provocando que una sonrisita se me escape. Es extraño verlos juntos, pero puedo notar que se quieren.
Segundos más tarde, tomo un pañuelo de mi bolso y Emma se acerca a mí. La abrazo muy fuerte e intento encontrar palabras para consolarla, pero nada de lo que digo es suficiente. Ella solo necesita que su hija esté bien. Ella necesita que todo vuelva a ser como antes. No dejo de pensar en ponerme en su lugar. Si algo así me sucediera estaría devastada y, por alguna extraña razón, puedo comprenderla, puedo sentir ese miedo y ese dolor en el pecho.
—Ella estará bien, Emma, ya lo verás —insisto abrazándola de nuevo. Logro calmarla, sus sollozos son cada vez más leves y sus manos dejan de temblar al igual que las mías.
—Familiares de Laura… —pronuncia un doctor vestido de azul mientras que intenta pronunciar el apellido de la niña.
Emma y Stefan se apresuran y comienzan a invadirlo con preguntas sin parar. Me acerco al tumulto de gente nerviosa y eufórica. Pedro me rodea la cintura y al mirarme mis defensas desaparecen. Verlo así de asustado e inseguro, me hace sentir insegura también. Siempre supe que soy como soy, y soy lo que soy, porque él es fuerte por ambos, él puede soportar mis miedos y también los suyos, pero si ahora él deja de hacerlo, siento que soy capaz de derrumbarme…
—Todo salió a la perfección. El cuadro de la niña es estable y acaba de despertar —pronuncia el doctor, logrando que todos sonrían y se alivien rápidamente.
Todo el peso que sentía en el pecho se esfuma de un segundo al otro. Ahora me siento mucho mejor. Laura está bien. Pedro se voltea hacia mí con una sonrisa en el rostro mientras que Emma y Stefan se abrazan y Tania se lanza en brazos de Damian y comienza a gritar de felicidad.
—Te amo, Paula, te amo —me dice una y otra vez en un susurro. Aún siento un poco de miedo por su parte, pero creo que puedo ser lo suficientemente fuerte por los dos.
—Todo está bien, ahora, Pedro —le respondo acariciando su cabello. Beso sus labios y sonrío ampliamente.
Estoy realmente asustada. Laura está bien, todos están felices, pero ahora la que tiembla sin sentido y se siente nerviosa, soy yo. No creí que esto sucedería en un momento como este, pero las náuseas me dieron el alerta y sé que debe de ser por algo. Solo han pasado unos pocos minutos desde que el doctor nos informó que Laura está bien. Corrí al baño desesperada porque sabía que iba a vomitar y, lo peor de, es que lo hice.
Nunca creí que me realizaría la prueba de embarazo en el baño de un hospital, pero la desesperación vence todos mis planes. Solo es cuestión de tomar el test de embarazo oculto en mi bolso...
—Cálmate, Paula —me digo a mi misma mientras que me miro al espejo—. Puedes controlar esto, era lo que querías y si estás embarazada Pedro será el hombre más feliz de la tierra.
No puedo evitar sonreír. Una extraña sensación recorre todo mi cuerpo, como una especie de calor agradable que hace que tiemble. Estoy emocionada, pero la mezcla de emoción y nervios hacen que me comporte como una loca.
Es el momento. El test está ahí, en frente de mí, sin que pueda ver el resultado. Son solo unos pocos segundos para definir el resto de mi vida.
Un bebé... Aún no puedo creer que sea yo la que está pensando esto. Nunca me imaginé con un bebé en brazos, nunca creí que esto funcionaría, pero, ahora, solo puedo verme a mí misma y sonreír.
Sin notarlo coloco mis manos en mi vientre y acaricio mi plano abdomen una y otra vez.
Cierro los ojos y suelto un suspiro. Extiendo el brazo hacia la mesada del baño y tomo la prueba entre manos. Tengo que mantener el control. Si es más, significa que estoy embarazada y si es menos, no lo estoy. Sinceramente, quiero ver un signo positivo aquí, pero si es negativo me sentiré un poco aliviada, porque siento que no estoy cien por ciento preparada para algo así.
—Puedes hacerlo, Paula —me digo soltando un suspiro.
