jueves, 28 de septiembre de 2017

CAPITULO 59 (SEGUNDA PARTE)




Pedro se detiene frente a un gran y elegante edificio de ladrillos, ubicado al norte de Kensington a unos quince minutos de la casa de mis padres. El vecindario se ve completamente lujoso y el edificio que estoy viendo sobrepasa lo normal. En la entrada hay una caseta de ingreso que combina con la imponente construcción, Pedro teclea un código sobre el portero electrónico del buzón y las impresionantes rejas negras y altas se abren para dar paso al coche que se desliza hasta la puerta de entrada del edificio.


—¿Cenaremos aquí? —pregunto con el ceño fruncido.


—¿Tienes hambre? —cuestiona, mirándome con esa pícara y divertida sonrisa que a veces hace que me enfade un poco.


—No, pero… dijiste que iríamos a cenar y a la ópera y realmente estoy confundida —aclaro, tratando de no perder la calma.


Él sonríe, se baja del coche, lo rodea y me abre la puerta. 


Tomo mi vestido con una mano y con la otra salgo del interior. Me ayuda como todo un caballero y luego subimos las escaleras de ladrillos y cruzamos el umbral de unas puertas de vidrio con marcos blancos, hasta llegar al recibidor.


—¿Pero qué…? —quiero decir, pero él me interrumpe de inmediato. Si, sé que soy curiosa, pero no sé qué sucede, tengo derecho a saber a dónde estamos y que es lo que haremos aquí. Su silencio está matándome.


—Sígueme —dice, tomando mi mano.


Nos movemos por diversos pasillos de la planta baja, es un lugar realmente amplio y elegante, quiero despejar todas mis dudas y lo intento, pero no sé qué demonios hacemos aquí. 


Al pasar por puertas, puertas y más puertas veo números y letras en ellas, pero no creo que esto sea un hotel y si lo es, entonces si voy a decepcionarme.


—Aquí es —dice, abriendo las puertas del ascensor.



Nos metemos en la caja metálica, las puertas se cierran de nuevo y Pedro oprime el botón número uno. ¿Usaremos ascensor para subir un solo piso? No tiene sentido. Quiero hacer preguntas, quiero gritar de la desesperación, pero mejor decido contenerme. Si dijo que es una sorpresa, entonces lo será y no lograré nada con mis cuestionamientos frenéticos.


El ascensor llega al primer piso luego de lo que creo que fue una larga eternidad en silencio. Pedro sigue teniendo esa sonrisa divertida en su rostro y parece feliz consigo mismo.


Está logrando dejarme en ascuas con todo esto.


Salimos de la estúpida caja metálica, toma mi mano de nuevo y hace que lo siga por otro pasillo. Hay más y más puertas. Nos detenemos al final del corredor, frente a la ventana con una hermosa vista a la ciudad, a un lado de la puerta doble de madera.


—¿Lista?


—¡Vamos Pedro, estás matándome!—chillo, empujándolo a un lado.


Se ríe levemente, luego coloca una llave en la puerta y la abre. Me da el paso y me armo de valor para saber qué es lo que tanto ha estado escondiendo durante toda esta supuesta cita.


Entro a un recibidor. No es ni muy grande ni muy pequeño.


Hay un sillón color azul a un lado, cuadros decorativos y un gran armario con puertas blancas al igual que el piso. Pedro ingresa detrás de mí y toma mi mano. Sigo caminando y me encuentro con un barandal negro de hierro que me dirige escaleras abajo a un impresionante apartamento, extremadamente lujoso y grande.


Desde aquí, estoy en lo alto, puedo ver las sala de estar, un inmenso comedor, un pasillo al fondo y, enfrentada a esta escalera, del otro lado de la habitación, hay otra completamente similar que debe de llevar a un piso en donde están las habitaciones. Es impresionante. Los ambientes están en un mismo lugar, pero muy bien distribuidos. Mi boca se abre levemente cuando intento comprender todo lo que sucede.


—Oh, por Dios… —digo sin aliento.


Me tomo del barandal y comienzo a bajar lenta y cuidadosamente la escalera hasta llegar el piso que es el principal. Delante de mí tengo la sala de estar con una inmensa chimenea que divide dos espacios diferentes del lugar. Los sillones son enormes. A mi izquierda, en el rincón, hay una mesa de caoba inmensa con doce sillas y un gran arreglo Florar en medio.


