sábado, 30 de septiembre de 2017
CAPITULO 5 (TERCERA PARTE)
Pedro detiene el coche frente al albergue de niños, y al verme me enseña una gran sonrisa. Condujo más de dos horas para llegar a este lugar, pero quería que fuera especial.
Ya conozco los albergues en el centro de la ciudad y son muy diferentes a los que está en las zonas más precarias.
Estos niños de verdad lo necesitan. Viven en un pueblo alejado de la zona céntrica. No es necesario que explique nada.
Pedro debe imaginarse lo que tengo en mente. Sonrío mientras que observo el añejo edificio y suelto un gran suspiro. No sé qué es lo que veré o lo que sentiré, pero estoy realmente impaciente.
—Llamé esta mañana y les avisé que vendríamos —le digo a Pedro con una inmensa sonrisa.
Me siento diferente y quiero sentirme mucho más.
Pedro mueve su cabeza un par de veces sin saber que decir, pero puedo asegurar que la idea también le gusta. Él tiene un corazón mucho más humanitario que el mío y sé que esto le encantará. Disfrutaremos de esta experiencia.
—Hagámoslo, cielo —me dice acortado la distancia entre ambos.
Me besa en los labios castamente, luego acaricia mi cabello y cuando sonrío de nuevo, él se baja del coche, me abre la puerta y toma mi mano. Observamos el lugar por unos segundos y vemos como una mujer de unos cuarenta años sale del edificio luciendo un traje negro y una amplia sonrisa.
Baja las escaleras de la entrada con prisa y se acerca a nosotros.
—¿Ustedes debe ser los Alfonso? —pregunta si dejar de sonreír mientras que estira su mano en mi dirección—. Soy Joanna Smith, directora del orfanato.
—Paula Alfonso —afirmo de la misma manera—. Él es mi esposo, Pedro Alfonso —digo tomando la mano de Pedro.
Él da un paso al frente y con elegancia, estrecha la mano de la mujer, mientras que pronuncia su nombre con sumo orgullo.
—Esta es una verdadera sorpresa, jamás hemos recibido visitas en navidad. De verdad estoy muy agradecida.
Él corazón se me rompe por dentro, pero por fuera sonrío al saber que hoy voy a hacer la diferencia en la navidad de estos niños.
—Hemos traído algunas galletas y dulces para los niños —le digo señalando el coche. Pedro se mueve velozmente y abre el baúl, luego quita las dos cajas coloridas repletas de comida y la directora chilla de emoción.
—Oh, permítame ayudarlo, señor Alfonso —murmura rápidamente, tomando una de las cajas—. Estamos por servir el desayuno de los niños y creo que esto les encantará.
—Eso espero —digo comenzando a sentirme nerviosa.
Nunca he sido buena con los niños y temo no sentirme aceptada—. Quise preparar cupcakes y pastel, pero no tuve mucho tiempo —le digo con una mueca.
—Los mejores cupcakes y pasteles de todo Londres —agrega Pedro con una sonrisa en mi dirección cuando subimos las escaleras de la entrada—. Con cuidado, cariño —musita señalándome un escalón algo deteriorado.
Asiento con la cabeza y sigo subiendo. La directora Smith se voltea en mi dirección y al ver mi vientre suelta otro chillido.
—¡Oh, mi Dios! ¡Qué bonito! ¡Felicidades! —grita con una inmensa sonrisa. Está viendo mi vientre y su sonrisa se hace cada vez más amplia—. ¿De cuántas semanas, querida? —Quince semanas —le digo acariciando a mi pequeña.
Entramos al vestíbulo y dos chicas con camisetas blancas estampadas con manitos de colores y el logo del lugar nos reciben sonrientes. La directora les ordena que se lleven las cajas a la cocina y nos invita a pasar a su oficina que está casi pegada a la puerta.
—Tomen asiento —murmura señalando las dos sillas delante de su escritorio.
Es un lugar algo precario como todo lo demás, pero las fotografías de niños jugando y riendo invaden cada centímetro de las paredes y eso me hace creer que son felices aquí, pero que podrían serlo mucho más en un hogar.
En cierto modo me siento identificada, yo fui como ellos durante casi un año, hasta que papá se convirtió en mi ángel y me convirtió legalmente en Paula Chaves.
—¿Entonces, es una niña o un niño?
Pedro sonríe en su dirección y luego posa su mano sobre Pequeño Ángel.
—Es niña —responde con la sonrisa más amplia que he visto jamás—. De hecho es Kya Alfonso
—Aún no lo sabemos —aclaro rápidamente—. Lo sabremos la siguiente semana, pero estamos convencidos que es niña y por lo tanto es Kya Alfonso.
La directora nos mira a ambos un tanto sorprendida por nuestra seguridad y luego los tres reímos sonoramente.
—¿Qué es lo que los trae aquí? —pregunta luego de varios minutos de risa. Su pregunta suena dura, pero la sonrisa de su rostro logra calmar mis nervios. Es momento de que yo hable y explique todo esto.
—Bueno… —balbuceo, porque francamente no sé cómo comenzar—. Yo soy adoptada —digo con la cabeza gacha.