Abro los ojos y miles de recuerdos invaden mi mente en un corto lapso de tiempo. Mi boda, los momentos de tristeza, las risas, los besos... Todo sucede en blanco y negro y en cámara rápida, como si fuese una película. Mis ojos se nublan por un instante y parpadeo para que las lágrimas se deslicen por mis mejillas.
—Estoy embarazada... —murmuro con la voz entrecortada.
Me miro al espejo y la sonrisa que invade mi rostro es genuina. Nunca me había sentido de esta manera. Es una oleada de felicidad que asalta cada centímetro de mi cuerpo al paso de los segundos.
—Oh, por Dios, estoy embarazada.
Muevo mis manos en dirección a mi vientre y elevo la blusa de algodón que cubre mi piel. Me miro una y otra vez mientras que lloro y sonrío. Todo está bien, nada parece fuera de lo normal, pero la prueba de embarazo me dice que hay un bebé dentro de mí. Pedro y yo tendremos un bebé y... Pedro va a ser padre, tendremos a un hermoso bebé, estaremos juntos...
Oh, por Dios, no puedo creerlo.
Intento calmarme, pero la ansiedad y la felicidad me invaden.
Seré madre, tendré un hijo, mi abdomen crecerá, sentiré sus pataditas en mi vientre, podré sentirlo, podré cuidarlo...
—¿Paula, estás bien, cariño? —pregunta Pedro golpeando la puerta del baño. Me exalto exageradamente y limpio mis ojos mientras que me dirijo hacia la salida.
—Estoy bien —respondo entre llanto—. Saldré en un momento.
—Te estaré esperando, cielo —susurra dulcemente.
Regreso hacia el lavabo y miro el test de embarazo de nuevo para corroborar que el signo sigue ahí. Sí, estoy embarazada pero, ¿cómo se lo diré a Pedro? ¿Cómo reaccionará? Ahora estoy muy confundida y emocionada, pero feliz, me siento completa, diferente...
Tomo mis pertenencias y me encargo de que todo quede en perfecto orden. Oculto la prueba dentro de uno de los bolsillos en el interior de mi bolso y luego me lavo las manos.
Me las seco y con el papel sobrante limpio mis mejillas. La sonrisa de sorpresa y asombro sigue ahí, pero sé que no va a marcharse, puedo ver algo diferente, mi mirada cambió, tengo un brillo especial.
Examino mi atuendo y acomodo mi blusa de manera desesperada, como si todos pudiesen notar lo que me sucede, pero sé que es solo la impresión del momento.
Acaricio a mi hijo y camino en dirección a la puerta. Le quito el cerrojo y salgo al pasillo. Pedro está ahí, de pie, espaldas a mí, esperándome. Luce una camisa celeste y unos pantalones azul marino que lo hacen ver perfecto, maravilloso.
—Estoy aquí —murmuro, deteniéndome a unos pocos centímetros de él.
Se voltea y me mira fijamente. Hay ojeras debajo de sus ojos y aunque no lo parezca yo sé que está exhausto y preocupado. Quiero gritar, quiero sonreír, quiero decirle que le daré el hijo que tanto ha anhelado desde hace tiempo, quiero decirle y besarlo una y otra vez, pero sé que no es el momento correcto.
Tengo que sorprenderlo por completo, tengo que hacer que sea especial.
—¿Que ocurre cariño, estabas llorando? —pregunta rodeándome con sus fuertes brazos.
—Últimamente, lloro por todo, Pedro. No te preocupes —le respondo en un susurro.
Él sonríe a medias, besa mi frente, acaricia mis mejillas con su pulgar y luego me abraza. Puedo sentir la preocupación en su gesto, pero por dentro no me puedo sentir mal. Laura está bien y se recupera... Y, además de eso, estoy segura que dentro de mi hay un mini Pedro o una mini Paula y eso es lo único que me alienta a ser más fuerte que nunca. Sé que este bebé cambiará las cosas, todo será mucho mejor que ahora. Si alguien me pregunta si soy feliz, está más que claro que la respuesta es sí.
—Te amo, Pedro —digo de repente, sin siquiera premeditarlo—. Te amo, te amo y te amaré siempre. Lo sabes, ¿verdad?
