domingo, 22 de octubre de 2017

CAPITULO 8 (EXTRAS)





Coloco mis últimas pertenencias en la caja de cartón. Me duele despedirme de este lugar, de mis cosas, de mi solitaria y aburrida vida de soltera sin compromisos.


No hay mucho que empacar. Mi vida no es la gran cosa.


Unos pocos discos de música, algunos objetos personales y miles de cajas de ropa que seguramente ya no usaré. Suelto un leve suspiro e intento no romper en llanto. Aún sigo abatida, me he aferrado a una estúpida construcción, he tenido recuerdos buenos y malos en este apartamento, pero ahora debo aceptar la idea de que tengo un esposo que quiere que viva con él en su costosa súper mansión.


No me molesta la idea de vivir en una mansión y sentirme la reina del lugar, a cualquier mujer le agradaría y sé que aprovecharé esa casa con todo mi ser, pero tengo miedo de perderme a mí misma. No quiero cambiar, bueno, no del todo, pero sé que lo haré. Será incomodo, molesto y simplemente tendré que soportarlo.


Mi celular suena y corro para responder la llamada. Miro la pantalla y el nombre de “Pedro” me dice que mi amado y perfecto esposo quiere comunicarse conmigo. No puedo creerlo. Aún no logro comprenderlo. Miro mi mano izquierda y ahí está el anillo. Estoy casada, soy la esposa de un inversionista multimillonario que apenas me conoce.


—¿Qué quieres? —pregunto al contestar.


—Buenos días para ti también, mi preciosa esposa —me dice con ironía.


Pongo los ojos en blanco y froto mi ojo derecho. No lloraré. 


Paula Chaves es fuerte, es segura de sí misma y siempre tiene el control. No… ahora soy Paula Alfonso y debo de ser la misma por más que mi apellido haya cambiado.


—No estoy de humor para bromas —le digo con el tono de voz más frío que soy capaz de escrutar. Oigo su risita al otro lado de la línea e intento no mandarlo al demonio. Su actitud es desesperante.


— ¿Ya acabaste? —pregunta cambiando su tono de voz a uno más dulce.


—Sí —respondo cortamente.


—Pasaré a buscarte en diez minutos —me informa.


—Bien —le digo.


—Bien —me dice.


—Bien —vuelvo a responder para tener la última palabra y segundos después, cuelgo la llamada sin preocuparme por si tenía algo más que decir. Diez minutos, solo diez minutos para enfrentarme a lo inevitable.


Diez minutos después, la puerta del departamento recibe un par de golpecitos. Acomodo mi vestido en un vago intento por elevar mi seguridad y no parecer una sosa delante de él. 


Arreglo mi cabello y sonrío ampliamente. Tengo que fingir que todo está bien. Tengo que hacer de cuenta que soy completamente feliz y que estoy de acuerdo con todo esto.


Abro la puerta y lo veo parado frente a mí con una amplia sonrisa en el rostro. Luce un traje gris con una camisa blanca y corbata negra que lo hacen ver muy bien. Trago el nudo de mi garganta y tartamudeo antes de decir algo.


—Buenos días —murmura acercándose. Me roba un beso y luego cruza el umbral.


Sí, estamos casados, será normal que me bese, pero aún no logro acostumbrarme. Cierro la puerta y me volteo en su dirección. Está observando algunos de los muebles ya casi vacíos con detenimiento.


—Me gusta este lugar —murmura distraído. No digo nada y me muevo incomoda ¿Qué debo decir? —. ¿Estás lista? —pregunta sacándome del cuadro de incomodidad.


—Sí. Estoy lista —respondo.


—Bien. Toma tu bolso —me ordena dulcemente—, los de la mudanza llevaran todo esto a la mansión en un par de horas.


Hago lo que me dice, cruzo la sala y me inclino sobre la mesa para tomar mi bolso. Me volteo de nuevo y observo que está echándome un vistazo, perdidamente. Oh, está mirando mis piernas, mis pechos, y ahora mi cara. Sonríe y luego se acerca un par de pasos acortando la distancia entre ambos.


—Me gusta lo que llevas puesto —murmura viendo mi escote.


Intento no sonreír, pero lo hago de todas formas. Sé que le gusto por completo y ya estoy acostumbrada a que sus palabras me tomen por sorpresa.