Pedro estira su brazo rápidamente hacia mí y acaricia mi mano con su pulgar, está intentando darme fuerzas para hacer todo esto y se lo agradezco con una leve sonrisa—. Mi madre murió cuando tenía cinco años y no hubo rastros de mi padre. Me adoptaron y… Solo quiero que alguien más sea feliz y sobre todo en una fecha tan especial como la navidad...
—Comprendo, señora Alfonso —me dice sonriente—. Aquí tenemos albergados a cien niños, son cuarenta niños y sesenta niñas que van desde los dos a los trece años, hay más de cuatro voluntarias y contamos con un comedor, biblioteca, doce habitaciones y un parque.
Nos ponemos de pie y ella nos dirige por el orfanato y nos enseña los lugares de los niños. Todos esos pequeños viven en este lugar y aunque se siente como un hogar no dejo de sentirme mal por dentro.
Entramos a una inmensa biblioteca repleta de libros, televisión y algunos juegos de mesa. Sonrío al ver una pared llena de dibujos con crayones y lápices de todos los colores.
Solo veo soles amarillos, nubes azules y sonrisas. Es simplemente hermoso. Es como un inmenso mural repleto de perfectos dibujos de pequeños artistas.
—Hermoso —digo contemplando la pared de la biblioteca.
Pedro sigue viendo los dibujos embelesado y toma mi mano muy fuerte.
—Es simplemente hermoso —dice acercándome a su cuerpo—. Deben ser niños preciosos, ¿Le importaría si le tomo una foto a todo esto, directora Smith? —pregunta sacando su celular del bolsillo de su pantalón.
—No, claro que no —dice con una sonrisa—. También tengo fotografías de esa pared. Son dibujos realmente hermosos.
Todos ellos adoran dibujar.
Pedro apunta su teléfono en dirección a los dibujos y luego le toma un montón de fotografías. Sonríe cada vez que oprime la pantalla y cuando parece tener suficientes, lo guarda de nuevo en su bolsillo. Seguimos recorriendo el lugar.
Subimos a la planta alta y vemos las habitaciones de los niños. En un largo pasillo con diez puertas blancas. Al ver el interior de las habitaciones sonrío. Las paredes son de color cielo, hay más de seis camas en cada habitación y veo más dibujos colgados sobre todas partes. Parecen estar bien aquí, eso me deja tranquila. Luego vamos al pabellón de niñas y vemos el mismo pasillo largo, pero aún no he visto a ningún niño. Los interiores de las habitaciones son de color rosa al igual que los cobertores de las camas y en cada cabezal están escritos los nombres de cada niña con pinturas de colores. Es sumamente pintoresco y divertido.
Vemos el jardín con diversos juegos de parque y luego regresamos por el pasillo para bajar las escaleras. A lo lejos oigo gritos y sé que estamos cerca.
—¿Están listos para conocerlos? —pregunta la directora, deteniéndose frente a dos puertas blancas.
Pedro sonríe, yo sonrío. Claro que lo estamos.
—Por supuesto —respondemos al unísono.
La directora abre las puertas del comedor y veo a cientos de niños corriendo, riendo y gritando de un lugar al otro. Me quedo simplemente anonadada. Jamás había visto a tantos en toda mi vida.
—Oh, mi Dios… —digo con un hilo de voz—. Son muchos niños.
Pedro aprieta mi mano aún más fuerte y luego me anima a entrar al inmenso comedor. Los niños corren y gritan, y nadie parece querer quedarse en su debido lugar. Sonrío y los observo a todos ellos, me imaginaba todo el ruido y alboroto, pero no creí que fuera así, de esta manera.
—¡Niños! —exclama la directora elevando su tono de voz mientras que da un par de aplausos para que el ruido cese.
Los niños se callan poco a poco y comienzo a notar como muchos de pares de ojos me observan a mí y a Pedro—. ¡Saludemos a Paula y a Pedro! —dice, señalándonos a ambos. Aún no nos hemos movido del marco de la puerta y no sé si quiero hacerlo. Estoy más nerviosa que nunca.
—¡Hola Paula y Pedro! —exclaman todos al unísono, haciendo que las paredes tiemblen por el poder de todas esas voces juntas.
Pedro suelta una risita cargada de nerviosismo y luego yo muevo mi mano para saludar a todos ellos. Me siento extraña, comienzo a temblar. Se supone que puedo controlarlo, pero en realidad no lo hago.
—¡Hola, niños! —exclamo con una voz extremadamente chillona.
La directora se ríe y luego le pide a los niños que saluden como es debido. No sé qué eso significa hasta que veo una inmensa manada de niños que corre en mi dirección, y me abrazan con todas sus fuerzas.
Siento miles de brazos rodeando mi cintura y me río por causa de la sorpresa.
A Pedro una inmensa docena de niñas le hacen lo mismo y al encontrarnos con la mirada veo reflejada la misma sorpresa y diversión que yo siento en un momento como este.
Me relajo y comienzo a repartir abrazos y besos al igual que Pedro. Todos son realmente cariñosos y pequeños. Sus sonrisas hacen que me sienta bien, que me sienta feliz.
Saludo a cada uno de ellos mientras que me pongo de cuclillas. Todos me dan un beso y un abrazo de bienvenida, yo pregunto sus nombres y sonrío cuando ellos responden.