—¿Te gusta? —pregunta, mirándome fijamente. Está más que claro que está nervioso por saber lo que pienso, pero creo que si mira con sumo detenimiento mi rostro, lo sabrá de inmediato. Estoy impactada. Jamás había imaginado que algo así pudiese existir.


—Es impresionante —digo mirando el alto techo completamente blanco.


—¿Quieres conocer el resto? —pregunta, tendiéndome su mano para que la tome de nuevo.


—Sí —digo sin pensarlo dos veces.


Cruzamos toda la gran habitación y subimos por las otras escaleras. Hay un pasillo inmenso, repleto de hermosas decoraciones. Los tapetes son de diversos colores y parecen ser costosos. Solo veo puertas y más puertas, pero Pedro se detiene en la primera y me enseña lo que hay.


—Este departamento tiene seis habitaciones, con baño cada una, cocina, sala de estar, comedor, patio trasero, lavandería, despacho, sala de juegos, biblioteca y una hermosa terraza —murmura, colocando su voz de vendedor de raíces que hace que me ría levemente.


Me enseña las habitaciones una a una. Son todas grandes y hermosas.


—Esta es la habitación principal.


Abre la puerta y rápidamente me meto en ella.


—Me encanta —digo, observando la cama de estilo victoriano con colores crema y marrón fuerte, al igual que las mesitas de noche y las puertas de un armario. El piso también es de madera y brilla tanto que me da lástima pisarlo. Frente a la cama hay una gigantesca ventana con una hermosa vista a los techos y edificios del vecindario.


—¿Quieres ver algo realmente fabuloso? —pregunta con una sonrisa.


Asiento con la cabeza sin poder gesticular una sola palabra. 


Él se acerca a una de las mesitas de noche. Toma un control remoto y luego oprime un botón. Las luces bajan su intensidad y luego suben, según los mandos que Pedro está tocando. Luego, veo como una inmensa pantalla de plasma sale desde el interior de un delgado mueble a los pies de la cama.


—¡Oh, mi Dios! —chillo emocionada—. ¡Me encanta!



Luego, me enseña todo lo que podemos hacer con ese mágico control remoto universal. No teníamos todo este lujo en la mansión, esto realmente es sorprendente. No tendré que mover un dedo, la casa lo hace sola si yo se lo ordeno.


Me enseña el inmenso baño de la habitación principal y por ultimo me dirige hacia otra puerta que aún no sé qué tiene.


—Cierra los ojos —me pide.


Lo hago inmediatamente y dejo que cubra mi campo de visión con sus manos. Doy un par de pasos al frente, vacilante, con miedo de tropezar. Él va indicándome hacia a donde tengo que ir. Nos detenemos y al abrir los ojos me encuentro con la tienda individual más grande, hermosa y lujosa que he visto en toda mi vida. ¡Es mucho mejor que la anterior!


—¡No puedes estar hablando enserio! —exclamo anonadada, pero no porque sea una tienda individual perfecta sino porque veo todas mis cosas en ella. Mis vestidos, mis zapatos, mis joyas, todo, absolutamente todo está aquí.


—Es nuestra —dice con una amplia sonrisa—. Aquí quiero que comience todo.


—¡La compraste! ¡Viviremos aquí! —chillo completamente emocionada.


No puedo creerlo. Me lanzo en sus brazos sin poder contener mi emoción y luego lo abrazo con todas mis fuerzas. Ha sido la sorpresa más impactante de todas. 


Viviremos aquí, con Pequeño Ángel, en este lugar. Me encanta.


Pedro se ríe por causa de mi reacción y me acaricia la espalda lentamente, besa mi pelo y me estruja un poco más de tiempo en sus fuertes brazos.


—¿Puedo seguir enseñándote todo lo que falta? —pregunta, moviendo un mechón de mi pelo a un lado.


—¿Aún hay más? —cuestiono, abriendo los ojos de par en par.


—Aún hay más —dice sonriente.


Salimos al pasillo. Pedro se detiene delante de una puerta blanca que contrasta con toda la madera del lugar, suelta un suspiro y la abre lentamente. Me echa un vistazo por unos segundos y me invita a entrar.