Él sonríe y me aprieta entre sus brazos nuevamente. Quiero llorar de felicidad, quiero gritarle a todos que tendré un bebé, quiero decirle a medio mundo que voy a ser madre, muero por decirle a Pedro la verdad, pero sé que debo esperar y estar segura de esto…
Mis ojos se llenan de lágrimas de nuevo y no puedo evitarlo.
Hundo mi cara en el pecho de mi esposo y lo abrazo muy fuerte. Esto me afecta de manera positiva. Por Dios, tendremos un bebé, es posible que tengamos un bebé, es más que seguro, de hecho.
—Te amo, mi preciosa, te amo —me dice en un susurro.
Beso sus labios una y otra vez y no puedo dejar de sonreír, tengo que contenerme porque si no lo hago, él sabrá que algo sucede y no podré sorprenderlo. Ahora lo único que necesito es ir a ver a la doctora Pierce para estar más que segura.
Esperamos unas horas más hasta que por fin el doctor nos permite hacerle una pequeña visita a Laura. Entramos al cuarto todos juntos, con un enorme oso de felpa que Pedro se encargó de comprar. No tengo idea de cómo lo hizo, pero sé qué hará que la niña se sienta mucho mejor.
No dejo de sonreír ni un solo segundo, me siento diferente, renovada, me siento como jamás me he sentido antes y Pedro ya pudo notarlo. Solo estoy esperando que me haga preguntas. En todo este tiempo estuve pensando en la manera de decírselo y también estuve pensando en acelerar el proceso de todo esto. Quiero ver a la doctora Pierce ahora, pero no podré y, esperar hasta una cita será devastador. ¿Y si le digo que estoy embarazada sin hacerme la consulta? Tengo el test de embarazo y es positivo, esas cosas casi nunca fallan y…
Disipo mis pensamientos y veo a la niña tendida en la camilla del hospital. Se ve algo cansada y asustada. Mis ojos se ponen llorosos rápidamente. Emma y Stefan están a su lado y acarician su manito una y otra vez. Pedro deja mi mano y cruza la habitación rápidamente hasta llegar a su lado. Besa su frente y con sumo cuidado la abraza. Veo como se relaja, percibo como la preocupación se esfuma al paso de los segundos.
Tania deja la mano de Damian y corre hacia su sobrina, al igual que Daphne, que parece más preocupada que todos nosotros juntos.
Damian y yo nos miramos por unos segundos, ambos sabemos que no tenemos nada que hacer aquí. No somos parte de la familia en este aspecto tan íntimo, me siento fuera de lugar y sé que él también se siente igual que yo.
—Que susto me has dado, princesa —le dice mi esposo corriendo algunos mechones de pelo de su carita.
Me muevo a través de la habitación con el oso de felpa colgando de un brazo y me detengo detrás de mi esposo.
Emma me sonríe y, con la mirada, me dice que no llore, porque todo está bien, pero ahora comprendo lo que sucede.
Si yo estuviera en su lugar, estaría destrozada.
Laura mueve su cabecita en mi dirección. Pedro se coloca a un lado y, sin prestar atención, casi me golpea con su espalda, no sé cómo describirlo, pero mi cuerpo se mueve rápidamente y mis manos protegen mi vientre, sin que pueda notar que lo hice. Es un reflejo completamente sorpresivo, pero nadie lo nota, por suerte.
—Tía Paula… —murmura con su voz de niñita—, estás aquí.
Me acerco a la camilla y Pedro y yo tomamos juntos una de sus manos. Nos miramos cuando lo hacemos y nos sonreímos.
—Claro que estoy aquí, pequeña. ¿Cómo te sientes?
—Me duele —responde haciendo una mueca—. Mamá dijo que estaré bien, pero sigue doliendo.
Sonrío y acaricio su frente. Nunca fui cariñosa con ella, pero en un momento así, no pienso en eso, solo quiero que sepa que la quiero, a pesar de todo, y que estoy muy feliz porque ella está bien.
—Verás que pronto no sentirás nada y volverás a jugar como antes —le dice Pedro con la voz cargada de dulzura.
—Mamá me dijo que me quitaron una perdiz de mi barriga —comenta con inocencia. Todos reímos al unísono y ella frunce el ceño sin comprender.
