miércoles, 20 de septiembre de 2017

CAPITULO 32 (SEGUNDA PARTE)





Como todas las mañanas, abro los ojos y veo a Pedro a mi lado. Tiene sus brazos envueltos alrededor de mi cintura y, si lo miro atentamente, puedo ver como una leve sonrisita se oculta tras sus labios. ¿Acaso se durmió sonriendo?


Muevo mis manos hacia su cara y acaricio su mentón.


—Te amo, Pedro Alfonso —murmuro levemente para mí misma y contemplo cada centímetro de su rostro. Es muy placentero verlo dormir. Sé que está algo cansado y quiero que siga durmiendo.


Miro el reloj de mi teléfono celular, aún es algo temprano. 


Visitaremos a mi padre para darle la gran noticia sobre Pequeño Ángel y luego cada quien hará sus rutinas habituales. Muero por ver la cara de papá, sé que él jamás se imaginará que sucede, pero estoy completamente segura que será la mejor sorpresa que le han dado en toda su vida.


Beso a mi esposo en los labios y, con mucho cuidado, intento desenredarme de sus brazos que se aferran a mi cuerpo. Me pongo de pie y corro al baño. Necesito relajarme, necesito verme bien y necesito sentirme bien. Solo un baño de burbujas puede resolver esto.


Coloco música en mi teléfono celular, mientras que espero a que la tina con hidromasaje esté llena. Hay olor a rosas y a lavanda en todo el baño, el vapor comienza a colmar las paredes, y ahí estoy yo, mi reflejo frente al inmenso espejo. 


Esa mujer solitaria, vacía y descortés ya no está.


Ahora soy otra persona, me siento como otra persona totalmente diferente. Ya no hay ni una sola máscara, no hay facetas, ni disfraces, soy solo yo, solo Paula, por primera vez
en todo este tiempo, realmente me siento yo. Soy quien quiero ser y todo esto es gracias a Pedro.


Sé que si él no se hubiese cruzado en mi camino, mi vida no sería lo que es actualmente, sería mucho peor. ¿Cómo he estado toda una vida sin conocerlo? ¿Cómo he podido soportarme a mí misma durante todo este tiempo? ¿Cómo hice para no ser quien siempre quise ser? Nadie puede responder a eso, ni siquiera yo, pero ahora todo es muy diferente.


Voy a ser madre… Nada mejor me puede pasar.



*****

Salgo de la tina, apago la música de mi celular y luego de envolverme en la bata de baño, me dirijo hacia mi armario. Tengo que vestirme como lo hago siempre. Si no me coloco tacones, papá sospechará que algo extraño sucede y eso podría arruinar mi sorpresa.


Rebusco entre los cientos de vestidos que tengo, pero ninguno logra llamar mi atención por completo. Hoy no quiero vestir de negro, no quiero maquillarme como lo hago siempre y tampoco quiero usar el peinado de siempre. 


Quiero cambiar, me siento diferente y quiero que los demás lo noten. Sé que tengo algunos vestidos de colores, pero no tengo idea de adonde están. ¿Dónde demonios los metí?


Comienzo a mirar a mí alrededor. En la parte superior de la tienda individual, hay cubículos, repletos de cajas que contienen ropa, zapatos, sombreros y ese tipo de cosas, que solamente suelo utilizar en ocasiones especiales. Sé que esos vestidos deben estar por algún lado.


—¿Qué haces? —pregunta Pedro a mis espaldas, tomándome de la cintura.


Me estremezco y doy un leve saltito por el susto. Suspiro y luego me volteo en mi dirección. Acaba de despertarse, solo trae su ropa interior y el cabello sumamente alborotado.


Pedro, me asustaste —confieso, colocando la mano en mi pecho. Él sonríe y luego besa mis labios castamente.


—Buenos días, señora Alfonso.


—Buenos días —Coloco ambas manos detrás de su cuello.


—¿Qué hacías?


—No tengo nada que ponerme —aseguro frunciendo el ceño.



