sábado, 16 de septiembre de 2017
CAPITULO 18 (SEGUNDA PARTE)
En la mañana, me despierto y muevo mis piernas debajo de las sábanas. Pedro no está a mi lado, pero cuando me volteo, lo veo delante del viejo armario, ya vestido con un elegante traje gris. Sonrío ampliamente y hago un sonidito con la garganta para que note que ya desperté. Él se voltea y al verme sonríe como si mi presencia cambiara su humor inmediatamente.
—Buenos días, mi cielo. —dice inclinándose sobre el colchón para besarme.
—Buenos días —respondo algo dormida.
—En una hora debo estar en la oficina, puedes quedarte aquí si quieres.
—De acuerdo —digo besándolo de nuevo.
Él se va, y en la parte de abajo oigo como él y Agatha hablan sin parar. Me pongo de pie y luego busco algo que ponerme, supongo que no será nada extravagante. Sé que estaré aquí durante todo el día, no me apetece ir a la oficina de mi esposo. Busco el vestido color salmón que lo compré solo porque Pedro dijo que me veía bien, me lo pongo y luego peino mi cabello sin demasiado entusiasmo. Estoy tan dormida, que ni siquiera puedo ver bien qué hora es.
Bajo las escaleras lentamente y ellos me reciben con una amplia sonrisa. Me siento en la mesa circular, al lado de mi esposo, y observo el desayuno. No tengo idea que es, pero se ve apetecible. Mi apetito ha cambiado en las últimas semanas y eso me asusta. No quiero ni pensar en la báscula cuando lleguemos a Londres...
—Me encanta como luces ese vestido, cariño —murmura Pedro, colocando su mano encima de la mía.
—Gracias —susurro sonriente. Me inclino y alcanzo sus labios rápidamente. Agatha sonríe y mira hacia otro lado.
Poso mi mirada en el desayuno una vez más y tomo un poco de jugo de naranja.
Más tarde, ayudo a Agatha a juntar todo de encima de la mesa y el teléfono de Pedro comienza a sonar mientras que el recoge su laptop en un rincón. La curiosidad me mata y en la pantalla leo el nombre “Karen”. Pedro corre a responder su llamada e intenta fingir que nada sucede. Yo lo miro de reojo y oigo su conversación repleta de respuestas en monosílabos.
—No es lo que crees, cielo —dice cuando la llamada termina.
—Seguro —respondo con un tono de voz cortante—. Le hablabas y le sonrías la primera vez y ahora te abrumas por su llamada. No tiene sentido.
Él suelta un suspiro y toma mi brazo cuando me dirijo a la cocina.
—Cariño, por favor —implora, buscando mi mirada.
—Olvídalo, Pedro.
Me voy a la cocina y ayudo a Agatha a secar las tazas y vasos con un repasador color anaranjado. Ella parece incomoda, pero no dice nada ni despega sus ojos de lo que está haciendo.
Pedro se coloca detrás de mí y me abraza por la cintura en un vago intento por resolver la estúpida situación, pero no dejo que funcione.
—Déjame tranquila —le digo con sequedad.
—¿Nana, puedes darnos un momento? —cuestiona con dulzura.
Ella le sonríe y, sin más, se va al primer piso, dejándonos completamente solos. Me zafo del agarre de Alfonso y finjo que su presencia no me afecta. Él besa mi cuello levemente y acaricia mis caderas con las yemas de sus dedos.
—¿Estás molesta?
—No.
—Claro que estás molesta.
—Date prisa o llegarás tarde. Ella está esperándote.
—¿Celosa, señora Alfonso?—cuestiona con una sonrisa burlona.
Me libero de todos sus agarres y giro en su dirección para que estemos frente a frente.
—No juegues conmigo, Alfonso. ¡Estoy molesta! —admito de mal humor y mala cara.
—No tienes por qué estar molesta, cielo.
—Dijiste que no debía preocuparme, que ella no era nada de lo que yo creía, pero te llama al celular y lo peor de todo es que vas a verla.
—Trabajamos juntos —se excusa.
—Aun así, no me agrada. ¡Pero ve! ¡No voy a impedírtelo! Haz lo que quieras, yo me quedaré aquí, sola, enojada y...
—Estás exagerando.