—Creo que quieres decir apéndice, princesa —le responde Tania con una amplia sonrisa—.Y no te preocupes, estarás mejor sin ella.
Todos volvemos a reír y segundos después le entregamos el oso de felpa. Ella lo estrecha entre sus brazos mientras que nos enseña esa sonrisa angelical y esos ojitos inocentes y traviesos, al mismo tiempo. Verla bien me deja mucho más tranquila.
domingo, 17 de septiembre de 2017
CAPITULO 23 (SEGUNDA PARTE)
Regresamos de la fiesta tropezándonos por causa de las flores del jardín y la acera algo resbaladiza y llena de grietas.
Pedro se ríe y me hace gestos para que guarde silencio, pero no puedo contenerme. La fiesta fue un completo éxito.
Las cosas salen bien cuando yo las hago y, en este caso, mi inspección de organización hizo que Karen no fracasara en un evento como este. Solo tuve que relajarme y disfrutar de la velada.
Pedro no se apartó de mí ni un solo segundo y bebimos un poco más de lo indicado, pero aun así, no puedo quejarme, todo fue perfecto. Conocí gente nueva, aprendí nuevas palabras en alemán que desconocía y fui el centro de atención en casi toda la noche. Me siento más que perfecta.
—No hagas ruido, mi cielo —murmura nuevamente mientras que abre la puerta de madera vieja de la entrada principal.
Subo los escalones del porche y antes de cruzar el umbral, me inclino y me quito los tacones.
—Cuidado, te harás daño —advierte, tomándome con delicadeza para que no me caiga.
Se lo agradezco con un beso y sostengo mis tacones en una mano, mientras que con la otra, elevo mi vestido unos pocos centímetros más arriba para no pisarlo. Pedro entra detrás de mí y cierra la puerta con cuidado de no hacer demasiado alboroto. La sala de estar está en la penumbra y no puedo ver absolutamente nada. Deja las llaves encima de la mesa provocando un ruidito, toma mi mano y me dirige por el cuarto con cuidado de no tropezar con ninguna cosa.
Subimos las escaleras y llegamos a nuestra habitación rápidamente.
—Estoy algo cansada —le digo, intentando no reírme. Lanzo mi bolso encima de la cama y luego le doy la espalda a mi esposo para que me ayude a quitarme el vestido—. Solo quiero dormir y dormir...
Él posa sus manos en el cierre de la prenda y, luego de un segundo, siento como mi cuerpo comienza a relajarse. Ya no me presiona el vestido, es demasiado ajustado, con el único fin de enmarcar las perfectas curvas de mi cuerpo. Suelto un suspiro y luego sonrío. Estoy tan relajada, solo quiero dormir.
No necesito nada más.
—¿Quieres ir a la cama ahora, cielo?—pregunta con una sonrisa traviesa mientras que recorre mi cuello con sus labios.
—Vamos a dormir, lo haremos luego —murmuro golpeando su hombro de manera juguetona—. Lo prometo —digo, y comienzo a quitarme las horquillas que sostienen mi peinado. Lo bueno de saber hacer magia con mi cabello, es que sé a dónde las coloqué y no pierdo demasiado tiempo.
Mi esposo comienza quitarse el cinturón y la camisa, es adictivo verlo, nunca me cansaré de esto. Me encanta…
—¿Qué sucede? —cuestiona con una sonrisita.
Niego con la cabeza sin decir nada y coloco el edredón de la cama a un lado. Pedro se acerca y me abraza por detrás, colocando sus brazos fuertes y trabajados alrededor de mi cintura.
—¿Quieres sexo silencioso, preciosa? —pregunta en un susurro cargado de sensualidad.
—Estamos medio borrachos —le recuerdo.
—Lo haremos igual.
Abro la boca incrédula y sorprendida, pero asiento levemente con la cabeza. Él mueve sus manos hacia mis pechos desnudos, yo apoyo mi cabeza en su hombro y dejo escapar un suspiro.
—Me encanta cuando haces eso —siseo, moviendo mi cabeza a un lado para disfrutar de la sensación hermosa que produce su piel junto a la mía.
—¿Eso significa que sí?
—Sí... —jadeo cuando aprieta mis pezones.
—Sexo silencioso, entonces, cielo —me responde.