Si, sé que tengo un armario repleto de ropa, pero, aun así, no tengo nada.


—Frase típica de mujeres —me responde con una sonrisa traviesa—. Te llevaré de compras el fin de semana, si quieres.


—Claro que quiero —digo velozmente.


Acerca sus labios a los míos y me besa.


—Aún no le he dicho buenos días a mi Pequeño Ángel —Me mira fijamente, mientras que mueve su mano y la deposita sobre mi vientre.


—Dile buenos días, entonces —lo reto con una sonrisa.


Pedro se acerca mucho más a mí, toma ambas puntas del cinturón de mi bata de baño y desenlaza en moño de ella. 


Luego, aparta la bata hacia un lado y se agacha lentamente, sin apartar su mirada de la mía, es una conexión irrompible. 


Su cara queda a la altura de mi vientre y sus labios se posan sobre el de manera inmediata. Cierro los ojos con fuerza, esa sensación de sus labios con mi piel, es arrasadora de todos mis sentidos. Coloco mi mano detrás de su cabeza y acaricio su cabello.


—Buenos días, Pequeño Ángel.


—Creo que debe estar diciéndote buenos días —aseguro con una inmensa sonrisa.


Pedro besa mi vientre nuevamente y se pone de pie. Ahora estamos cara a cara, él es más alto que yo, pero tengo acceso a su mentón y a la comisura de mis labios. Él coloca ambas manos en mi cintura y atrae mi cuerpo al suyo, como si fuésemos dos imanes, no podemos estar lejos el uno del otro.


—Dime que me amas, Paula Alfonso —me pide, juntando su frente con la mía.


Acaricio su mejilla y su espalda. Mis manos se mueven inquietas, deseosas por tocarlo por todas partes.


—Te lo dije cuando desperté, te lo digo cuando te duermes antes que yo… Te amo todo el tiempo, Pedro



*****


Me levanto de la cama y esta vez Pedro no me retiene. He perdido tiempo valioso, que podía haber aprovechado para vestirme y producirme, pero como soy una débil, me dejé conquistar y seducir, me entregué a él de nuevo y no me preocupé por buscar mi atuendo o por secar mi cabello mojado, que humedeció las sábanas de la cama.



—¿Puedes bajar esa caja por mí? —pregunto antes de que entre al baño para darse una ducha.


Él se acerca rápidamente, estira sus largos brazos y toma la caja que le pedí. La coloca sobre le mesa de vidrio y al abrirla, veo uno de mis vestidos de novia.


—Caja equivocada —Hago una mueca.


Él observa el interior de la misma y toma mi vestido número dos. El que utilicé para la recepción de la boda. Bordado en encaje, corte sirena y una pequeña cola. Sé que le encanta ese vestido, sé que todos mis vestidos lo volvieron loco ese día.


—No recuerdo en que caja guardé algunos vestidos —digo a modo de disculpa.


Él acaricia la tela de la prenda y me mira fijamente.


—Estabas muy hermosa ese día —sisea con la mirada perdida en algún lugar, como si estuviera recordando segundo a segundo todo lo que sucedió entre nosotros aquella larga noche en donde solo nos peleamos por idioteces sin sentido.


—Tú estabas demasiado insoportable, ese día —afirmo con una sonrisa a medias.


—Aunque no lo creas, el día de nuestra boda fue uno de los más felices de mi vida.


—Ese día me hiciste enojar más de la cuenta —le recuerdo, debido a todas las idioteces que hizo solo para molestarme y, lo peor de todo, podía ver como lo disfrutaba.


—Fue divertido —confiesa con una pícara sonrisa.


Muerdo mi labio inferior y golpeo su hombro levemente. Sé que lo disfrutó y sé que yo también lo hice, aunque nunca lo confiese del todo.


Me roba un beso y luego seguimos bajando cajas que tienen todo tipo de ropa y accesorios, hasta que por fin encontramos la que está repleta de vestidos de diversos colores. Pedro frunce el ceño, sé que para él es extraño ver todo esto, nunca se los enseñé y tampoco me los puse, pero me siento diferente y quiero un cambio. Estoy algo harta del negro.