—¡Claro que no! —chillo completamente ofendida.
—Ven conmigo, entonces —me pide, tomando mi mentón con delicadeza—. Ven a la empresa, acompáñame, la conocerás y verás que no es como tú crees.
—Lo dices solo para salvar el momento —me quejo.
Intento zafarme una vez más, pero me carga en brazos y deposita mi cuerpo en la mesada de cerámica. Rodea su cadera con mis piernas y apega nuestras frentes. Nuestras respiraciones chocan y sus ojos miran los míos fijamente, mientras que nuestros labios se rozan.
—No quiero que te molestes conmigo, Paula. No quiero que arruinemos estos momentos tan lindos por causa de detalles insignificantes —Su mano deja mi cadera y sus dedos se posan en mi mejilla—. Acompáñame al trabajo, por favor —dice, besando mis labios. Cierro los ojos y, rendida, coloco mis manos en su nuca—. No te molestes, solo te quiero a ti, no hay nadie más...
Muevo mis labios sobre los suyos y percibo como todo el enfado comienza a esfumarse rápidamente. Ahora ya no estoy molesta, bueno, no tanto.
—Iré a cambiarme de atuendo —murmuro, embriagada por su beso.
—De acuerdo, cariño. Ponte más hermosa. Hoy todos conocerán a mi preciosa Paula...
—Hoy todos conocerán a la Señora Alfonso—aclaro.
—Sí, eso también...
Por fin logré encontrar un atuendo indicado. Pedro estuvo llamándome y marcándome los minutos sin parar. Eso me estresó un poco, pero ahora que el resultado ya está finalizado y excelente, me siento más tranquila.
Escogí un vestido negro, ajustado al cuerpo, muy fiel a mi estilo. Un bléiser blanco con mangas hasta los codos, un cinturón brillante como complemento, pulseras en ambas manos, un bolso estilo sobre color rojo, para contrastar con el look, y tacones negros. Dejé mi cabello suelto y forme algunas ondas en él para darle más volumen. Me coloqué un anteojo oscuro y luego me apliqué brillo labial.
Estoy lista. Hermosa, sensual, elegante y perfecta. Todo lo que Pedro y los demás esperan ver en la esposa y dueña de todo ese inmenso imperio.
—Cariño... —Llama Pedro al pie de la escalera. Pongo los ojos en blanco y salgo del cuarto. Al verme, su boca se abre levemente y sus ojos recorren mi cuerpo de pies a cabeza.
Le encanta, lo sé.
—Acabo de excitarme por completo —susurra sorprendido.
Me acerco a él y luego de soltar una leve risita por causa de su comentario, tomo su mano con seguridad y firmeza, para llevarnos hacia la salida.
Nos despedimos de Agatha y nos dirigimos hacia el coche de Pedro, estacionado en la parte delantera de la pequeña casita. Mi perfecto esposo me abre la puerta y antes de que pueda introducirme en el vehículo, palmea mi trasero y me roba un beso. No dejo de reír, es un tonto, no sé por qué se comporta así, pero las cosas están funcionando bastante bien. Ahora solo quiero llegar a las oficinas de AIC y que él me presente delante de todos como su perfecta y hermosa esposa. Quiero dejarle muy en claro a cada una de las mujeres de ahí que él es mío, completamente mío y de nadie más.
—¿Lista, cariño? —pregunta antes de encender el motor.
Me coloco los anteojos de sol, me volteo a verlo y sonrío.
—Siempre estoy lista, cariño.
viernes, 15 de septiembre de 2017
CAPITULO 17 (SEGUNDA PARTE)
Acabamos el postre y luego hablamos por unos pocos minutos hasta que a Agatha se le escapa un bostezo debido al sueño.
—Ve a descansar, nana. —dice Pedro, colocando su mano en el hombro de ella—. Paula y yo nos encargaremos de limpiar todo eso.
¿Qué? ¿Limpiar?
Sonrío ampliamente. No debo parecer alarmada en ningún momento. De verdad quiero que esta idea funcione pero sé que no lo hará.
—Como creen, yo limpiaré esto —insiste tomando un plato.
Coloco mi mano en su brazo para detenerla. Es impulsivo y no puedo controlarlo, pero le sonrío como disculpa. Por primera vez quiero hacer algo más.