—¿Podemos irnos ya? —pregunto rápidamente. No quiero halagos. No quiero nada. Me molesta su actitud, no me gusta sentirme incomoda e insegura.


—Vamos.


Conduce durante varios minutos por la ciudad de Londres. 


La radio es lo único que hace ruido, mientras observo como algunas pequeñas gotas de lluvia se deslizan por el parabrisas. No tenemos nada que decir y hay cierta tensión en el ambiente que me irrita.


—Estas muy callada —dice rompiendo con el mutuo silencio.


—No tengo nada que decir —respondo cortante. No es intencional, simplemente soy así. No soy la persona más simpática del mundo y no lo seré jamás—. ¿Tú quieres decirme algo? —pregunto de manera desafiante, pero no logro nada más. 


Solo sonríe y niega levemente con la cabeza provocando que otro silencio nos invada. Así será siempre. Dos o tres palabras por día y nada más. Me siento vacía, como si no hubiese nada dentro de mí.


Su lujoso y costoso coche se detiene frente a una inmensa construcción de paredes blancas, adornadas con piedras grises e inmensos ventanales ubicados en diferentes partes de las paredes. Todo es impresionante, realmente hermoso y gigantesco. Es perfecto, como siempre lo soñé. Hay una fuente en medio del gran patio de piedra en donde Pedro estaciona el vehículo y se baja rápidamente para abrirme la puerta como todo un caballero. Coloco mis pies sobre el piso de piedras y tomo su mano por uno minutos. Hacemos contacto visual cuando estamos frente a frente.


—Bienvenida a tu nuevo hogar, Paula —murmura acercándose mucho más de lo esperado. Cierro los ojos y lucho con mi Paula interior, que se muere por besarlo.


Me aparto bruscamente con la mirada gacha y recorro el trayecto hasta la puerta de entrada. Pedro me siegue a paso lento, coloca las llaves en la cerradura y luego abre la puerta. Paso primero luego él. Mi mente se queda en blanco. 


Todo lo que veo es completamente impresionante. La arquitectura romana inunda el lugar. Los tonos blancos y grises provocan que todo se vea majestuoso y exagerado. 


Los detalles en dorado producen una agradable combinación de tonos secos, pero atractivos a la vista. A mi derecha hay una inmensa escalera que lleva al primer piso. Delante de mí solo logro ver puertas y umbrales hacia otras habitaciones.


Pedro se coloca a mi lado y me abraza por la cintura. Me muevo para apartarlo, pero al prestar más atención, veo a dos chicas con trajes de servicio a unos pocos metros de mí. 


Sonrío ampliamente, es hora del show, Paula. Hora de actuar. Dejo que mi esposo me tome de la manera que quiere. Observo a ambas chicas, mientras que nos acercamos a ellas. Es difícil no sentirse intimidada en la inmensidad de un lugar como este.


—Muchachas —dice en dirección a esas dos—. Ella es Paula, mi esposa. La dueña y señora de la mansión —le informa con alegría.


Sonrío en mi interior. Dueña y señora. Me encanta como suena eso. Me dice “Tienes el control, Paula”, tal y como me gusta.


—Es un placer conocerla, señora Alfonso —murmura las dos al mismo tiempo.


—Soy Andy —me dice una dando un paso al frente. Sonrío y asiento con la cabeza.


—Y yo soy Maya, señora —me dice la otra y repito la misma acción. Tengo que parecer cortés, al menos los primeros días.


—Es un placer conocerlas —miento.


Ninguna de ellas me agrada a primera vista.


Mi esposo las despoja y ambas se marchan. Ahora la incomodidad ha vuelto a nosotros. Estamos solos de nuevo. No tenemos que fingir, somos nosotros mismos y eso es lo que empeora la situación.


—¿Quieres conocer el resto de la casa? —pregunta colocando ambas manos en sus bolsillos.


—Está bien —respondo vagamente.


Él comienza a caminar y lo sigo a paso apresurado. El primer lugar que me enseña es la sala de estar. Es inmensa al igual que el recibidor. Todos los muebles son finos de estilo inglés antiguo y con colores sobrios y añejos. No me desagrada del todo, pero tampoco me agrada.


—No me gustan los muebles —le digo sin pensarlo. Mi boca habla antes de que pueda pensar, así soy. Siempre sincera.


—¿No te gusta? —pregunta frunciendo el ceño como si hubiese dicho algo fatal.