—¿Qué color te gusta? —cuestiono mientras que observo dudosa la gran variedad de verdes, celestes y rosas que hay en la caja.


—El rosa pastel —me responde rápidamente.


Tomo la prenda entre manos y lo coloco encima de mi cuerpo para visualizar como se vería en mí. Pedro me da su aprobación, mira el reloj de la pantalla de mi celular, me besa y corre al baño. Tal vez, si él no me hubiese seducido, no estaríamos demorados.



—Vístete, preciosa. Me daré un baño y visitaremos a tu padre —grita desde la ducha.








CAPITULO 31 (SEGUNDA PARTE)





Abro los ojos cuando sé que mi pequeña siesta se acaba. 


Estoy en brazos de Pedro, el único lugar en el mundo en donde quiero estar siempre. Me sonríe y yo le devuelvo el gesto. Muevo mis piernas debajo de las sábanas para sentir esa deliciosa suavidad y luego elevo mis brazos hacia arriba para apartar todo ese sueño, producto de la siesta pos sexo dulce y tierno con Mi esposo.


—Te amo —me dice acariciando un mechón de mi cabello.


—También te amo —respondo con la voz adormilada. 


Acaricio la leve mata de bello de su pecho y luego beso uno de sus bíceps.


—Pedí que prepararan la cena para ti —me informa acercándome más a su cuerpo.


—No tengo hambre —le digo a modo de protesta—. La verdad es que con los cupcakes que comí, debería de ayunar todo un mes para no subir de peso.



Frunce el ceño y me mira con mala cara. Ups, creo que dije algo que no debí decir.


—Escúchame bien, señorita —me advierte, señalándome con un dedo—. Te diré una sola cosa.


Pedro


—Comerás las tres comidas importantes del día quieras o no, Paula. Se acabaron las dietas, lo ayunos y todo ese tipo de cosas. Tenemos un bebé que alimentar y un cuerpo flacucho y débil que necesita de vitaminas, minerales y, sobre todas las cosas, hierro —murmura, intentando no olvidarse de nada. Lo miro desconcertada y no puedo evitar soltar una gran carcajada al oírlo decir eso.


—¿De dónde has sacado eso?—pregunto conteniendo más risas. Hasta parece mi doctor.


—Internet resulta ser muy útil —confiesa. Me rio de nuevo y beso su mejilla. Es un padre sobre protector y, sobre todo, emocionado. Tendré que acostumbrarme a este tipo de tratos.


—¿Que pediste para mi cena? —pregunto, sentándome en la cama.


—Sopa de vegetales, ensalada con muchos vegetales, jugo de naranja natural, agua y un plátano.


Lo miro sorprendida. No puede hablar enserio.


—¿Un plátano? —cuestiono confundida.


—Pequeño Ángel necesita hierro, potasio, vitamina C —me responde con obviedad.


—¿Eso también lo leíste en internet? —pregunto de manera burlona.


—No. Llamé a mi madre...


—¿La llamaste? ¿Qué te dijo?


—Me dijo que no puede creer que demoraras tanto en decírmelo, lloró, gritó, me felicitó y me dio algunos consejos.


—¿Y qué más?


—Mi madre dijo que si tú y yo dormimos frente a frente, el bebé sentirá el calor de ambos y para cuando nazca nos reconocerá a los dos inmediatamente...


No puedo evitarlo.



Verlo así hace que mi corazón se derrita una y otra vez. Será el mejor padre del mundo, me protegerá incluso del aire si es necesario. Estoy completamente asegura que concebir a Pequeño Ángel fue la mejor decisión que he tomado en toda mi vida.


Este bebé cambiará nuestras vidas.



*****


Minutos más tarde, golpean la puerta y ambos damos la orden para que entren a la habitación. Las dos chicas del servicio traen una bandeja repleta de comida cada una. Andy me entrega una a mí y la otra chica se la da Pedro


Comeremos en la cama de nuevo. Me siento fantástica...