¡Son adorables y son muchos!
—¡Hola! —exclamo cuando una niña pequeña se acerca y me rodea con los brazos—, ¿Cómo te llamas? —pregunto acariciando su cabello.
—Isabella —dice con una sonrisita.
Veo que le falta un diente y creo que debe de tener unos seis años de edad.
—¡Isabella, que bonito nombre tienes!—exclamo y ella se ríe. Luego sigo con los saludos y cuando sé qué ya no quedan más niños, Pedro toma mi mano y nos acercamos a la directora.
—¿Ya han desayunado? —pregunta mi esposo en un susurro.
—Aún no —dice sin dejar de sonreír en dirección a los pequeños—. Creo que sería buena idea que repartamos lo que trajeron para ellos y sería muy bonito si ustedes lo hacen. ¿Qué les parece?
—Me parece perfecto —respondo rápidamente.
Las dos asistentes que nos recibieron anteriormente traen las cajas repletas de dulces y galletas. Otra de las asistentes que aún no había visto comienzan a llenar las tazas de colores de todos los niños con chocolate caliente, y ellos aplauden felices.
Es increíble pensar que estos niños con tan poco pueden sonreír de la manera que lo hacen… Fui una mierda de persona toda mi vida y quiero remediar eso.
Comenzamos a repartir todo lo que hay en las cajas y Pedro y yo dejamos que los niños escojan lo que quieren comer. Algunos toman las galletas, otros los caramelos y, definitivamente, todos se pelean por las barras de chocolate.
Todos parecen realmente felices y a medida que voy cruzando el amplio comedor, recibo todo tipo de sonrisas y muchos abrazos de agradecimiento.
—¿Tú qué quieres, pequeño? —pregunto cuando llego a la última pequeña mesita del fondo. Un hermoso niño de cabello castaño y ojos color miel me mira fijamente y no responde—. ¿Quieres galletas? —cuestiono de nuevo enseñándole un paquete de galletas con chistas que a cualquier niño en la tierra le encantaría.
Él no habla, solo niega rápidamente con la cabeza y pierde su mirada en algún punto de la habitación.
Terminamos de repartir todo lo que había en las cajas.
Pedro, la directora y yo nos paramos a un lado de la habitación y observamos fascinados lo bien que disfrutan de su desayuno, lo mucho que sonríen y lo fuerte que gritan de emoción.
Pedro sonríe y rodea mi cintura con sus brazos, luego acerca sus labios y besa mi pelo.
—Estoy muy orgulloso de ti, preciosa Paula.
Sonrío y dejo descansar mi cabeza en su hombro, mientras que él acaricia mi vientre una y otra vez. Detengo mi mirada en el niño de minutos atrás y miles de preguntas se cruzan en mi cabeza.
—¿Qué hay de aquel niño? —pregunto señalando con mi dedo en dirección al pequeño que no come ni galletas ni dulces. La directora Smith niega levemente con la cabeza y suelta un leve suspiro.
—Es nuevo —dice con un hilo de voz—. Ha llegado hace apenas dos semanas. Vivía con su abuela y lamentablemente falleció. Es muy callado, no habla con los demás, no juega, de hecho ni siquiera come como es debido.
—¿No tiene a nadie? —pregunto sintiendo como el corazón se me rompe en pedazos por ese niño.
—A nadie. Su abuela era la única —dice apenada—. Por lo que hemos averiguado su madre está muerta y su padre no es una persona de bien… Ya sabe.
No necesito seguir oyendo más. Tomo la mano de Pedro fuertemente y mis pies se mueven por cuenta propia en dirección a ese pequeño. Lo miro una y otra vez y las palabras no salen de mi boca. Cuando llego delante de él me inclino para estar a su altura y lo miro directo a los ojos.
—Hola —susurro sonriendo. Él parece algo distante, pero mueve su mano en mi dirección a modo de saludo. Luego mira a Pedro y sonríe. Es la sonrisa más hermosa que he visto en toda mi vida—. ¿Cómo te llamas? —pregunto sonando dulce.
Estiro mi mano para acariciar su cabello y dudo en hacerlo, pero él no se opone. Lo acaricio y otra sonrisa se forma en su rostro.
—Ale —responde con el tono de voz apenas audible. El solo hecho de que haya respondido me hace sonreír aún más.
—Ale… —digo muerta de felicidad. Es el niño más hermoso que he visto en toda mi vida, puedo asegurarlo—. ¿Sabes una cosa? —pregunto acariciando su cabello otra vez—. Él también se llama Ale —digo señalando a Pedro que sonríe y se ve realmente enternecido con la escena.
El niño parece sorprendido y mira a Pedro que está de cuclillas a mi lado.
—¿Tú te llamas Ale? —pregunta con esa voz que suena frágil y hermosa. Pedro sonríe y estira su brazo para acariciarlo también y él se deja sin protestar.
—Sí, mi segundo nombre es Ale —le dice con esa sonrisa que es capaz de enamorar a cualquiera—. ¿No crees que Ale es el nombre más genial del mundo? —pregunta hacia el niño que asiente con la cabeza y sonríe.
—¿Cuántos años tienes, Ale? —pregunto sin apartar mis ojos de él.
Él mira su pequeña manito y luego me enseña cuatro dedos de su mano izquierda.