Volteo para quedar frente a él. Acaricio su pecho cubierto por una leve mata de bello color marrón oscuro y muevo mis labios sobre su boca, comisura y mentón. Cierra los ojos y deposita sus manos en mi trasero, pero en ese momento mi teléfono celular y el teléfono celular de mi esposo comienzan a sonar al unísono. Ambos tenemos la canción I got you de Leona Lewis como tono de llamada. Me resulta extraño, pero ninguno de nosotros puede despegar las manos del otro.
—Pedro… —murmuro cuando se rompe el momento de excitación.
—No es nada, cariño —Me lanza hacia la cama. La llamada se termina, pero mi teléfono suena de nuevo y pocos segundos después el de Pedro también, haciendo que las canciones estén desacompasadas.
Quiero seguir el beso, pero no puedo. Me aparto de él y hago un poco de fuerza para que sus brazos se despeguen de mí. Muevo mis manos sobre el colchón y cuando palmeo mi pequeño bolso de fiesta, lo tomo entre mis manos y quito mi teléfono del interior. Pedro suelta un suspiro frustrado y sale de encima de mí. Cruza su habitación y mira la pantalla de su teléfono.
—Es Tania —me dice seriamente.
—Es Damian —le informo viendo la pantalla de mi teléfono con el ceño fruncido.
Ambos presionamos el botón verde al mismo tiempo y rápidamente oímos los chillidos desesperados de Tania y la voz temblorosa de Damian. Pedro me mira fijamente mientras que sus ojos se llenan de preocupación. Algo no está bien.
—Paula... —murmura Damian al otro lado de la línea—. Laura... Laura está en el hospital…
CAPITULO 22 (SEGUNDA PARTE)
Recorremos de un lado al otro el centro comercial luego de un delicioso almuerzo alemán. Miramos con detenimiento todas las vitrinas, pero solo miramos porque le prometí a mi esposo que no compraría nada que no fuera para la fiesta de esta noche. Él se ve aliviado y relajado. Caminamos tomados de la mano y sonreímos como idiotas cuando nuestras miradas se encuentran. Supongo que así debe de ser estar enamorada. Es fantástico y sorpresivo. Nunca sé lo que sucederá o como sucederá, pero las mariposas de colores revolotean en mi estómago y me producen un leve cosquilleo más de tres veces al día.
—Ahora que lo pienso, tú y yo jamás hemos ido al cine
—Es verdad. Fuimos a la ópera, a exposiciones de arte, fiestas de todo tipo, pero jamás hemos ido al cine.
Sonríe, se acerca para besarme en los labios y cuando menos lo noto, estamos comprando boletos para ver una comedia romántica. No puedo creerlo. Iremos al cine y eso me toma por sorpresa de nuevo.
****
— ¿De verdad quieres ver esa película? —pregunto con una mueca.
—Solo quiero estar contigo. Todos dicen que el cine es el lugar de las primeras citas y nosotros nunca tuvimos una primera cita oficial —espeta tomando mi mano para que sigamos avanzando—. ¿Qué te parece si lo hacemos ahora?
—Me parece bien —respondo sonriente.
Compramos palomitas, refrescos y dulces de todo tipo.
Pasamos la entrada y un joven de unos veinte años nos pide los boletos y luego corremos a nuestros lugares, como si fuésemos dos adolescentes ansiosos por tocarse.
Media hora después, y aún no sé quién es el personaje principal ni de que se trata la película. Solo oigo las voces a lo lejos y me concentro profundamente en saborear los labios de mi esposo mientras que mis manos lo manosean por todas partes. Ambos estamos demasiado excitados y sé que no podremos controlarnos.
—¿De verdad quieres hacerlo? —pregunto con una tímida sonrisa cuando termino de oír su ardiente proposición en el oído.
No puedo creerlo.
—Sí —me responde en un susurro apenas audible—. Es algo que siempre quise hacer.
—¿Y si nos descubren? —pregunto dudosa.
—No lo harán —me dice—. Son travesuras de parejas. Todos lo hacen alguna vez.
—¿Y si me oyen?
—No te oirán, cielo. Lo prometo —asegura—. No vas a arrepentirte, mi preciosa Paula.