—Lamento si me apresuré, pero no pude contenerme.


Mis ojos se llenan de lágrimas y mi estómago siente algo extraño. La habitación es completamente blanca con muebles de bebé de tonos también blancos. En el medio de la habitación hay un gran tapete con una hermosa cuna blanca en medio. Veo ositos de felpa, juguetes de diferentes tipos, y no puedo contenerme.


—Podemos ponerle algo de color cuando sepamos su sexo —dice, colocando su mano en mi cintura. Estoy tan sorprendida que soy capaz de desvanecer aquí mismo—. Fui a escoger algunos muebles para tu tienda individual y cuando vi todo esto, no pude detenerme.


Pedro… —digo con un hilo de voz.


Es el cuarto de Pequeño Ángel.


Oh, mi Dios.


—Es hermoso —murmuro con la voz entrecortada.


Suelto un sollozo, me volteo en dirección a Pedro y lo abrazo de nuevo. Él sonríe dulcemente y me contiene entre sus brazos. Estoy más que sensible, esto es mucho para una sola noche. No podré contenerme, de hecho no lo hago.


—Te amo, Paula.


Nuestras narices se rozan y sus ojos me miran con suma dulzura. Veo todo el amor que siente, me ama y yo lo amo a él. ¿Por qué dejé que alguien más arruinara todo esto?


—Y yo te amo a ti, Pedro —digo, colocando mis manos detrás de su cuello—. Te amo, te amaré siempre, no importa lo que suceda —musito cerrando mis ojos lentamente mientras que acerco mi boca a la suya—. Siempre serás tú…


—Quiero comenzar desde cero, Paula —acaricia mis labios con los suyos. No los toca del todo, provocándome miles de sensaciones diferentes—.Y quiero comenzar ahora.


—¿A qué te refieres? —pregunto, moviendo mi boca hacia la suya, pero él hace una maniobra rápida y logra esquivar mi beso con una divertida sonrisa.


—Cásate conmigo —dice con una sonrisa.


Frunzo el ceño en su dirección e intento decir algo, pero no es tan fácil.


—¿Qué?


—Cásate conmigo aquí y ahora.


Ahora comprendo todo. Él vestido blanco, el esmoquin… 


Todo siempre tuvo este significado.


—¿No crees que proponer matrimonio en la primera cita es algo precipitado? —me burlo ladeando la cabeza.



Pedro da un paso hacia atrás, mueve su mano a uno de los bolsillos interiores de su esmoquin y parece buscar algo. Cuando lo encuentra, extiende su mano hacia mi dirección y al abrirla veo tres anillos.


Toma uno de ellos, que es delgado y tiene tres diamantes blancos en él. Lo mira por unos segundos y sonríe. No son los anillos de antes, son completamente nuevos.


—Este es tu nuevo anillo de compromiso, Paula. Todo empieza de nuevo —dice, tomando mi mano. Examina mi dedo anular y luego lo acaricia—. Nunca tuve tanto miedo de perderte. Cuando me entregaste tus anillos sentí que mi mundo se derrumbaba.


Sé que rompí su corazón porque el mío también se rompió en ese instante.


—Lo siento.


—Los tres diamantes somos nosotros. Tú, yo y Pequeño Ángel.


—Me encanta… —digo, mirándolo detenidamente.


Se ve hermoso en mi dedo. Es perfecto.


Pedro sonríe, me besa levemente en la comisura de la boca y luego acaricia mi mejilla.


—Cásate conmigo aquí y ahora. Dime qué serás mía para siempre, dime qué seremos felices con nuestro pequeño, dime qué me amas…


—Te amo, Pedro —respondo—. Te amo a ti, sí quiero casarme contigo y lo haría una y otra vez sin dudarlo —aseguro, tomando su rostro entre mis manos.


—Aquí y ahora. Una boda real, sin gente, sin nada de lujos, solo nosotros dos, con Pequeño Ángel como testigo. Ambos, dispuestos a olvidar todo lo malo que tuvimos que soportar, arriesgándonos a enfrentar cualquier cosa, juntos… Dime qué te casarás conmigo, preciosa Paula —me pide, provocando que mis ojos brillen por causa de la emoción. 