Pedro y yo sonreímos y debo de luchar con todas mis fuerzas para no llorar. Me siento realmente feliz y al mismo tiempo triste. Los tres permanecemos en silencio mientras que nos observamos.
El niño mira a Pedro y luego a mí. Se pone de pie y sigue observándome. No me muevo, no pienso hacerlo, no puedo apartar mi mirada de esos pequeños ojitos dulces y tristes.
—Eres bonita… —murmura estirando su manito en mi dirección.
Pedro y yo sonreímos, mientras que él acaricia con sus deditos mi mejilla, luego mi mentón y mis cejas con suma delicadeza. Está examinándome por completo.
Ale toma un mechón de mi cabello entre su dedo pulgar y el índice y acaricia el rizo una y otra vez marcando las curvas y soltándolo en las puntas. Es un acto simplemente tierno que hace que mis ojos se llenen de lágrimas.
—Tu cabello es bonito… —dice sin apartar sus ojos de él.
Quiero detenerme, pero no puedo hacerlo y dejo que dos lágrimas se escapen de mis ojos. Ale mueve sus manitos hacia mis mejillas y la seca rápidamente, pero con toda delicadeza.
—¿Él es tu media fruta? —pregunta señalando a Pedro. Frunzo el ceño e intento comprender a que se refiere, y cuando lo entiendo río sonoramente—. Sí, él es mi media fruta —respondo interpretando que quiere decir media naranja o algo así.
—¿Y tendrás un bebé? —pregunta señalando mi vientre.
Este niño es realmente especial, logró apoderarse de mi corazón en unos pocos minutos. Me siento extraña, pero en un buen sentido. No sé qué decir y Pedro tampoco. Sé que él está sintiendo lo mismo que yo.
—Tendré un bebé —le digo señalando mi vientre.
Él se acerca un poco más y extiende su manito hasta acariciar a Kya. Veo otra sonrisita en su rostro y siento como mi corazón se derrite en mi interior. Hay cientos de mariposas en mi estómago y son mucho más fuertes que las que generalmente son liberadas cuando veo o beso a Pedro.
—Tus zapatos hacen ruido cuando caminas —me dice señalando mis pies—. Y tú eres muy alto —murmura en dirección a Pedro.
Los dos sonreímos y luego la voz de la directora interrumpe las risas. Antes de que ella abra la puerta para que vuelva a ver a los niños, Pedro nos detiene y saca un papel del bolsillo de su camisa.
—Esto es para los niños —le dice entregándole un cheque.
La directora parece dudar antes de tomarlo. Se lo quito de las manos a mi esposo y lo coloco en las suyas.
—Es para los niños —digo nuevamente—. Queremos ayudar, queremos que nada les haga falta. Regresaremos en año nuevo con juguetes y lo que sea necesario, pero esto es para cubrir gastos. Sabemos que lo necesitan.
CAPITULO 4 (TERCERA PARTE)
Es navidad. La mañana más feliz de todo el año entero.
Pedro está a mi lado en la cama. Aún duerme, pero no quiero despertarlo. Me gusta observarlo. Se ve tranquilo, pacifico... Logra llenarme de paz, y a Pequeño Ángel también. Observo la habitación, estiro la mano hacia la mesita de noche y tomo el vestidito color rosa que es un poco más grande que la palma de mi mano, y lo coloco encima de mi vientre. Fue uno de los obsequios de papá.
Acaricio a mi pequeña y sonrío una y otra vez.
—Buenos días, Pequeño Ángel —digo en un leve murmuro.
Pedro estira su mano y la posa con delicadeza sobre mi vientre. Me volteo en su dirección y veo como está despertando.
—Buenos días —dice en medio de un bostezo—. Buenos días, pequeña.
—Buenos días —respondo acercándome para besar sus labios.
Es navidad, es época de celebrar, de ser buenos, y yo realmente me siento muy motivada a hacerlo. Todo lo que tengo pensado hacer para el día de hoy será perfecto.
Necesito sentirme bien, necesito limpiar mi alma de todas esas manchas de vanidad, egoísmo y crueldad que he tenido en los últimos años. Quiero sentirme como una Paula completamente nueva.
—¿En qué piensas? —pregunta mientras que se acuesta de lado y acaricia algunos mechones ondulados de mi cabello.
Sonrió ampliamente e intento decirle entre pensamientos la idea que surca por mi cabeza—. ¿Qué?
La sonrisa de mi rostro se vuelve más amplia. Sí, es la idea perfecta. Así es como quiero festejar navidad este año.
—Vístete de inmediato. ¡No tenemos mucho tiempo! —exclamo dando un salto de la cama. Corro hacia mi armario emocionada y luego busco algo que ponerme. Hoy nada de vestidos elegantes, quiero sentirme diferente.
—¿Paula, que sucede?—pregunta de pie en el umbral.
Me río levemente, tomo un pantalón negro tiro alto que se adapta perfectamente a Pequeño Ángel y que no nos hará sentir incómodas a ninguna de las dos. No usaré vestido, pero si quiero verme elegante. Luego, escojo una blusa de seda con tirantes color blanca y un bléiser. Pedro me observa en silencio. Peino mi cabello y dejo que las ondas caigan alrededor de los hombros. Me visto y al verme sonrió.