—Nosotros estaremos bien. Ve a descansar, todo quedará reluciente.
Espero que Pedro sepa cómo hacerlo porque no tengo idea de cómo lavar un plato. Jamás he hecho algo así.
—Buenas noches, tesoro —saluda Agatha con un beso en mi mejilla, cuando se da por vencida. Me da un leve abrazo, se despedirse de su niño adorado, sube las escaleras de madera, que crujen debajo de sus pies, y cierra la puerta.
Pedro se pone de pie y como si nada comienza a recoger los cubiertos sucios, todos en su mano derecha. Lo miro extrañada durante varios segundos hasta que por fin pone su atención en mí.
—Esto sí que es inesperado —murmuro por lo bajo.
—Vamos, cielo. No será difícil, solo tienes que poner los platos uno encima del otro y llevarlos a la cocina.
Pongo mala cara. No puede estar hablando enserio.
—Conozco el proceso, Pedro.
—Entonces lo harás bien, cariño.
Me pongo de pie con frustración, y con cuidado de no ensuciarme, pongo los platos uno encima de otro y los dejo sobre la mesada. Hago lo mismo con los vasos y demás, hasta que la mesa queda perfectamente vacía. Pedro me espera con una esponja color salmón entre sus manos y un líquido verde.
—Ven, cielo.
Doy un par de pasos y me posiciono frente al fregadero de metal con la mesada de cerámica. Pedro se coloca detrás del mí, provocando que me excite rápidamente cuando noto su erección.
—Mis manos se van a ensuciar.
—Claro que no —Se ríe levemente.
—Estropearé mis uñas —afirmo en un leve lloriqueo de niña de dos años.
—No te preocupes por eso, mi cielo —Acaricia mis húmedas manos con las suyas y acto seguido, besa mi hombro con dulzura—. Verás lo hermoso que puede ser lavar la vajilla de esta manera.
—No sé hacer esto.
—¿No quiere que le enseñe, señora Alfonso?
Su voz sensual y dulce sobre mi oído hace que pierda la razón. Sus manos dirigen las mías en cada movimiento, como si fuese su marioneta, como si él fuese mi sombra, pero no me importa, de hecho, me asusta que lavar la vajilla sea algo tan agradable.
Coloca el gel espeso en la esponja y luego abre el grifo para mojar ambos objetos con el único fin de que se fusionen.
Comienza a hacer efecto y la espuma cubre el primer plato. Pedro entrelaza nuestros dedos y juntos damos tres vueltas circulares sobre el plato blanco hasta que ya no hay rastro alguno de suciedad. Hacemos lo mismo con el otro lado y enjuagamos la porcelana. Cada movimiento, cada roce... Pedro está ahí en todo momento, no se despega de mí.
Cierro los ojos y dejo que me dirija, haré lo que sea que me pida, con él todo es posible. Es impresionante como un acto tan casero y para nada especial, puede convertirse es esto.
Es mágico, diferente y me hace sentir bien. No solo estoy lavando un plato, sino que también, le digo a mi esposo lo que siento, sin siquiera abrir la boca.
—Me gusta esto —admito cuando terminamos con el último vaso sucio.
—A mí me gustas tú, Paula. Haría cualquier cosa por tenerte así, conmigo, todos los días.
—No soy buena ama de casa —arrullo con una sonrisa.
Pedro besa mi mejilla y luego enjuaga mis manos con agua tibia.
—Eres una excelente esposa, no te pido nada más.
—Creo que ya está limpio —susurro con una sonrisita al ver que todo está impecable.
—Ya está. No fue tan difícil.
—Lo haré de vez en cuando, ya sabes, para no olvidar como se hace —Me encojo de hombros.
Él se ríe, seca sus manos, me carga en sus brazos e, instantáneamente, rodeo su cuello con mis brazos. Nos besamos y dejo que me lleve a la habitación de invitados.
Las escaleras siguen crujiendo y siento terror de solo pensar que puedo hacerme daño, pero él jamás dejaría que eso suceda, lo sé.
Me deposita sobre la cama, que comparada con la mía, me resulta demasiado pequeña e incómoda. Entenderé la situación y seré comprensiva solo por hoy y solo porque se trata de alguien especial para Pedro.