Voy a llorar en cualquier momento.


—Claro que me caso contigo, Pedro —digo nuevamente.


Tomo el anillo plateado que sigue en su mano. El también tendrá un nuevo anillo. Lo miro por unos segundos y leo la inscripción en la parte de adentro “Mi preciosa Paula” sonrío ampliamente y dejo que una lágrima escape de mis ojos. Me muevo un poco, elevo la barbilla y lo miro fijamente. No puedo creer que haré esto de nuevo, pero esta vez sí es por amor, solo por amor.



—Yo, Paula Chaves, prometo amarte para siempre y te tomo a ti, Pedro Alejandro Alfonso, como mi perfecto y amado esposo —digo con una sonrisa.


No son los votos oficiales, pero es nuestra boda y diré lo que quiera.


Pedro sonríe complacido. Luego, toma el único anillo que queda en su mano. Lo extiende delante de mi dedo y me mira fijamente.


—Yo, Pedro Alejandro Alfonso, prometo amarte a ti y a nuestro Pequeño Ángel con todas mis fuerzas, jurándote felicidad y alegría en todos los días de nuestras vidas, y te tomo a ti, Paula Chaves, como mi amada, dulce, perfecta y preciosa esposa para siempre…


—Puedes besar a la novia —digo rápidamente con una sonrisa.


Limpio mi mejilla y Pedro me atrae hacia su cuerpo. Sus labios finalmente se unen a los míos. Es el momento más feliz de toda mi vida. Seremos felices para siempre, lo sé. 


Habrá problemas en el camino, pero él estará ahí para mí y yo estaré ahí para él. Somos perfectos el uno para el otro, nacimos para estar juntos. Seremos los mejores padres del mundo y llenaremos a nuestro Pequeño Ángel de amor y alegría. Nada ni nadie podrá convencerme de lo contrario. 


Es un nuevo comienzo…


—¿Qué hay de la noche de bodas? —pregunto, recuperando el aliento perdido por causa de su beso.


Él me sonríe con malicia y luego coloca ambas manos en mi vientre.


—Es nuestra boda —dice con obviedad—. Aún tenemos que bailar, cortar el pastel y todo ese tipo de cosas —murmura con una sonrisa burlona—. Sígueme…


Llegamos a la cocina entre risas. Me detengo en seco al ver el pastel que hice en la tarde encima de una barra de desayuno en mitad de la habitación.


“Un amigo necesita un pastel y le dije que tú podrías hacerlo”


—¡Planearon todo esto, juntos! —chillo en dirección a Pedro sin poder creerlo—. ¡Él lo sabía! ¡Todos lo sabían! ¡Mis padres, también! —exclamo comprendiendo que todo era más que evidente.


Pedro comienza a reír y me rodea la cintura con sus brazos.


—Necesitaba toda la ayuda que fuera posible. Quería que todo saliera perfecto.



—Todo está saliendo perfecto —le digo con una sonrisa.


Pedro toma mi mano y me lleva hacia el pastel. Luego toma un cuchillo de encima de la mesada, se coloca detrás de mí y apoyo una de mis manos sobre la suya. Sé lo que hay que hacer, es como la primera vez.


—Espera —me dice antes de que haga presión para cortar la capa de fondant. Siento lástima por cortar algo tan perfecto y hermoso—. Tenemos que fotografiar este momento —susurra.


Se va al pasillo, luego regresa con una cámara fotográfica entre sus manos y un soporte para apoyarla.


Frunzo el ceño porque reconozco esa cámara, sé de quién es o, al menos, eso creo y no puedo equivocarme. La he visto cientos de veces.


—Un amigo me prestó su cámara fotográfica —dice, encogiéndose de hombros mientras que la posiciona delante de nosotros.


—¿Un amigo? —pregunto incrédula.


—Bueno, el novio de mi hermana —dice finalmente.


Me rio estruendosamente y él se acerca. Me toma de la cintura rápidamente y me arrebata el cuchillo. Posamos para las fotos y el flash de la cámara comienza a dispararse automáticamente.


—Son diez fotografías —advierte.