Me veo simplemente perfecta. Tomo un bolso color rojo y luego comienzo a pasar mis cosas de un lugar al otro.
—¡Vístete! ¡No tenemos mucho tiempo!—grito desesperada.
Son las siete de la mañana y tenemos mucho tiempo, pero el tiempo es oro y necesito aprovecharlo. Pedro sonríe, luego corre en dirección al baño y oigo como el agua de la ducha comienza a correr. Termino de prepararme y luego bajo las escaleras con sumo cuidado. Llevo tacones, pero no pienso quitármelos ahora. Estoy demasiado emocionada como para regresar a la habitación para cambiarme. Entro a la cocina y veo a Agatha sentada sobre la mesada viendo las noticias.
Ella no percibe mi presencia, me acerco a ella y me quedo horrorizada al ver que está llorando. No sé qué hacer, no sé qué decir. La sonrisa que tenía en el rostro se borra de inmediato.
Elevo mi mano y la coloco en su hombro.
—Agatha —digo en un leve murmuro. Me siento realmente incomoda—. ¿Todo está bien?
Ella se voltea en mi dirección y al verme da un brinco desde su lugar, se pone de pie y limpia sus mejillas. Se ve realmente desconcertada.
—Paula, descuida, estoy muy bien —dice con una sonrisa que no logra convencerme—. Mira qué bonita te ves, ¿quieres el desayuno? ¿Tienes algún antojo, tesoro?
Niego con la cabeza levemente y me muevo para colocarme delante de ella, que intenta esquivarme de todas las formas posibles.
—¿Agatha, que sucede? —pregunto con el ceño fruncido.
Nunca pensé que una mujer tan feliz, tan alegre y tan soñadora como ella pudiese estar de tal manera y menos en una fecha tan especial como la navidad. Bueno, tal vez si sea eso, pero no logro entenderlo de todas formas.
—Paula —dice con la voz quebrada por completo—, solo estoy algo sentimental por la fecha, es solo eso, nada me sucede, de verdad —asegura perdiendo la paciencia. Sé que no debo estar molestándola, pero solo quiero saber que sucede.
—¿Estás segura? —pregunto en un vago intento por darle una oportunidad para que se desahogue—. Sabes que puedes contarme lo que sea.
Ella sonríe a medias y luego mueve sus manos en dirección a su cabello. Lo revuelve de un lado al otro y forma un perfecto moño en el.
—¿Quieres desayunar, tesoro?
—No —respondo levemente dándome por vencida. Ella no me lo dirá y yo no podré hacer nada al respecto. Tal vez, Pedro pueda interferir luego. Me desconcierta verla así, miles de interrogantes se forman en mi cabeza y ninguno tiene respuesta—. De hecho, solo quiero que me ayudes a empacar algunas cosas —le digo dirigiéndome a la inmensa alacena repleta de todo tipo de cosas en caso de que tenga algún antojo extraño.
—¿A qué te refieres? —pregunta con el ceño fruncido.
Sonrío ampliamente y le pido que busque algunas de las cajas de cartón que están en algún lado de la casa, ahí estaba toda mi ropa cuando Pedro decidió mudarnos, así que deben de estar por algún lugar. Ella regresa luego de unos minutos con dos cajas de cartón de tamaño grande y las coloca sobre la mesada.
—Son perfectas —digo, viéndolas con detenimiento.
—¿Qué se supone que quieres hacer?
—¿Has arrojado a la basura todos los envoltorios de los regalos de navidad? —pregunto, rogando interiormente que me diga que no. Es navidad, no encontraré ninguna tienda abierta a estas horas de la mañana y no tengo tiempo. Todo tiene que salir más que perfecto.
—Guardé todos los envoltorios, eran muy lindos, ¡No podía tirarlos!
Suelto un leve suspiro y me rio, luego me acerco hacia los cajones bajo mesada para buscar cinta adhesiva. Sé que debe de estar por algún lugar. Lo vi el otro día.
—Tráelos y ayúdame a decorar todas estas cajas. Ella se mueve con rapidez por el pasillo y regresa con una gran pila de papeles de colores de todos los tamaños y formas.
Escojo lo más grandes y ella me ayuda a decorar las cajas de cartón para que se vean bien. Es fácil y sencillo. Me muevo con destreza como si hubiese hecho esto miles de veces en mi vida, aunque tengo que reconocer que es la primera vez que lo hago. Sé qué la idea le encantará, sé qué seremos mucho más felices de lo que ya lo somos, sé que esto logrará hacerme sentir mucho mejor. Quiero cambiar por completo y no me detendré hasta conseguirlo.
—¡Buenos días!— exclama Pedro entrando a la cocina.
Sonrío al verlo, pero no detengo lo que estoy haciendo. Se ve simplemente perfecto. Luce una camisa color azul cielo y los pantalones negros que suele usar siempre, que simplemente me encantan.
Él se acerca, le da un beso en la mejilla a su nana, y luego, al verme, acorta la distancia entre ambos, me rodea la cintura con los brazos y me besa apasionadamente. Suelto una risita al oír como Agatha tose detrás de nosotros y sigo decorando la caja.