Él se quita rápidamente el abrigo y la camiseta, y me mira con dulzura.
—Ven, te ayudaré a desvestirte.
Me pongo de pie, él se acerca, me la quita la blusa y luego el sostén por encima de la cabeza como si fuese una pequeña niña. Lo miro y él a mí, lo hace de esa forma me pone nerviosa y excitada. Está observando mis pechos y veo como traga un nudo que se aprisiona en su garganta.
Su cabeza se mueve sin que pueda premeditarlo. Me toma de la cintura y besa mi seno izquierdo, justo encima del pezón. Sonrío y luego él repite la misma acción con el otro.
Siento que la desesperación me invade y, de repente, hace demasiado calor en la habitación.
—Pedro, no hagas eso —le digo con la voz ronca—. No podremos detenernos y no estamos en un hotel —advierto a duras penas. Yo me muero por hacerlo, pero sé que por primera vez debo ser la Paula correcta, la que jamás he sido.
—De cuerdo, mi cielo.
Después, desabrocha mi pantalón y hace que descienda rápidamente por mis piernas. Le sonrío como agradecimiento y me quito los zapatos. Pedro corre hacia la pila de maletas y saca mi camisón de seda blanco, el mismo que usé una vez para seducirlo en su despacho y Barent nos interrumpió en el mejor momento.
—Ese camisón no me trae buenos recuerdos —digo, señalando la prenda con el dedo. Pedro chasquea la lengua y frunce el ceño.
—Ya le daremos otro significado —asegura. Camina hacia mí, hace que levante los brazos y me viste rápidamente. La tela suave se resbala sobre mi cuerpo mientras que él marca el contorno de mi cintura con sus dos manos y luego me besa en los labios.
—Me daré un baño y regresaré enseguida.
—Bien —respondo.
Minutos más tarde, oigo como la ducha del pasillo se abre y el agua comienza a correr. El celular de Pedro comienza a sonar sobre la mesita de noche y dudo un par de veces en contestar o no. Estiro el brazo y miro la pantalla en donde la palabra “Desconocido” llama demasiado mi atención. No sé qué hacer. No debo de responder, con él jamás hemos pasado esta barrera. Mi celular es solo mío y su celular es solo suyo. Nunca tuve inconvenientes y tampoco me sentí paranoica por leer sus correos o ese tipo de cosas.
No voy a comenzar ahora. Sería ridículo.
El tiempo de llamada se termina y ahora lo único que puedo ver es una hermosa fotografía, de ambos en el crucero, como fondo de pantalla. Deslizo mi dedo y veo las aplicaciones del aparato. Lo básico, nada complicado. En vez de esos cientos de programas de juegos y redes sociales solo puedo ver aplicaciones sobre balances, acciones, la bolsa, el mercado de compra mundial y todo eso. No puedo evitar sonreír. El teléfono es muy Pedro.
Pulso la aplicación de imágenes e, instantáneamente, cientos de ellas se posicionan en cuadricula delante de mis ojos. Las abro y comienzo a verlas una por una. Son todas fotografías de nosotros dos. Ya sea abrazándonos, besándonos o simplemente posando para la cámara. No dejo de ver mi sonrisa en cada foto, sé que es real, sé que es auténtica.
No me canso de pasar imágenes. Todas son de nuestra luna de miel, pero hay muy pocas fotografías de paisajes, yo acaparo la memoria del celular casi por completo.
Me detengo al ver las sensuales fotos que él me tomo completamente desnuda en la cama de un hotel, son fotos muy buenas, además de que yo salgo hermosa en todas ellas, claro.
Llego hasta la parte de fotografías más viejas. La fecha es de hace más de siete meses atrás. Nunca había husmeado en su celular y ahora me siento realmente repleta de curiosidad por saber que tiene aquí dentro.
Hay fotos con Laura, con sus hermanas, algunas con Stefan en partidos de futbol, otras en la empresa, en su oficina, amigos que no tengo idea quiénes son y esas cosas. Pero al seguir bajando una carpeta llamada “Paula” llama mi atención. Veo imágenes y también videos de no más de treinta segundos.