—No. No me gusta para nada —respondo. Ahora que estamos entrando en confianza él debe saber lo que pienso. También viviré aquí. Tengo derecho. Soy dueña también—. El estilo de la casa es elegante, pero con toques de modernidad. Deberías de tener una habitación con muebles modernos y de diferentes materiales para que todo tenga contraste. ¿Entiendes?


Me mira sorprendido como si no pudiese creer que yo hubiese dicho eso. Es la verdad. Soy hermosa y también soy muy inteligente. Esta habitación no tiene sentido y tampoco original.


—¿Lo dices enserio?


—Claro que lo digo enserio —respondo rápidamente—. Esto parece el palacio de Buckingham y créeme, no es nada lindo ni original.


—Estoy sorprendido —Musita para sí mismo—. Creí que te encantaría.


—Acostúmbrate. Tengo el control ahora —espeto con una malvada sonrisa en el rostro. Pedro contiene una sonrisa y vuelve a colocar sus manos en sus bolsillos sin apartar su mirada de mí. Ahora todo tiene sentido. Ese será mi objetivo, verlo así de asombrado será mi prioridad—. Deberías llamar a una decoradora y que cambie esto. Es mi casa también.


Camino delante de él y sigo hacia el pasillo. Quiero ver otra habitación. Quiero conocer todo. Tengo que encontrar mi lugar privado en alguna parte de toda esta inmensidad.


—Como ordene, señora Alfonso —murmura levemente. 


Sonrío porque sé que no me ve y luego dejo que me enseñe lo que queda de la imponente mansión.


Me muestra su despacho, su bodega llena de vinos caros y excéntricos, luego algunas habitaciones adicionales, un cuarto de juegos, el ala en el que se encuentran los cuartos de servicio. El inmenso comedor con una mesa de madera con más de doce sillas, la fantástica cocina con mármol y caoba, la piscina bajo techo, climatizada, con mini bar incluido y una pequeña biblioteca ubicada en la parte más alejada de la casa.


Salimos al jardín y vemos todo el amplio parque con césped verde, flores de temporada y un rosedal al lado derecho de la casa. Me encanta, todo es fantástico, pero no lo demuestro del todo. Debo permanecer fría.


—Vamos a ver nuestra habitación —murmura cuando subimos las escaleras.


Enderezo mi espalda y finjo que no me afecta lo que acaba de decir. Nuestra habitación. Tendré que dormir con él todas las noches. De verdad que aún no puedo creer que todo esto está sucediendo. Tengo un esposo.


Pedro sube unos escalones más que yo y toma mi mano con firmeza. Me detengo y él también lo hace. Nos miramos por unos segundos y él acorta la distancia entre ambos. Su mano izquierda acaricia el dorso delicadamente. Intento no mirarlo a los ojos, pero eso es casi imposible. El, tiene cierto efecto en mí, que me hace dudar de mi seguridad.


—Vamos a ver la habitación —digo para interrumpir lo que sucede entre ambos.


Me sonríe débilmente y luego suelta mi mano. Camina delante de mí y lo sigo observando cada lujoso rincón del primer piso. Me enseña las múltiples habitaciones de invitados que hay, luego los baños inmensos que parece que nadie los usó jamás y al fondo del gran pasillo por fin veo un lugar para mí. La biblioteca es inmensa y tiene estanterías en tres paredes. A un costado hay un extraordinario ventanal que da a un balcón con vista al gigantesco jardín trasero.


—Pedí que compraran los libros de moda, por si te gustaba leer —me informa observando alguno de los lomos de los libros—. Ya sabes…


—Gracias —digo débilmente—. Me gusta leer, no debes preocuparte porque te moleste, porque no lo haré —le digo secamente. Al fin y al cabo no hay ningún sentimiento que nos una a ambos. Solo un tonto acuerdo. Sé que pasaré mucho tiempo aquí.


—¿Por qué dices eso? —cuestiona tomando mi brazo levemente haciéndome voltear para que lo vea.


—Porque tengo que decirlo. Es lo que creo. No suelo guardarme lo que pienso —respondo.


—Pero no es lo que crees, Paula —me informa en un susurro—. No quiero que te sientas aprisionada en esta casa. Eres mi esposa, eres la dueña de todo esto. No quiero que creas que todo será como yo lo quiera.


—No creo eso —digo rápidamente. Sé que tengo el control, pero él es un hombre, siempre hay reglas.