—Pero…
—Además, tenemos una gran ventaja —susurra, moviendo su mano hasta mi monte de Venus. Estira su dedo índice y recorre mi feminidad por encima de la tela de mi vestido. —No tenemos mucha compañía…
—No puedo creerlo. Resultó ser todo un pervertido, señor Alfonso.
—Eso creo...
****
En la noche, intento convencer a Agatha para que nos acompañe, pero fracaso rápidamente. Un no de ella es un no para todo el mundo y ni mis mejores y más hermosos encantos logran convencerla.
Debo de aceptar la idea de que estaré sola la mitad de la noche. Es eso o soportar charlas de negocios en diferentes idiomas. No sé por qué acepto asistir a todas estas fiestas, pero tengo que hacerlo. Soy Paula Alfonso, no puedo estar ausente y más cuando gran parte de la organización fue bien dirigida por mí, porque para ser sincera, el trabajo de Karen era sumamente malo y aburrido. Ya lo dije, todo es mejor cuando yo lo hago.
—Vamos, cielo. Se nos hace tarde —me dice Pedro el otro lado de la sala de estar. No dejo de mirarme en el espejo.
Me veo completamente hermosa. Definitivamente debo de ir de compras con Pedro más seguido. Tiene un excelente gusto para escoger vestidos y yo soy una buena esposa que busca complacerlo, al menos por un rato.
Llevo un hermoso vestido color salmón, otra vez. Debo de admitir que estaba un poco inquieta por el color. No suelo vestirme de esta manera, pero a Pedro le fascinó el corte sirena y el escote corazón, no puede resistirme a sus peticiones y miles de halagos. Tiene una pequeña cola en la parte trasera y deja que todos puedan contemplar mi trasero desde todos los ángulos, sin mencionar el descubierto sensual de mi espalda.
—Estoy lista —murmuro cuando termino de retocar el labial rojo.
Le sonrío al espejo, tomo mi bolso de mano a conjunto con el vestido, y noto como Pedro se queda sin habla por lo hermosa que estoy. No es necesario que diga nada, su reacción es más que suficiente.
—Tengo un obsequio para ti, cielo.
—¿Un obsequio? —pregunto, frunciendo el ceño. Me encantan los obsequios, pero Pedro acaba de tomarme por sorpresa de nuevo.
Coloca su mano dentro del bolsillo de su saco negro y quita una caja de terciopelo cuadrada. Me la entrega con una amplia sonrisa en los labios y lo único que puedo hacer es tomar el objeto y verlo por mí misma. No sé qué decir. Me quedo pasmada. Es un collar de oro con un colgante precioso. La forma es asimétrica, pero elegante y si prestas suma atención a los detalles puedes ver mi nombre escrito con el mismo material de metal que ayuda a sostener el pequeño brillante del centro. Es precioso, simplemente, estoy sin palabras y tiene mi nombre. Estoy anonadada.
—Pedro… —murmuro conteniendo la respiración. Mi voz no se oye para nada normal, pero es por el factor sorpresa.
—¿Te gusta?
Sonrío y luego acaricio el collar con la yema de mis dedos.
Puedo apostar que esta es una de las joyas más valiosas que tengo. Debe de valer varios millones. Pedro me regaló una simple pulserita en París y eso significó muchísimo para mí, me enamoré mucho más, pero esto… Simplemente, no sé qué decir.
—Es hermoso —murmuro luego de varios minutos—. Pedro, esto es…
Él sonríe y quita la caja de terciopelo de mis manos. Toma el collar y ordena que me voltee. Recojo los mechones de cabello y los elevo para darle total comodidad y acceso a mi cuello. Siento la gargantilla sobre mi piel y me estremezco.
Podrían asesinarme por llevar algo así, pero no me importa.
Me siento la mujer más afortunada del mundo, como una reina. Soy una reina.
—Lo tenía listo desde antes de salir de Londres, pero quería dártelo en un momento inesperado. Y creo que este él es momento perfecto.
Me miro al espejo y contemplo mi aspecto con el collar ahí, sobre mi piel. Pedro se coloca detrás de mí y me rodea la cintura. Dejo caer los rizos sobre mis hombros nuevamente y acaricio sus manos. Hacemos contacto visual en el espejo y nos sonreímos mutuamente.