Me quedo con la boca abierta más de una vez. Es decir, esto es completamente extraño y hace que me sienta muy desconcertada. Son cientos y cientos de fotos mías tomadas sin que yo lo supiera. Miles de ellas en nuestra habitación, en la cama, ¡cuando dormía! Otras en mi probador, vistiéndome para otro día de compras y hay otras en las que me veo, ¡casi desnuda!
Oh, por Dios.
No puedo creerlo.
Esto sí que me ha tomado por sorpresa. Fueron fotos de cuando nos llevábamos realmente mal. Mi cabello seguía siendo un poco más corto y mis vestidos eran diferentes a los que suelo usar ahora.
Abro uno de los videos, solo dura diez segundos y estoy acostada en la cama, profundamente dormida, Pedro acaricia mi mejilla y dice “Eres realmente hermosa”.
—¿Qué sucede aquí? —me digo a mi misma en un leve murmuro—. Oh, mi dios...
Me cubro la boca para no gritar, cuando veo una foto de Pedro completamente desnudo. ¿Qué? Me quedo en shock. No dejo de ver la pantalla ni un solo segundo. Es una fecha reciente. Tiene solo dos meses. Es decir… se me hace agua en la boca. Esta así, desnudo, completamente desnudo y posa para la cámara, es una fotografía completamente intencional.
No sé si reír o llorar. Esto es desesperante, pero me siento completamente irradiada de felicidad y curiosidad. El hombre tímido y tranquilo no lo es tanto después de todo.
¡Oh, mi Dios!
Doy unos saltitos sobre el colchón y luego dejo su celular en el lugar que estaba. Nada sucedió aquí.
Él aparece en la habitación, minutos después, solo con una toalla envolviendo sus partes privadas y exclusivas para mí. No puedo creer que acabé de ver lo que vi. Lo miro y suelto una leve carcajada. No podré ocultarlo por mucho tiempo.
—¿Qué sucede? —pregunta, pasándose la toalla de mano el cuello para secar las gotas de su cabello mojado.
—A mí, nada —respondo mostrándole los dientes—. ¿A ti te pasa algo?
Sé que soy buena actriz, pero el notará que algo más sucede. Y, ahora que lo pienso, verlo así, de esa manera, desnudo, mojado y ardiente, hace que me excite de nuevo.
Mierda, esto se saldrá de control. Creo que acabo de perder el control, en realidad.
Me pongo de pie y camino en su dirección. No puedo apartar mis ojos de sus bíceps, su pecho... Esto será interesante. Coloco mi mano sobre sus abdominales y le sonrío con malicia.
—Tu móvil sonó una vez —le digo en un susurro—. Era un número desconocido, pero no contesté.
—¿Desconocido?—pregunta uniendo las cejas de su frente en una línea, a causa de la confusión.
—Así es.
—Qué extraño. Jamás llaman a esta hora y menos si es un número desconocido, cariño.
Muevo mis dedos por el contorno de sus hombros y le doy un ligero besito en la comisura de sus labios. Tengo que provocarlo para que el juego comience. Tal vez, no tengamos sexo, pero puedo hacer algo más. Mañana pensaré en algo, pero ahora solo quiero arrodillarme delante de él y saborearlo. Esa fotografía me excitó demasiado.
—Estaba viendo algo y sin querer encontré una fotografía tuya —le digo, fingiendo estar arrepentida.
Su rostro se pone pálido de inmediato y sus ojos se abren de par en par. Lo tomé por sorpresa, nunca tenía que haber visto eso, según él, ya lo entiendo.
—¿Qué? —dice con el tono de voz apenas audible—. ¿Hablas enserio?
No puedo evitarlo y suelto una risita. Tomo su celular de la mesita de noche y vuelvo a buscar la fotografía. La abro y se la enseño. Él parece avergonzado de verdad y… molesto.
—¡No, Paula! —espeta, quitándome el teléfono de las manos—. Mierda ¿En qué estaba pensando? Se supone que tenía que haber borrado esto, yo... iba a ser mi venganza por la fotografía que me enviaste cuando me fui de viaje, la tomé para ti, pero… no…
El nervosismo y la dificultad con la que trata de explicarme que sucede, me hace sentir ternura. Él es algo tímido y que lo haya hecho, significa mucho para mí. Al fin comienzo a inducir maldad en él.