—¿Qué es todo esto? —pregunta viendo el desastre de encima de la mesada.
—Quería hacer cupcakes y pastel, pero no tenemos tiempo y tampoco ingredientes suficientes —le digo como si esa respuesta lo explicara todo, pero es el efecto contrario porque él frunce el ceño y luego rasca la parte superior de su cabeza como si intentara comprender—. ¿Confías en mí? —pregunto acercándome para besarlo.
—Ciegamente —responde colocando sus dedos sobre mi mejilla.
—Entonces deja de hacer preguntas y ayúdame con todo esto.
Recibo una amplia sonrisa como respuesta. Pongo un poco de música en la televisión y le voy dando indicaciones a Pedro y Agatha. Cuando acabamos de decorar todas las cajas logrando que se vean realmente coloridas, regreso a la inmensa alacena y tomo todos los paquetes de galletas del interior, luego empiezo a colocarlos dentro de las cajas.
Agatha frunce el ceño al igual que Pedro, pero me ayudan.
Bolsas de caramelos, chocolates de todo tipo, barras de cereales, más chocolate, cientos y cientos de tipos de galletas y bizcochos. Absolutamente todo.
—¡No necesitamos de todo esto! —exclamo, tomando algunos pocos envoltorios de comida del interior—. ¡Que no quede absolutamente nada! ¡Todo a las cajas! Y si lo necesitamos podemos comprar más. Ahora toda esta comida tiene un lugar mucho más especial.
Cuando acabamos de acomodar todo, doy un pequeño saltito cargado de la emoción. Le ordeno a Pedro que lleve todo al coche y él lo hace con la ayuda de Agatha sin protestar. Eso me deja un momento a solas, sé qué demorarán y aprovecho para hacer esa llamada y avisar sobre nuestra llegada de sorpresa.
Soy bien atendida y eso me llena de ilusión. Sé que será perfecto. Cuelgo la llamada, luego tomo mi bolso y me digno a esperar a que regresen. El tiempo juega a mi favor y sé que llegaremos justo a tiempo. El timbre suena y sonrío porque puedo apostar todos mis diamantes a que los dos se han olvidado de las llaves. Subo las escaleras y si, sé qué definitivamente olvidaron las llaves al verlas sobre la mesita de la entrada.
Abro la puerta rápidamente y al ver a esa mujer mi corazón se congela de inmediato.
¿Qué hace aquí? ¿De nuevo ella? ¿Aquí en mi casa?
Me quedo sin habla por varios segundos, mis ojos se abren de par en par, estoy completamente horrorizada. Esto no es lo que me esperaba. Podía imaginarme a cualquier persona, incluso a mi madre, pero nunca a ella.
—¿Qué estás haciendo tu aquí? —pregunto intentando no sonar sorprendida, pero no lo logro—. ¿Por qué estás en mi casa?
Siento como mi estómago se revuelve y un frío estremecedor invade mi pecho. No sé qué hacer, no puedo reaccionar.
Se suponía que ya nada amenazaría la perfección de mi vida, pero ella está aquí, parada delante de mí con la mirada cargada de un brillo extraño y se ve realmente terrible.
Mucho peor de lo que recordaba.
—Yo...
—¡Samantha! —grita Pedro desde el pasillo—. ¡Mierda, maldición!
Veo como él corre y Agatha también, que se ve más que horrorizada. Pedro se acerca hecho toda una furia y la toma del brazo con fuerza, provocando que ella jadee y cierre los ojos.
Veo una lágrima escapar de ellos y siento como el desconcierto me invade por completo.
—¿Qué mierda haces aquí? —grita jaloneándola de una lado al otro.
Parece fuera de control. Sé lo que se siente estar en su lugar y no quiero que Pedro le haga daño. Sea quien demonios sea que es, pero no lo vale. Reacciono, me muevo rápidamente y tomo el brazo de Pedro y le suplico en silencio que no haga nada estúpido.
—Pedro, suéltala. Vas a lastimarla y las cosas se complicarán —le digo en un leve murmuro. Intento sonar dulce, quiero que me oiga solo a mí y que piense bien lo que hace—. Pedro, suéltala.
Él la mira durante unos segundos con todo el odio que puede ser capaz, luego suelta su brazo bruscamente y se acerca. Me rodea de manera protectora y besa mi pelo.
—¿Estás bien, cielo? —pregunta mirándome fijamente—. ¿Te hizo algo?
Niego con la cabeza sin poder decir absolutamente nada.
Estoy bien, no me ha hecho daño, lo único que ha logrado hacer es desconcertarme por completo. Samantha se voltea en dirección a Agatha que la observa con lástima. Ella intenta acercarse, pero Agatha se aleja dando un paso hacia atrás. Veo la situación y sigo con millones de preguntas en mi cabeza.
—Vete de aquí, Samantha —le dice secamente.
Sus ojos brillan y puedo ver como ella también está llorando.
Es la situación más confusa de toda mi vida.
—Mamá... —dice ella en un leve murmuro, largándose a llorar de nuevo.
Mi boca se abre lentamente y lo único que puedo hacer es mirar en dirección a Pedro.