Hundo el cuchillo en el pastel y lo cortamos juntos. Ahora si se siente increíblemente hermoso. La primera vez ni siquiera hicimos esto como era debido. El significado de esta acción no tiene explicación.


Cortamos el perfecto triangulo, luego nos besamos para la última foto.


—Te amo —sisea acariciando mi vientre.


—Y nosotros te amamos a ti, Pedro.


Tomo su mano, sonrío levemente y luego comienzo a caminar en dirección a las escaleras. Ya cortamos el pastel, ya tomamos las fotografías. Doy por finalizada esta boda.


—Espera —dice, intentando contener su risita.


Pongo los ojos en blanco y le hago saber que estoy completamente desesperada por qué me desnude y me haga el amor una y otra vez, pero le encanta hacerme desesperar. Lo ha hecho durante toda la noche.



Bajo los dos escalones que ya había subido y lo sigo. Él toma su teléfono celular que descansa sobre la mesa del comedor, luego toca un par de botones y reconozco de inmediato la canción One and only de Adele, sonando en los estéreos de la casa.


Sonrío porque sé lo que hará. Doy un paso al frente y dejo que me tome de la cintura para nuestro primer baile de recién casados.


Coloco mis manos detrás de su cuello y ambos comenzamos a movernos lentamente por el lugar. Ninguno de los dos dice nada, solo nos perdemos en la mirada del otro, mientras que Adele parece relatar nuestra historia y nuestros sentimientos a la perfección, como si estuviese cantando solo para nosotros. Sonrío y acaricio su mejilla para comprobar que está aquí, que estamos juntos y que es real. Pedro, en cambio, mueve una de sus manos y acaricia a Pequeño Ángel, luego acerca sus labios a los míos y me besa con dulzura y delicadeza. Sin ninguna prisa, pero logra despertar a la Paula desesperada que está en mi interior. No podré resistirlo, ya no puedo.


Hundo mis manos en su pelo para profundizar el beso, no me importa absolutamente nada. Él me toma con más fuerza, me levanta del suelo, como si no pesara absolutamente nada y me carga hasta el sillón. Me deposita en él y se coloca encima de mí con sumo cuidado de no aplastarme.


—Bésame —le pido con la voz entrecortada—. Bésame por todas partes.


Me quito los zapatos con demasiada facilidad, moviendo un pie sobre el otro, hasta que los oigo caer en el suelo. Pedro mueve sus manos hacia mis muslos y comienza a subir el vestido lentamente, pero sé que no logrará demasiado, es muy largo.


—Quítamelo —le pido, mirándolo fijamente.


Se pone de pie, tiende su mano en mi dirección y me ayuda a levantarme. Se posa detrás de mí y busca el cierre de la prenda. Cuando la encuentra, comienza a bajarlo lentamente, tomándose todo su tiempo, volviéndome completamente desequilibrada. Siento su respiración en mis hombros ya desnudos y sus dedos recorriendo mi columna vertebral.


Mi cuerpo comienza a relajarse cuando la presión de la tela se desvanece. Suelto un suspiro y dejo que Pedro lo deslice hasta mis tobillos, tomándose todo su tiempo.


Me muevo de mi lugar para deshacerme de el por completo.


Miro a Pedro y contemplo como me observa detenidamente. 


Estoy casi desnuda delante de sus ojos y me siento como toda una diosa. Me ama solo a mí. Soy la única.



Él se voltea de espaldas a mí y deja que le quite la chaqueta. 


Luego, regresa a su posición y se quita el moño de su cuello. 


Sonrío ampliamente y miro su fina y costosa camisa blanca. 


No sé si hacerlo, claro que quiero hacerlo, pero no estoy segura si es lo correcto.


—Hazlo —me pide con una divertida sonrisa—. Solo hazlo.


Me rio y tomo ambos lados de su camisa. Hago fuerza y la abro de par en par. Todos los botones salen disparados en todas las direcciones y caen al suelo. Él toma mi mentón y eleva mi cabeza. Me encuentro con sus ojos y diviso una amplia sonrisa.


—¿Aún quieres que te desnude y te bese durante toda la noche? —pregunta, posando sus manos sobre mis caderas, mientras que toma con sus pulgares los bordes de mis bragas de encaje blanco.