—No hay reglas —dice como su hubiese leído mi pensamiento—. No soy un hombre muy celoso, confío en ti. Nunca te prohibiré nada, no cuestionaré tu atuendo, no te preguntaré por lo que hiciste, a donde fuiste o por qué regresaste a tal hora si así no lo deseas. Yo no soy tu dueño y quiero que entiendas eso. Si te sientes incomoda aquí, debes decírmelo. Tenemos que esforzarnos por hacer que esto funcione. Eres mi esposa, eres la señora Alfonso…


—Exacto, soy la señora Alfonso y sé que detrás de ese apellido hay reglas. Siempre hay reglas, pero te advertiré que no pienso cumplirlas.


Se ríe levemente y acorta la distancia entre ambos. Extiende su mano y quita algunos mechones de mi cara y los coloca detrás de mi oreja con delicadeza.


—Quiero que te sientas como en tu casa. Vivirás aquí ahora. Podrás hacer lo que se te antoje. Si quieres ir de compras, lo harás, si quieres darte un baño en el cuarto que escojas, podrás hacerlo. Todo esto es tuyo ahora —Su voz sueña dulce y llena de seguridad. Comienza acercase y por primera vez siento miedo—. Quiero darte todo, quiero que tengas lo que deseas, solo dímelo y lo tendrás…


Mi Paula interior me dice que lo haga, me ruega que bese sus labios, que acaricie su lengua con la mía, pero no, simplemente no, no puedo caer tan fácil. No debo hacerlo. 


Necesito más tiempo. Aun no caigo en la realidad. No puedo.


—Creo que debes mostrarme nuestra habitación —digo apartándome rápidamente. Veo como suspira con frustración y luego recobra la compostura.


Por fin llegamos a nuestra habitación. Es muy grande. Más de lo necesario. Hay una inmensa cama doble en el centro de la habitación con sabanas de seda y almohadas que lucen costosas. Todo es blanco, salvo alguna que otra decoración. El piso de cerámica blanca es casi un espejo y puedo ver el contorno de mi borrosa silueta en él. El ventanal en enorme y también tiene una salida al balcón principal.


—Espero que te guste —murmura encendiendo las luces para que todo se ilumine mejor.


Sonrío por primera vez. Claro que me gusta. Es la habitación que más me gusta de toda la casa.


—Me gusta —digo en un susurro, mientras que observo el amplio baño repleto de mármol y grifería moderna—. De hecho, me gusta mucho.


Pedro sonríe y se acerca lentamente. Me abraza por la cintura y me conduce hacia una enorme tienda individual repleta de percheros y estantes para colocar zapatos. Todo es igual de blanco y en medio de la habitación hay un hermoso ramo de rosas rojas colocadas en un jarrón de cristal con agua.


—Sé que te gusta mucho la moda —murmura observándolo todo—. Por eso pedí que hicieran esto para ti.


De verdad estoy sorprendida. No solo le importa lo que me gusta, sino que también se molestó en hacer que sienta que tenga un espacio solo para mí. Bueno, dos en realidad, la biblioteca y mi inmenso armario.


—Esto es impresionante —musito a voz baja. Aun no logro salir de mi asombro. Ya quiero tener mi ropa aquí para llenar todos estos lugares vacíos.


—Eres mi esposa ahora, mereces esto y mucho más.


Frunzo el ceño, pero aun así sonrío. Ha dicho algo inesperado y al mismo tiempo dulce.


—No comprendo… ¿Cómo alguien como tu ha vivido en esta inmensa mansión, completamente solo, durante todo un año? —Sí, debo preguntar eso. Es extraño. Tiene más de diez habitaciones y él vivía completamente solo en esta inmensidad.


—Te lo he dicho. Buscaba a la mujer de mis sueños y siempre pensé que esta casa sería perfecta para cuando esa mujer llegara.


—¿Y crees que esa mujer llegará en algún momento? —pregunto con una sonrisa burlona. Pedro se ríe y mira rápidamente hacia el suelo. Suspira y luego regresa su vista a mí.


La forma en la que me mira logra intimidarme. Volteo mi mirada hacia otro lugar y poso sobre el ramo de flores en medio de la habitación, mi atención. Veo el sobre y para distraerme y distraerlo, cruzo el cuarto y leo la tarjeta rápidamente.