Le quito el teléfono de las manos y rodeo su cuello con mis brazos.
—Me encanta la fotografía, tu cuerpo, me encantas por completo, cariño —siseo, atrapando sus labios entre los míos y me acerco más para sentir su erección oculta y lista para mí debajo de la toalla.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta frunciendo el ceño.
Bajo mi mirada hacia la toalla color azul oscuro y luego poso mi mano encima de su erección. Jalo de la tela y libero su miembro que salta a la vista automáticamente. Se ve completamente delicioso.
—¿No quieres que me ponga de rodillas, cariño?
—Paula, no es… —dice a medias, coloco mi dedo sobre su boca y lo miro fijamente.
—Voy a hacerlo, quiero hacerlo —aseguro—, pero no debes hacer ruido alguno.
—Paula...
—Cierra la boca.
Me pongo de rodillas sin apartar mis ojos de los suyos. Veo pánico en su mirada, pero realmente no sé por qué. No estoy haciendo nada malo y aún no logro comprender del todo por qué no quiere que haga esto. A todos los hombres les gusta y sé que soy excelente haciéndolo.
Humedezco mis labios con la lengua y luego lo introduzco hasta la mitad. No podré meterlo más en el fondo, mi boca es pequeña y felizmente su miembro no lo es. Lo oigo gruñir y sé que le gusta. Estoy haciendo un buen trabajo…
Él coloca su mano delicadamente en mi pelo y dirige alguno de mis movimientos. Ahora nada me importa.
Lo siento por Agatha, pero, esta vez, ambos perdimos el control…
CAPITULO 16 (SEGUNDA PARTE)
Miro el reloj de la sala una y otra vez. Las galletas están frías encima de la mesada de la cocina y la televisión sigue con su aburrida programación de noticias en alemán que no logro entender algunas cosas. Miro mi teléfono, pero no hay mensajes, ni llamadas ni correos. Estoy comenzando a desesperarme. Ya son más de tres horas sin verlo y comienzo a asustarme. Algo está sucediendo y no sé qué es. No puede demorar tanto en recoger unos papeles o lo que mierda sea que tenga que hacer.
—Relájate, tesoro. Ya vendrá —dice la nana de mi esposo despreocupada. Se sienta a mi lado con otra taza de té y me la ofrece amablemente.
—No, gracias —respondo.
Estoy comenzando a temblar mientras que dejo que toda la preocupación me invada por completo.
—Ve arriba, toma un baño y luego ponte cómoda.
Prepararemos la cena y él vendrá.
—No creí que me dejaría sola por tanto tiempo.
—Solo han sido unas pocas horas —se levanta, deja la taza de té en la mesada y se voltea a medias para verme—. No te preocupes.
Me doy un baño y luego de buscar en mis tres maletas, escojo algo no muy llamativo para ponerme. No me siento en condiciones de arreglarme si no iremos a ningún lugar especial. Tomo unos pantalones de jean, una camiseta de algodón y unas zapatillas. Es extraño que las haya escogido como parte de mi guardarropa diario durante el viaje, pero al menos no me siento incómoda. Hago una cola alta en mi cabello y me coloco un poco de crema en los brazos y en la cara. Hoy no necesito maquillaje. No es nada especial.
Además, seguramente, aprenderé a cocinar algo, no estropearé más Valentinos.
Bajo las escaleras y veo a Agatha en la cocina a punto de preparar algo.
—¿Qué cenaremos?
—Ven —me indica que me coloque a su lado—. Te enseñaré a preparar un delicioso platillo, a Pedro le encanta y es fácil de hacer. Si te sale bien, tendrás muchísimos puntos extras a tu favor.
Suelto una risita y luego me coloco el delantal rápidamente.
—Te aseguro que con Pedro tengo millones de puntos a mi favor.
Ella suelta una gran carcajada y luego niega levemente con la cabeza.
—De acuerdo, te daré la razón.
Agatha me explica que haremos y como lo acompañaremos.
Prepararemos Knodel y por lo que pude entender, es un platillo principal preparado con patatas y carne. Luego, me enseña a hacer Sauerkraut. Un tipo de col picada y fermentada con agua y sal que se utiliza para acompañar todos los platillos que se le puedan ocurrir a alguien. No sé cómo resultará todo esto, pero si a Pedro le gusta, será mejor. Todo me sale perfectamente bien.