—Sí quiero…




CAPITULO 58 (SEGUNDA PARTE)






Pedro estaciona el coche en la entrada. Solo tiene que bajar y tocar ese timbre para que me lance a sus brazos.


Suelto un suspiro. Miro mi vestido y lo aliso de manera frenética. Quiero estar perfecta, quiero que todo salga más que bien. Quiero que me vea completamente hermosa.


—Tranquilízate —me dice mi madre mientras que bebe una taza de té en el sillón de la sala de estar. Estoy frente a la puerta y me muevo de un lado al otro con impaciencia.


¿Por qué está demorando tanto?


El timbre suena estruendosamente en el interior del recibidor. Doy un pequeño brinco y corro hacia la puerta. Me detengo por unos segundos y suelto un gran suspiro, intentando que los nervios no se apoderen de mí. Miro mi vestido, aliso la falda una y otra vez, paso mi mano por mi pelo, por si acaso, muevo mis hombros y finalmente abro la puerta.


Me encuentro con sus ojos, esos hermosos y dulces ojos que hacen que me sienta la única mujer en todo el universo. 


Está completamente perdido en mí. Soy su centro de atención. Su mirada me recorre lentamente, como si estuviese viendo cada pequeño detalle, como si estuviese buscando algún defecto y sus ojos no lograran percibir nada. 


Soy completamente perfecta para este hombre.


Mis labios se curvan en una media sonrisa. No aparto mis ojos de él y no me importa si llevamos más de un minuto viéndonos el uno al otro sin decir nada. Podría quedarme así, viéndolo toda mi vida y no me cansaría de hacerlo.


Se ve radiante, se ve nervioso, emocionado y sobre todas las cosas se ve feliz. Yo también lo estoy. Debo sentirme igual que él. No hay palabras, no hay motivos para interrumpir este precioso momento en el que estamos completamente conectados.



—Paula… —dice finalmente cuando sus ojos terminan de mirarme por completo. Suelta el aire que había guardado durante todo ese tiempo y da un paso al frente acortando la mínima distancia que ya existía entre los dos—. Me faltarían todas las palabras del mundo para describir lo hermosa que te ves esta noche.


Posa su boca sobre la comisura de mis labios y tengo que cerrar los ojos para poder contenerme. Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no cometer una locura en este preciso instante.


—Bésame —le pido en un leve murmuro que solo los dos podemos escuchar.


Él sonríe ampliamente, luego mueve una de sus manos a mi cara y la otra sobre el contorno de mi cintura. Me apega a su torso y une sus labios a los míos. Siento esas miles de sensaciones, esas miles de mariposas que se liberan de las redes, siento a Pequeño Ángel rebotando de alegría de un lado al otro… Me siento fantástica, me siento única, somos únicos. Nadie más existe alrededor.


—Te amo —dice, tomando mi rostro con ambas manos.


No estamos haciéndolo bien. Se supone que es una cita que ni siquiera ha comenzado y ya he dejado que me bese. 


Muero por hacerlo sufrir solo un poquito.


Sonrío levemente y con malicia. Luego, muerdo su labio inferior y él se ve obligado a que nos separemos. Me mira directo a los ojos y me interroga con la mirada y el ceño fruncido.


—¿A que ha venido eso?


—Es una cita, no puedes besarme así, sin más —le digo a modo de regaño. Mueve sus manos hacia mi cintura y apega su cuerpo al mío de un tirón, tomándome nuevamente por sorpresa.


—Creo que tú lo has pedido —me dice ladeando la cabeza—. Me gusta complacer tus deseos.


—Esa era mi otra Paula —me excuso. —Era la Paula que quiere que la desnudes y la beses durante toda una noche, pero ahora no estás delante de ella.


Pedro frunce el ceño, parece reamente desconcertado y muero por reírme en su cara, pero no tengo que hacerlo.


—Es una pena —dice con una mueca torcida—. Me hubiese encantado desnudar y besar a esa Paula durante toda una noche.



Está intentando seducirme y lo peor de todo es que estoy dejando que lo haga. Me vuelvo débil de nuevo. Trago el nudo en mi garganta e intento no sentirme apabullada. Esas palabras y esas sugerencias han dejado que mi cerebro divague por miles de lugares que, por el momento, son demasiado prohibidos. Tengo que ir de acuerdo al plan.