“Bienvenida a tu nuevo hogar
Con cariño, tu esposo, Pedro


Me muevo unos centímetros y chillo cuando siento todo su cuerpo detrás del mío. Sus manos rodean mi cintura rápidamente y mi cuerpo gira hacia su dirección. Nos miramos fijamente, puedo sentir su respiración en mi cara, estamos demasiado cerca, huelo el peligro y siento como mis piernas tiemblan.


—Esa mujer ya llegó, eres tú, Paula… —dice en un susurro y me besa a tal modo que es completamente inevitable—. Solo tú…




sábado, 21 de octubre de 2017

CAPITULO 7 (EXTRAS)





Verla con ese impresionante segundo vestido me deja sin habla. Cierro mi boca más de una vez, pero no puedo evitar volver a abrirla. Hay tantas cosas que quiero decirle, tantas cosas que quiero que sepa, pero simplemente sé que todo esto es sencillo. Si digo lo que pienso lo arruinaré, ella se alejará mucho más y no necesito que esté más lejos. Estoy demorando demasiado y todo esto se vuelve ridículo.


—¿Estás lista? —pregunto desde el otro extremo de la suite.


Ella acomoda su cabello frenéticamente buscando algún punto de perfección que ya es más que insuperable. Me muero por decirle que no necesita hacerlo, que así se ve más que perfecta, que es hermosa…, pero sé que no debo hacerlo.


—Siempre estoy lista —me responde secamente.


Intento no sonreír cuando reacciona así, pero no puedo evitarlo. Verla hacerse la difícil y dístate me encanta. Ella es especial, es diferente y ahora es mi esposa.


—Vamos, entonces —le digo, intentando no sonar como si fuese una orden.


Paula Chaves tiene una fina línea en la cual penden sus cambios de humor y en el poco tiempo que la conozco puedo saber que incluso para ella misma a veces es impredecible saber cómo reaccionará.


—No necesito que me des órdenes. Sé lo que tengo que hacer —musita de la manera más despiadada y fría de todas, mientras que se mueve a través de la suite y extiende su brazos hacia el picaporte de la puerta. Su cabello y sus caderas se mueven al compás y tengo que reprimir todos los deseos de tomarla y besarla hasta que toda esa actitud demandante se esfume por completo.


—Bien —respondo acercándome. Intento desviar mi mirada de su cuerpo, pero no lo logro.


—Bien —me responde con los ojos cargados de ira.


—Bien —vuelvo a decir.


Coloco mi mano encima de la suya y por un segundo el contacto visual entre ambos se vuelve más que íntimo. Todo a mí alrededor desaparece. Solo ella ocupa mi campo de visión y es lo más perfecto que he visto hasta ahora.


—No juegues conmigo, Alfonso —advierte con la mirada más severa que he visto hasta el momento. Tira de mi mano hacia un lado y luego abre la puerta de la habitación. Me muerdo el labio para no reír. Ella es…


Sonrío para mí mismo y la sigo por el amplio pasillo hasta las escaleras. En el amplio salón de recepción se oye una canción de Snow Patrol y veo como ella mueve sus labios al ritmo de la canción. Sé muy poco de ella, pero Justin Timberlake y Snow Patrol están en su lista de favoritos… genial… simplemente genial. Aun no tenemos nada en común y comienzo a perder los estribos. Solo quiero encontrar un punto seguro de conexión entre ambos, pero ella cada vez está más lejos.


—¡Paula, espera! —grito corriendo detrás de ella—. ¡Tenemos que bajar juntos! —explico alcanzándola. 


Ella se detiene en seco justo antes de bajar las escaleras y vuelve a acomodar su cabello. Quiero estirar mi brazo y acariciarlo para comprobar que es tan sedoso como lo he imaginado todo este tiempo… Me siento como un completo idiota.


—Apresúrate entonces —se limita a decir.


Distingo como toma las extremidades de su vestido y las eleva hasta su rodilla con una mano, mientras que con la otra se aferra a la pasa manos de las escaleras de mármol. 


Veo el miedo en sus ojos y tengo que ocultar la ternura que siento al verla descender el primer peldaño muy lentamente.


—¿No tenías tacones más bajos? —pregunto frunciendo el ceño. Jamás lo entenderé ¿Por qué usar esa cosa? ¿Para qué soportar dolor?