—Gracias, Pedro.
—Te mereces esto y mucho más, mi preciosa Paula —me dice dulcemente, besando mi hombro derecho al descubierto.
Luego, mueve una de sus manos hacia otro bolsillo y toma su teléfono móvil. Enciende la cámara, y sé que tengo que sonreír para la siguiente mini sesión de fotos que sigue.
Ambos posamos de diferentes maneras unas tres o cuatro veces y luego nos besamos para la foto final. Nos tomamos de la mano y salimos en silencio por la puerta delantera para no despertar a Agatha que a las nueve de la noche, ya está profundamente dormida
CAPITULO 21 (SEGUNDA PARTE)
—¿Crees que alguien me oyó? —cuestiono luego de varios minutos de silencio.
Así es como me gusta estar. En sus brazos, desnuda y, oyendo los latidos de su corazón sin que nada ni nadie nos moleste. Es, simplemente, perfecto.
Pedro se ríe levemente y luego acaricia mi columna vertebral con su dedo índice.
—¿Y que si lo hicieron? —pregunta con desdén—. Eres mi esposa, soy el jefe, puedo hacer lo que quiera.
—Tienes razón —le respondo con una sonrisa cargada de alivio.
Es bueno que hayan oído, eso quiere decir que todos saben lo que Pedro y yo estuvimos haciendo aquí y, Karen también lo oyó. Acabo de marcar mi territorio por enésima vez. Eso me gusta, de hecho, estar en la oficina y fingir que tengo un trabajo se vuelve cada vez más interesante.
—¿Te hice daño? —cuestiona en un murmuro cargado de preocupación.
Puedo sentir que se avergüenza al preguntármelo y eso me genera demasiada ternura. Pedro, mi perfecto esposo, es especial. Puede actuar como todo un salvaje en un momento y luego comportarse como todo un niño inocente. Es increíble.
—No. No me has hecho daño, cariño —respondo, acariciando su cara—. De hecho, creo que eso ha sido lo más placentero y sexy que hemos hecho en todo nuestro matrimonio.
—Concuerdo contigo.
El intercomunicador suena e interrumpe otro de nuestros innumerables besos. Pedro presiona el botón y rápidamente oigo la voz de Karen al otro lado.
—Eh… Pedro… lamento molestarte, pero... —Se oye nerviosa, nerviosa porque sabe que está interrumpiendo y eso me gusta. No quiero ser malvada, pero todo tipo de mujer es mi enemiga natural—, es urgente que respondas a una nueva junta.
Pedro suelta un suspiro y luego me mira con ternura.
—No quiero dejarte sola —me dice, acariciando mi cabello sin siquiera preocuparse por responder a su secretaria, porque, al fin y al cabo, eso es lo que ella es. Soy mil veces más importante que una junta y eso me llena de orgullo.
Tengo el control de todo esto aquí.
—Ve, tienes cosas que hacer. Yo estaré bien aquí.
—¿Segura?
—Sí.
—Confírmalo, Karen. Estaré en sala de juntas en diez minutos.
Cuelga la llamada a través de intercomunicador y luego me mira fijamente.
—¿Qué harás en mi ausencia? —pregunta mientras que recoge todas mis prendas de ropa esparcidas por diferentes partes de su oficina.
—Pensaba ir de compras, recorrer la zona, ya sabes...
—No quiero que estés sola por ahí.
Me entrega mi vestido y mi sostén y me ayuda a vestirme.
Busco mi tanga por todo el suelo, pero no la encuentro. Miro hacia el escritorio y la veo a un lado de la lámpara de metal.
Me acerco para tomarla, pero Pedro es más rápido y la atrapa entre sus dedos con varios segundos de ventaja.
—¿Qué crees que haces?
—Esto —dice señalando mis bragas—, se quedará aquí, como un hermoso recordatorio de lo que sucedió —murmura con una mirada cargada de sensualidad. Me rio, no puedo evitarlo, no debe hablar enserio.
—Pedro… —digo a modo de advertencia, pero comprendo que lo dice enserio cuando noto que abre su caja fuerte y deja el delicado pedazo de tela dentro—. Está bien, cuando vaya de compras y suba por las escaleras, no podré hacer nada si alguien me ve sin ropa interior.