No puede ser verdad, esta debe ser una broma de navidad, un sueño, algo, pero no lo que yo creo que es. Es simplemente ridículo… “Pedro y las niñas, me volvían loca”
—Mamá, por favor, escúchame —implora ella sorbiendo su nariz. Se ve devastada y por un segundo logro sentir lástima.
Esa mujer que alguna vez se sintió la reina del universo por pisotearme, ahora se ve mucho peor de lo que yo podría imaginar.
—Vámonos —dice Pedro tomando mi mano con firmeza.
Él entra al apartamento, abre el armario y toma un abrigo para él y otro para mí. No sé qué decir. Solo muevo mis pies para no caerme al suelo y lo sigo por los pasillos hasta el ascensor. Me detengo en seco y me suelto de su brazo. Aquí hay algo que todavía no termina de cerrar y me siento realmente abrumada.
—¿Ella es hija de Agatha? —pregunto con los ojos abiertos de par en par. No oí mal. Pedro me mira en completo silencio durante unos segundos y no necesito más—. ¡Sí! ¡Ella es hija de Agatha! ¡Has estado ocultándomelo todo este tiempo! —grito presa de la desesperación y la decepción que me invade.
Agatha, esa persona que consideraba maternal y dulce, resultó tener toda una vida oculta y lo peor de todo, es que se involucra con esa mujer, la mujer que intentó destruirme y destruir todo lo que Pedro y yo habíamos construido en tan poco tiempo—. ¿Cómo pudieron mentirme así?
—Paula, escúchame por favor… —me pide intentando recobrar la calma—. Escúchame, deja que te lo explique, no tomes decisiones precipitadas sin saber que sucedió realmente —me pide colocando una de sus manos en mi mejilla.
La acaricia levemente y luego me mira con esos ojos infestados de miedo, como esa vez en la que le entregué el anillo de boda y de compromiso.
—Me lo ocultaron… —digo al borde del llanto. Me duele, de verdad me duele que no me lo hayan dicho. Es simplemente ridículo.
—Te perdí una vez por no atreverme a hablar y no voy a hacerlo de nuevo —asegura moviendo su cuerpo junto al mío, mientras que una de sus manos rodea mi cintura y la otra toma con firmeza mi cuello.
Va a besarme y no podré resistirme.
—Quiero toda la verdad —murmuro evitando su mirada—. Quiero saberlo todo, ya no soporto tener que pensar que tienes todo un gran pasado que no quieres decirme, Pedro. Es estresante pensar que alguien aparecerá para estropearlo todo. Quiero confiar en ti, pero si tú no confías en mi…
—Confío en ti ciegamente, ya te lo he dicho —sisea, acercando su boca a la mía—. Te lo diré, te lo diré todo aquí y ahora, pero tienes que prometer que serás comprensiva.
Asiento levemente con la cabeza y permito que una sus labios a los míos. Soy completamente débil cuando se trata de sus besos. Tengo que entenderlo, al menos debo intentarlo. Pedro suelta un suspiro y luego sigue caminando por los pasillos del complejo de apartamentos.
Bajamos unas escaleras con sumo cuidado y salimos al parque, exclusivo para los que habitan en el inmenso edificio como nosotros. Hay algunos rayos de sol que abren su propio paso entre las nubes grises y, como me lo imaginé, nadie está por los alrededores.
El día es extremadamente frío, como suele serlo cada navidad, Pedro se mueve inquieto cuando la ola de baja temperatura logra traspasar la fina tela de su camisa.
Toma su abrigo y se lo coloca rápidamente, luego me coloca el mío con suma dulzura y caminamos tomados de la mano entre los pocos copos de nieve que caen sobre el suelo.
Nos sentamos en una banca de madera, rodeados por algunos arbustos secos. Pedro suelta otro suspiro mientras que yo espero impaciente a que empiece a explicarme todo lo que sucede. Quiero saber cada detalle.
—No sé cómo empezar —confiesa negando levemente con la cabeza.
—¿Qué te parece si hago las preguntas y tú las respondes?
Él asiente levemente con la cabeza y una leve sonrisa se forma en su rostro.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunto.
Es la primera de muchas, es la que más me importa la respuesta porque es la que me involucra en todo esto.
—No podía decírtelo, Paula —asegura—. Esa es la historia de Agatha, no podía decírtelo.
Intento protestar, pero sé que tiene razón. En esa historia no estoy incluida, pero simplemente no puedo evitarlo, me molesta que me oculte cosas.
—Cuando asistimos a esa fiesta en Múnich te pregunté si podíamos invitar a Agatha y me dijiste que había una persona que no quería verla ¿Te referías a Samantha? ¿Ella estaba invitada a aquella fiesta?
Pedro pasa ambas manos por su cara y luego suelta otro suspiro. Me está sacando de quicio tanto misterio.
—Agatha tiene dos hijas, Paula —dice mirando un punto fijo en el suelo—. Samantha y Karen son hijas de Agatha. Es por eso que las conozco, es por eso que en cierta forma son parte de mi vida. Ellas crecieron conmigo y con mis hermanas y…
—¿Qué estás diciendo? ¿Quieres decir que la rubia chillona de Múnich también es…?
—Así es.
—¿Ella no quería ver a Agatha en aquella fiesta? ¿Por qué?