—Eres mucho más alto que yo. Así que si algo me sucede será tu culpa —me dice tambaleándose. Suelto un suspiro y bajo a su lado lentamente. Al parecer demoraremos horas en llegar si ella sigue a ese paso.


—¿Intentas hacerme sentir culpa? —pregunto con una leve sonrisa.


No hay respuesta por su parte, pero veo la diversión en sus ojos y eso logra entusiasmarme un poco. Si ella se ríe por dentro y se siente bien, entonces yo estaré bien. Quiero que disfrute de todo esto, pero no sé cómo decírselo.


—¡Si sigues así llegaremos a la celebración de nuestra boda, mañana! —me quejo.


—¡Cierra tu…!


Ella se prepara para atacarme, pero la tomo por sorpresa y cargo su cuerpo entre mis brazos. Está sorprendida, más que la primera vez en la que lo hice, pero al notar que sonríe e intenta ocultarlo me siento mejor conmigo mismo. La dejo en el suelo cuando por fin terminamos de bajar las escaleras. Tenerla entre mis brazos de nuevo fue como sentir esa sensación de felicidad extrema de nuevo y que muy pocas veces he vivido. La quiero entre mis brazos, pero no puedo decírselo. Voy a arruinarlo, lo sé.


—Sana y salva, señora Alfonso —murmuro mirando esos increíbles ojos color avellana.


Espero a que me ataque de nuevo o que diga algo, pero simplemente oigo el silencio acompañado por su respiración agitada. No puedo contenerme, ella es… Mis manos aún no han dejado su estrecha cintura y mi cuerpo no puede apartarse del suyo. Me muero por besarla y temo que no sea lo correcto. Hay deseo, sí, ambos lo sabemos, pero por mi parte es mucho más.


—¿Tengo que agradecerte? —murmura acercando su boca mucho más a la mía.


Sé a qué juega, pero este tipo de juego me encanta. Cuanto más cerca este de mí, más seguro de hacerlo estaré. Solo quiero sentir esos labios de nuevo. Ese beso en la ceremonia, ese beso en las fotografías… Son besos, pero sin actuación. Le gusta besarme y a mí me encanta que lo haga.


—¿Quieres que te bese? —pregunto en un leve murmuro tomando por sorpresa a ambos. Es tarde para remediarlo. 


Acabo de decirlo y sé que ella lo sabe.


—No.


—Claro que quieres —aseguro.


Tomo su cuerpo con más fuerza y lo apego por completo al mío. Estamos tan juntos que puedo sentir como late su corazón. Su respiración se vuelve más rápida y veo ese brillo en sus ojos. Es miedo, curiosidad y… deseo.


—Dejame.


—¿Quieres que te bese, Paula Alfonso? —pregunto con dulzura, mientras que sonrío al oírme a mí mismo.


Ahora es mía, lleva mi apellido y no puedo sentirme más que feliz por ello.


Pedro… —murmura con la voz entrecortada, pero es demasiado tarde. Ya no existe distancia entre ambos y aunque su voz me suplica que me detenga sé que ella está luchado para que esto suceda.


—Déjalo ya, Paula —le suplico rozando mis labios con los suyos—. Quieres que esto suceda sin obligación de hacerlo, lo deseas tanto como yo… Dímelo, dime que también lo quieres…


—¡Aquí están! —grita Sallen interrumpiendo el momento. Paula se aparta de mí con brusquedad y forma una hermosa y convincente sonrisa en su rostro, mientras que yo intento recuperarme del momento y la situación—. ¡Tenemos cuatro minutos de retraso! —dice, viendo la pantalla de su agenda electrónica—. Tienen que hacer la presentación en recepción. Solo deben tomarse fotos, saludar y ese tipo de cosas… —explica mientras que nos dirige a ambos por los pasillos del hotel hasta llegar frente a dos grandes puertas blancas.


Las puertas se abren, miro a mi esposa de reojo y veo que se siente abrumada. Intenta ocultarlo. Noto como eleva su barbilla y endereza su espalda, eso lo ha hecho muchas veces y puedo decir que conozco las reacciones de su cuerpo. Tiene miedo y nunca va a admitirlo. Tomo coraje y entrelazo nuestros dedos. Le doy una leve sonrisa para decirle que todo saldrá bien, pero no recibo nada a cambio. 