Se detiene en seco. Me mira unos segundos, da un par de pasos hacia la caja fuerte y me entrega mis bragas. Quiero morir de risa, pero sé que no debo hacerlo.
—No voy a arriesgarme.
—Me parece bien —Tomo la prenda, la coloco en su lugar y él se acerca para peinar mi cabello con sus dedos y besar mi frente reiteradas veces.
—Ya está, te ves hermosa —me dice con una sonrisa—. Ahora, asistiré a la junta, pero te acompañaré hasta el coche.
Tomo mi bolso y él sus demás pertenencia. Ambos cruzamos el umbral que divide su despacho de la imponente sala repleta de oficinistas, y me sonrojo por primera vez en mucho tiempo, cuando percibo que todos dejan de hacer lo que estaban haciendo para posar su mirada sobre mí. Veo sonrisas pícaras y miradas de complicidad, saben lo que hice con mi esposo minutos atrás, probablemente me oyeron gritar y gemir su nombre una y otra vez… No me importa que el mundo sepa que tengo sexo con mi marido, pero que todos me vean así me incomoda.
—¡No hay nada que ver aquí señores! —exclama Pedro mientras que cruzamos el lugar tomados de la mano—. ¡Continúen con su impecable trabajo!
Karen se acerca a nosotros rápidamente.
—Pedro, la junta —le recuerda la rubia insoportable, y no puedo evitar poner los ojos en blanco.
—Ahora no, Karen. Cancela la junta —ordena sin prestarle demasiada atención.
Estoy más que sorprendida.
¡Canceló su junta! ¡Por mí!
Entramos al ascensor y una risita involuntaria se me escapa provocando que Pedro frunza el ceño y me mire con curiosidad.
—Creí que tenías una junta importante —le digo.
—Tú eres más importante que cualquier junta.
Lo miro fijamente y me rio de nuevo. No puedo quitar de mi mente la cara de todos al vernos salir juntos de la oficina.
—Todos estaban viéndome. Apuesto a que me oyeron, Pedro —murmuro sintiendo que el rubor me invade de nuevo. Esto no es normal, demasiada vergüenza que no es usual en mí.
Cuando las puertas del ascensor se cierran, él se voltea en mi dirección para abrazarme.
—No tienes por qué preocuparte, cielo —susurra sobre mi oído. Muevo mis manos y acaricio su espalda.
—¿Qué te parece si llevamos a Agatha a la fiesta de la empresa? —sugiero cuando el silencio nos invade. Lo estaba pensando desde hace varias horas. No puedo creer que lo olvidara.
—¿Agatha? —pregunta extrañado. — ¿Por qué?
—No lo sé, ella me agrada y creo que sería descortés no invitarla. Sé que es una fiesta de empresarios, pero tu estarás ocupado la mayoría de la noche y sería injusto dejarla sola en esa casa cuando yo estaré aburriéndome hasta la muerte.
—No creo que sea una buena idea —responde mirando un punto fijo en la pared. Las puertas del ascensor se abren y Pedro rodea mi cintura para luego caminar por el vestíbulo hacia la salida.
—¿Por qué no es buena idea?
—Porque en esa fiesta hay personas que no quieren ver a Agatha ni en pintura.
—¿Qué?
Esto no tiene sentido. ¿De qué me estoy perdiendo, ahora?
A veces me gustaría ser más curiosa, pero como no se trata de mí, no necesito saber demasiado. Alguna explicación lógica tendrá, pero aun así quiero que nos acompañe. No pienso aburrirme esta noche.
—Nada, cariño —sisea rápidamente—. Solo olvídalo. No sucederá. Aunque te diga que sí, ella dirá que no.
—Pero… —intento protestar. Pedro se detiene en seco y toma mi mentón con delicadeza
—Te lo contaré luego ¿Sí? Pero, ahora, solo quiero almorzar y pasar tiempo contigo, ¿De acuerdo? —pregunta, clavando sus hermosos ojos en los míos.
—De acuerdo —respondo en un leve susurro.
Su sonrisa se amplía y sus labios besan los míos levemente.
—Bien. Ahora comeremos algo y luego te llevaré de compras si tú quieres.
—Claro que quiero. Necesito un vestido para la fiesta.
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