***
—Acabamos, Paula —dice emocionada. Sonrío ampliamente y luego la ayudo a poner la mesa.
Todo tiene que lucir perfecto. Sé que en el interior estoy algo molesta por la falta de respuestas a mis preguntas, pero sé que no servirá de nada pelearme con Pedro por asuntos de su trabajo. Tengo que acostumbrarme a compartirlo con el mundo, al menos un poco.
A las ocho de la noche, Pedro regresa a la casa. Su coche se detiene en la entrada y sus pasos hacia la puerta, me alertan de que ya esa aquí y está solo. No habrá sorpresas.
Miro la mesa con la cena y dejo que su nana lo reciba. No sé cómo debo actuar. Parecer feliz y besarlo hasta que tengamos una conversación en privado en la habitación, o ponerle mala cara desde ahora para advertirle que estoy muy molesta.
Él entra a la casa, besa a su nana en la mejilla y yo pongo los ojos en blanco mentalmente al ver que trae un ramo de rosas rojas entre sus manos. Intentará convencerme, pero no lo logrará. Me cruzo de brazos. Él inspecciona mi sencillo atuendo cuando se pone delante de mí, luego sonríe y me besa en los labios. Ya es tarde, me doy por vencida. Me conquistó de nuevo.
—Te ves realmente hermosa —dice, acariciando mi mejilla.
Me entrega las rosas y besa mis labios.
—Estoy algo molesta de todas formas —murmuro, evadiendo su mirada—. No lograrás hacerme desenfadar con tus encantos.
—No tienes por qué estar molesta, cariño —Toma mi mentón entre sus dedos y hace que lo mire directo a los ojos.
No puedo resistirme, me hechiza nuevamente, pierdo todos los estribos. Tomo el cuello de su camisa y lo jalo hacia mí para besarnos desesperadamente. Lo quiero, lo anhelo, lo deseo aquí y ahora, pero sé no podremos hacerlo. Mierda, lo necesito más que a nada.
Su nana tose fingidamente y ambos nos separamos. No quiero alejar sus labios de los míos, pero debo de hacerlo.
Este es uno de los momentos en los que más deseo estar en la habitación de un hotel y no en este lugar, en donde vive su nana, que es casi como su segunda madre.
—¡Paula preparó la cena, mi niño! —exclama Agatha para disipar la excitación que opacó el lugar.
—¿Preparaste la cena? —pregunta extrañado.
—Sí, lo hice por ti —admito en susurro.
—Oh, cariño… —Se queda sin habla por un segundo, y me abraza. Se siente culpable y me encanta—. Lo lamento, cielo. Tenía cosas que hacer.
—No importa, le empresa es más importante que tu esposa. Lo entiendo.
Sus ojos se abren de par en par y noto ese miedo y esa desesperación en su mirada.
—Paula…
—Solo bromeo. Ven, vamos a cenar —me rio, tomo su mano y lo llevo a la mesa.
El primero en probar lo que hice es Pedro. Me siento demasiado nerviosa. No sé cómo sabrá todo lo que hicimos y tengo miedo. Esto es un desafío, jamás hice algo así y las primeras veces me dan terror. Si no sabe bien, me sentiré demasiado decepcionada y molesta. Y Agatha será la culpable.
—¿Qué tal está? —cuestiono rápidamente cuando prueba un poco de Knodel.
Parece saborearlo por unos segundos. Su rostro no refleja nada, así que no puedo saber con exactitud como sabe la comida. Agatha examina la situación con diversión en sus ojos y eso solo produce que me sienta mucho más nerviosa que antes. Todo lo hago bien, pero cocinar jamás fue lo mío, así que no me puedo sentir segura.
Suelta el tenedor sobre la mesa y me mira fijamente. La manera en la que lo hace produce un retorcijón en mi estómago. No sé qué es, pero me desconcierta.
—Está completa y exquisitamente delicioso, mi cielo —asegura con una sonrisa. Mis músculos se relajan y vuelvo a respirar con normalidad.
—¿Enserio?
Se acerca y me roba un beso. No necesita decir más nada.
Lo hago todo bien.
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