Ella solo me lanza esa fría mirada y luego sonríe ampliamente cuando todos comienzas a aplaudir y gritar sus felicitaciones. Sé que será una noche larga y sé que tendré que hacer lo que esté a mi alcance para que ella lo disfrute, porque al fin y al cabo yo lo estoy disfrutando demasiado, solo quiero que se sienta feliz. Es nuestra boda y aunque ella no sienta nada quiero verla sonreír, pero de verdad.
Ingresamos tomados de la mano al salón de recepción. 


Todos aplauden sin detenerse y de inmediato la masa de gente cobra vida y los invitados se acercan a saludarnos de nuevo. Puedo sentir el enfado de Paula a miles de kilómetros. Lo noté en la iglesia y ahora es igual. 


No le gusta el contacto con la gente y no puedo culparla por eso. Todos son invitados míos ya que ella se ha negado a invitar a sus allegados. Aún no lo entiendo, pero tengo que esforzarme para que esto no sea demasiado para ella.


Saludo a todos sin soltar de su mano. Ella viene detrás de mí mientras que cruzamos el amplio salón. Se ve incomoda, pero su sonrisa logra convencerlos a todos. Los fotógrafos reaparecen delante de nosotros y rápidamente la gente hace fila para una fotografía. Todo esto es tedioso, tengo que admitirlo, pero debo hacerlo.


—No quiero que me toquen, que me abracen o que me besen, Alfonso —me dice al oído en un murmuro.


La miro de reojo e intento expresarle lo que siento, pero no lo logro. Soy un completo imbécil. Debería de estar abrazándola y diciéndole que todo pasará rápidamente.


—Lo lamento —le digo con sinceridad y noto un dejo de sorpresa en su expresión—. Intentaré que ya no se te acerquen demasiado, ¿de acuerdo?


—Bien.


—Bien —le digo.


—Bien —me responde para tener la maldita última palabra.


Minutos después la pierdo de vista. Todos me rodean y debo de hablar sobre todo tipo de cosas con todo el mundo. La mayoría de ellos me felicitan por mi hermosa esposa y por la gran boda, pero francamente no me importa. Solo quiero verla y saber que no huyó a ninguna parte. Fue un gran reto lo del altar. Juro que hasta el último minuto creí que saldría corriendo y me dejaría plantado, pero…


Me rio por la estupidez que acabo de pensar. Ella jamás haría algo como eso.


Recorro todo el amplio salón con la mirada y no dejo de buscarla. Veo ese brillante cabello al otro lado del lugar y sonrío aliviado. Está hablado con su madre y no parece demasiado contenta. Doy un paso para dirigirme hacia su dirección, pero todo el equipo de futbol de universidad me rodea.


—¡Felicidades, Alfonso! —exclaman todos al mismo tiempo.


— Dónde la tenías escondida todo este tiempo?


—Con todo respeto, permíteme decirte que tu esposa es realmente hermosa —murmura otro de ellos con una sincera sonrisa.


Me siento molesto porque sé que es tan hermosa que provoca que todos la miren, pero por otro lado me hace sentir orgulloso el saber que es mi esposa, que lleva mi apellido y que es perfecta para todo esto…


Vuelvo a mirar en su dirección pero ya no la veo. Recorro nuevamente el lugar y no está aquí. Mis pies se mueven por cuenta propia. Me separo del grupo e intento ser lo más breve y amable con todos los que se interpone en el trascurso. No puedo perderla de un segundo al otro ¿A dónde está?


Me acerco a su padre y coloco mi mano sobre su hombro. Él se voltea en mi dirección e intenta sonreír, pero no logra hacerlo con convicción.


—¿Dónde está? —pregunto en un susurro. 


Me señala la puerta que dirige al jardín y suelto un suspiro. Esto no está bien.


—¿Crees que deba hablar con ella? —pregunto inundado de dudas. Solo quiero verla sonreír, quiero que al menos tome mi mano y no se aparte ni un solo segundo. Tengo que admitir que me siento culpable por todo esto.


—Inténtalo.


Me acerco a la puerta y antes de cruzar el umbral, tomo una rosa blanca que forma parte del arreglo floral que se encuentra a un lado. Miro ese insignificante detalle y luego me regaño a mí mismo por intentar resolver esto con algo tan estúpido.