Me muevo algo incomoda, elevo la barbilla y enderezo la espalda. Acomodo mi cabello y luego me convierto en una nueva Paula.


Es hora de que el juego empiece.


—Soy Paula Chaves —digo, tendiendo mi mano hacia su dirección—. Por lo que pude comprender, tu eres mi cita esta noche, ¿Verdad?


Pedro sonríe y niega levemente con la cabeza, luego retoma su actitud y comprende lo que quiero lograr con todo esto.


Pedro Alfonso —me dice tomando mi mano.


Voy a estrechársela, pero me toma por sorpresa y la besa. 


¡Oh, mi Dios! ¡Como la primera vez en la que nos vimos en la empresa de papá!


Lo miro por unos segundos con una divertida sonrisa y coloco ambas manos en mis caderas.


—Lo has hecho apropósito —lo acuso dándole mi peor mirada fingida.


—No sé de me qué habla, señorita Chaves —dice con tono despreocupado.


Luego, me da su brazo para que lo tome y me ayuda a bajar con sumo cuidado las escaleras de la entrada. Caminamos hasta su coche, la noche es estrellada, no hay señales de lluvia acercándose y eso hace que nuestra velada sea aún más perfecta. Mi cabello estará a salvo.


Me abre la puerta del coche, me adentro en él y luego él la cierra, rodea el vehículo y se sienta a mi lado. Todo lo hace con elegancia y clase. Pude observar desde todos los ángulos ese perfecto traje que en él se ve aún más perfecto todavía.


—¿Lista para la mejor noche de tu vida? —pregunta, acercando su cara a la mía.


—Siempre estoy lista, Pedro —respondo.



****

Pedro conduce con tranquilidad y se limita a decir alguna palabra durante todo el trayecto de la casa de mis padres en Kensington. Parece relajado y tengo la ligera impresión de que me está ocultando algo. No dejo de mirarlo ni un solo segundo. Adoro contemplar desde cerca y en silencio cada detalle de su cara. La música de la estación de radio suena como fondo y hace que el clima no sea demasiado tenso. 


Estoy nerviosa, tengo que admitirlo, mis manos comienzan a temblar levemente. Tengo un presentimiento, algo que me dice que puedo salir corriendo ahora o soportarlo todo hasta saber de qué se trata.


—Creí que iríamos a la opera —le digo frunciendo el ceño cuando pasamos por el inmenso Royal Albert Hall.


—Tenía que inventar una buena excusa —me dice con una divertida sonrisa.


Abro los ojos rápidamente y me volteo en su dirección. Lo sabía, sabía que algo sucedía.


—¿De qué estás hablando?


No me responde. Se limita a sonreír para sí mismo.


—¿A dónde vamos?


—Tranquila —me dice cuando ve que comienzo a perder exclama—. Es una sorpresa —me asegura doblando en dirección contraria a donde creí que iríamos. Estamos regresando al mismo lugar del que salimos hace unos minutos pero por al lado inverso, y no tiene sentido.


—¿Por qué estamos en Hyde Park de nuevo? —pregunto, señalando por la ventanilla el inmenso parque central.


—Ya lo verás. Estamos cerca.


Si, si estamos cerca. Reconozco mi vecindario, reconozco todo esto. Solo espero que no piense hacer lo que creo que hará porque entonces si voy a molestarme y todo esto se acabará de inmediato.


—¿Estás llevándome a la mansión? —pregunto incrédula.


No puede hacerme una broma de tan mal gusto. No podemos tener una maldita cita en la mansión. ¿Qué cree que hace?


—No, Paula —asegura.


Comienzo a desesperarme. Estamos a solo dos calles de nuestra casa. No tiene sentido.


Pedro… —digo apretando los dientes.


No puede obligarme a regresar, no se suponía que funcionaria así.



No me responde, se limita a conducir. Luego dobla en dirección a la mansión y cuando nos acercamos a la casa él reduce la velocidad del coche. Me niego rotundamente a bajar de este automóvil si hace lo que pienso que va a hacer.


—Mira, Paula —me pide con delicadeza, deteniendo el coche, pero sin apagar el motor —. Mira, por favor.