¿Pero, cómo no pude notarlo? ¡Es ridículo! Comienzo a
perder el control. Todo parece cuadrar a la perfección. Las piezas del rompe cabezas estaban ordenadas delante de mis ojos y no fui capaz de notarlo. ¡Qué tonta!
—Entonces quiere decir que Karen y tu eran algo así como… Y que Agatha era…
—Sí, Paula.
—¡Agatha y Karen sabían de tu romance con esa mujer, pero tu familia no lo sabía porque tu creías que no les gustaría! ¡Claro! ¡Estabas por casarte con la hija de la criada! ¿Verdad? ¿Tu madre y toda su forma de ser elitista provocó que lo ocultaras? ¿Por eso ocultaste tu noviazgo con ella? —Todo lo que digo suena como pregunta y al mismo tiempo como afirmación.
Claro, ya lo tengo. Acabo de atar todos los cabos sueltos de esta historia. Todo parece encajar a la perfección.
—Paula... —balbucea intentando darme una explicación, pero ya no la necesito, puedo imaginarme todo lo que me dirá—. Crecimos juntos, fuimos como hermanos durante mucho tiempo, estudiamos juntos… Es por eso que ellas trabajan en la empresa. Karen y yo somos amigos y Samantha es... Samantha ya no es nadie importante en mi vida.
—Ésta mañana descubrí a Agatha en la cocina y estaba llorando, ¿todo ese llanto se relaciona con sus hijas?
Pedro hace una mueca, luego estira su brazo y acaricia mi cabello.
—Agatha no se lleva bien con ninguna de ellas —me dice en un leve murmuro—. No sé por qué, no sé cómo, eso no puedo responderlo porque de verdad no lo sé, preciosa, pero si hablas con ella, tal vez, te sientas más tranquila.
Sí, claro que hablaré con ella, le preguntaré todo lo que quiero saber, pero esto aún no me resulta suficiente. Tengo muchas más preguntas que hacerle.
—¿Por qué terminaste con esa mujer un mes antes de la boda?
Esa es la pregunta del millón y me resuelta realmente estúpido no haberlo preguntado entes. Sé que estoy removiendo muchos recuerdos, pero necesito sentirme tranquila. Cuando regresé con él supe que esta historia no había terminado y estoy dispuesta a ponerle fin a toda esta ridiculez. No soportaré a ex novias ni nada de esas idioteces.
Soy yo, soy la única en su vida, nadie más debe preocuparme. Es lo justo.
—¿Por qué? —pregunto nuevamente al ver que su silencio invade el lugar en el que estamos. Quiero saberlo, merezco saberlo. Tiene que decirlo—. Puedes confiar en mí, Pedro. Quiero conocerte por completo y no lo lograré si no me dices lo que sucedió realmente.
—Me engañó, Paula —espeta secamente, como si se sintiera realmente molesto—. Me engañó, me traicionó, se acostó con no sé cuántos tipos cuando me fui de viaje, me uso, se aprovechó de mí. Le di absolutamente todo, la quise como no tienes idea, hice lo imposible por hacerla feliz, pero nunca fue suficiente…
Me quedo sin aliento al oírlo. Se me rompe el corazón y me siento como una maldita zorra. Yo también fui en un principio como ella. Yo también me comporté en un principio como ella, yo también lo obtuve todo y nunca nada fue suficiente.
De solo pensar en que si él y yo no nos hubiésemos enamorado de verdad, tal vez, yo hubiese terminado cometiendo esa misma estupidez... Mis ojos se llenan de lágrimas.
Ya no quiero oír más nada. Fue suficiente. Él está abatido y yo me siento realmente culpable, soy una completa idiota.
No debí… Oh, mierda.
—Lo lamento —digo llorando. Me lanzo a sus brazos y hundo mi cara en su pecho, dejando que sus fuertes brazos me rodeen por completo—. Lo lamento, ya no quiero saber más, no quiero… Solo te quiero a ti, mierda, lo siento —digo con la voz entrecortada entre un sollozo y otro.
Pedro sonríe y luego besa mi pelo. Sé qué no quería recordar todo eso y ahora me siento malditamente culpable—. Lo siento —digo en un leve murmuro, mientras que tomo su cara con ambas manos—, lo siento.
—Te amo —responde con una amplia sonrisa—. Te amo.
—También yo.
—Tú no eres como ella, Paula. Jamás lo serás. —asegura como si pudiese leer mis pensamientos—. Ella fue mi error, y tú eres lo más hermoso que me ha pasado en la vida. No, en realidad, tú eres mi vida, Paula.
Es imposible contener el llanto cuando oigo que me dice esas hermosas palabras.
Sonrío, seco mis mejillas y uno mis labios a los suyos. Todo está bien, ya sé todo lo que tengo que saber, ya no necesito más de todo esto.
—No arruinemos nuestra navidad por esto, preciosa —me pide en un leve murmuro—. Hagamos todo lo que tú tenías deseos de hacer y olvidemos todo esto. Cuando regresemos podremos hablar con Agatha, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —respondo con una sonrisa.
Pedro me besa castamente en los labios, luego se pone de pie, toma mi mano y salimos disparados de camino a la cochera. Estoy ansiosa. Sé que todo saldrá perfectamente bien. Muero por ver esas sonrisas, muero por hacer que alguien más se sienta mejor.
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