<< ¿En qué estoy pensando? Ella va a odiarme aún más por interrumpir su espacio>>


No tengo muchas opciones. Iré allí y le diré de una maldita vez todo lo que creo que ocurre. Si lo acepta, bien, y si no lo hace entonces no lo sé, pero tengo que hacer algo. No me gusta verla tan distante, no podré soportar todo esto de esta manera. La quiero conmigo…


Cruzo todo el jardín lentamente. Paula está parada espaldas a mí frente una banca blanca justo al lado de una gran fuente con luces y aguas danzantes. Me oye llegar y rápidamente endereza su espalda para intentar hacerme creer que nada sucede.


—¿Todo está bien? —pregunto en murmuro.


—Sí —responde—. Todo está bien —dice sin siquiera voltearse a verme.


No sé qué hacer. Puedo quedarme a su lado y hablar sobre esto o puedo marcharme y fingir que nada sucede.


—¿Podemos hablar?


Al fin veo eso hermosos ojos en mi dirección y siento una puntada en el pecho al ver el brillo en ellos. Sé que estaba a punto de echarse a llorar y otra vez siento como la culpa me invade.


Me siento en la banca de madera y tomo su mano para que lo haga también. Primero veo que no le agrada que intente sentarla a mi lado, pero cuando lo hace finalmente, su expresión cambia. Estamos más cerca que nunca. Hay una agradable brisa entre ambos que mueve su cabello levemente y la poca iluminación provoca que esos ojos sean como dos faros de luz repletos de emociones que quiero descubrir.


—Es una ofrenda de paz —le digo con voz glacial. Le entrego la rosa blanca y observo como ella frunce el ceño ante mi insignificante detalle.


—¿Por qué estás aquí?


—Porque ahora eres mi esposa y aunque no lo creas, me importas…


—No tenemos nada de qué hablar —me dice secamente.


Su tono dístante se está haciendo costumbre y eso es molesto. No quiero que me odie. Se supone que ambos estuvimos de acuerdo al hacer esto.


—¿Por qué estás aquí, sola?


Me muevo unos centímetros hasta colocarme a su lado. Ella se pone de pie y se cruza de brazos mientras que pierde su mirada en el cielo estrellado encima de nosotros.


—Estoy bien, Pedro —asegura no muy convencida—. Adentro hay mucha gente y solo quería un poco de paz.


Suelto un suspiro y luego me atrevo a colocar ambas manos sobre sus mejillas. Sé que es una locura, sé que estoy tomándome demasiadas atribuciones, pero solo quiero que disfrute de esta noche.


—Seamos amigos al menos por esta noche, Paula. Te lo suplico.


—¿Qué?


—Lo que más quiero es disfrutar de todo esto contigo. Es nuestra noche, es nuestra boda. Es tu momento de brillar y de ser la novia más hermosa de todas. Es tu momento de tomar el control… Eres la razón por la que he hecho todo esto… —Acerco mi boca a la suya y antes de cometer cualquier tipo de locura, inhalo profundamente y siento su perfume. Quiero abrazarla, besarla y cubrirla a besos—. Deja que te bese… —le imploro cerrando mis ojos. Si me rechaza me daré por vencido—. Deja que te bese, Paula…


Sus labios se unen a los míos y tengo que reprimir mis ganas de saltar por todo el lugar. Sonrío sobre su boca, tomo su cintura con una de mis manos y atraigo su cuerpo cerca del mío. Así es como quiero tenerla, quiero que siempre sea así. Sus labios con los míos, su cuerpo cerca, mis manos en su piel…


—¿Amigos por esta noche, mi cielo? —le pregunto cuando ella separa sus labios de los míos y me observa con los ojos abiertos de par en par. Hay un dejo de diversión en mi tono de voz y ella lo comprende de inmediato.


—Amigos solo por esta noche, mi cielo —me responde de manera sarcástica, pero divertida—. Mañana por la mañana volveré a ser la Paula odiosa —aclara.


Esa es la sonrisa que quiero ver en su rostro. Me pongo de pie, la observo unos segundos y luego extiendo mi mano. 


Cuando ella la toma, me muevo con rapidez, la cargo en mis brazos y comienzo a dar vueltas por todo el lugar, y me parto de risa al oírla gritar aterrorizada. Es un momento casi perfecto…


—¡No, Alfonso! ¡No!


—¡Solo disfrutalo!


—¡Mi peinado! ¡Arruinas mi peinado! —grita entre risas—. ¡Alfonso!


Aún no es mía, pero sé que si le demuestro lo que siento, todo tendrá sentido. Es ella…