Lo miro a los ojos y luego de unos segundos, me doy por vencida y volteo mi mirada en dirección a la mansión. No sé qué es lo que quiere que mire si todo sigue perfect…


—Oh, mi Dios —digo completamente sorprendida.


Si no he dicho un insulto es porque estoy tan desconcertada que incluso las palabras desaparecen de mis pensamientos.


El cartel que dice en gruesas y blancas letras “EN VENTA” puede verse desde el London Eye. Puedo asegurarlo. Está ahí, en la entrada. ¿Qué…?


—La mansión está en venta, Paula —dice con voz glacial, demasiado glacial para mi gusto en una situación como esta.


—¿De qué estás hablando? —pregunto con un hilo de voz.


Pedro se acerca a mí. Toma mi rostro entre sus manos y me mira fijamente, intentando buscar las palabras correctas para explicar todo esto que está sucediendo y que no logro comprender.


—Hace unos días me dijiste que todo lo que creías que era tuyo, había sido de esa mujer antes —murmura con angustia y arrepentimiento—. Y tenías razón, Paula… todo esto ella lo disfrutó primero que tú y eso no es justo. Tú mereces disfrutar de todo lo que desees y ser siempre la primera, la única.


Pedro… —digo al borde de las lágrimas.


Ahora comprendo a la perfección lo que sucede.


—Quiero empezar de nuevo, Paula, quiero que olvidemos todo lo que sucedió con esa mujer, quiero recuperar contigo todo el tiempo que nos han robado por causa de mi pasado, quiero que tú y yo seamos felices con Pequeño Ángel y que nadie más pueda entrometerse.


—No era necesario que hagas todo esto —Niego levemente con la cabeza—. Los recuerdos de todo lo que sucedió con nosotros están ahí dentro —me quejo pensando en todos esos momentos en los que pasamos del amor al odio en menos de dos segundos y del odio al amor al instante siguiente.


—Tendremos mejores recuerdos en otro lugar, Paula. Puedo asegúrate que no vas a extrañar esa construcción, no vas a extrañar lo que hay en ella. Si queremos que todo comience desde cero, tenemos que eliminar todo lo bueno y lo malo.


—Pero… —intento protestar.


Quiero decirle que no me importa. Quiero decirle que soy mejor que ella, que no tiene significado en mi vida en este momento, que no me afecta porque sé que soy la única, pero él no deja que siga hablando y posa su dedo índice sobre mis labios.


Su agarre se torna más fuerte, la cercanía de ambos es mucho más escasa y solo nos quedan unos pocos centímetros.


—Ojala hubieses sido la primera, ojala hubieses sido la única, pero no fue así y no puedo remediarlo, pero lo intentaré. Quiero que seas la única a partir de ahora, una nueva vida, un nuevo hogar, una familia, quiero que sea todo nuevo, quiero comenzar desde cero contigo.


—¿Desde cero? —pregunto con voz débil.


—Desde cero —responde.


No puedo contenerme. Son demasiadas emociones y no estropearé mi maquillaje de nuevo. Tengo que hacer algo ahora, en este momento, para no llorar. Sus palabras logran emocionarme por completo.


—Bésame… —le pido en un leve susurro—. Bésame, Pedro —imploro, uniendo nuestras frentes.



Cierro los ojos y espero a que lo haga, pero no lo hace. Me vuelve loca. Solo está ahí, viéndome, provocando que sienta su respiración sobre mi cara, pero sus labios no tocan los míos.


—¿Un beso en la primera cita, señorita Chaves? —pregunta con un tono divertido y burlón. Suelto una risita, quitando de mis ojos todos los deseos de llorar de felicidad y tristeza al mismo tiempo.


—Si, en la primera cita —afirmo para que lo haga de una vez.


Él sonríe, toma mi cara entre sus manos y comienza a besarme. Podría vivir con mi boca pegada a la suya y no tendría ni una sola queja de ello.



—¿Estás lista para la siguiente sorpresa? —pregunta en un leve susurro, con la respiración agitada.


Abro los ojos para comprobar que no había sido un sueño, luego le robo otro beso, para estar segura de que no sigo soñando, y asiento levemente con la cabeza.


—Estoy lista para lo que sea.