Observo ambas bandejas y noto que son completamente iguales. Copias exactas en porciones y cantidades.


—¿Tu comerás esto también? —cuestiono mirándolo con confusión.


—A partir de ahora, comeré todo lo que tú comas, mi preciosa Paula. Haremos todo a conjunto.


Me rio levemente y beso sus labios. ¿Qué hice para merecer a este hombre?


Comenzamos a comer, mientras que Pedro mira el canal de noticias en la televisión de plasma. Tengo hambre y debo admitir que esta sopa de vegetales se ve fabulosa.


—Sabes... —digo para llamar su atención. Él baja el volumen al televisor y me mira expectante—. Me gustaría decirle a mi padre lo de Pequeño Ángel —murmuro algo tímida —. Él es alguien importante para mí y...


—Mañana antes de que vaya a la oficina, podremos visitarlo para decirle lo de Pequeño Ángel —Estira su brazo y caricia a nuestro hijo 


—De acuerdo.


—¿Cuándo se lo diremos a los demás? —me pregunta. Está dándome a elegir, yo puedo escoger.


—Pensaba decírselo a todos en tu fiesta de cumpleaños. Ya sabes que tu madre organizará algo y todos estarán ahí...


Él asiente, me besa en los labios y acaricia mi mejilla.


—Me gusta esa idea —sisea—. Ahora come, cariño. Tenemos que alimentar a este bebé.



Acabamos con la cena, Pedro lleva ambas bandejas a la cocina y espero impaciente hasta que regrese. Tengo algo de sueño, pero no quiero dormirme sin él, quiero cerrar los ojos y descansar en sus brazos.


Poso mi mirada sobre mi vientre plano. En unos meses no me veré como ahora, mi hijo crecerá día a día y yo sentiré cada uno de esos cambios.


—Serás muy feliz, Pequeño Ángel —le digo a mi barriga y sonrío cuando comprendo lo que estoy haciendo.


Es extraño. Sé que está ahí dentro de mí, pero a veces mi cerebro no se atreve a creer que de verdad le hablo a mi bebé. ¿Podrá oírme? Tengo tantas preguntas, tantas dudas...


Pedro aparece en la habitación. Se sienta a mi lado y me enseña un libro antiguo de tapa dura en color negro con adornos dorados. Frunzo el ceño y lo interrogo con la mirada.


—Ábrelo —me dice como si eso respondiera a todo. 


Comienzo a pasar las páginas desesperadamente, pero no encuentro nada.


—Está en blanco.


—Así es.


—No comprendo.


—Escribamos algo en el cada día, con respecto a nuestro bebé, a cómo va el embarazo y ese tipo de cosas. Hagamos de este viejo libro un diario —me sugiere, y sonrío por lo complacida que estoy con su idea.


—Me encanta la idea.


Tomo el libro entre mis manos, Pedro me da el bolígrafo y juntos pensamos que escribirle a nuestro hijo en esta primer hoja.




Pequeño Ángel:
Si, así decidimos llamarte tu padre y yo, hasta saber si eres una preciosa niña o un precioso niño, serás un ángel de todas formas.
Hace exactamente cuatro días que sé de tu existencia y hace unas dos o tres horas que se lo he dicho a papi... Aún sigue llorando...
Hemos decidido escribirte este diario, es una forma diferente de decirte con palabras lo que sentimos. Ambos tenemos la esperanza de que cuando tengas unos diecisiete u dieciocho años, leas esto y comprendas todo lo que ya te amamos.
Papá cree que serás una niña y, sinceramente, sé que serás una hermosa niña como tu madre, es decir yo. Incluso, me atrevo a imaginarte... Tu padre me mira en este momento y sé que también lo hace.
Me pregunto: ¿Cómo serás? ¿De qué color serán tus ojos? ¿De qué color será tu cabello? ¿Y, qué hay de tu carácter?
Ahora estoy riendo porque papá implora que seas calmado como él. Sí, sé que no podrá soportar a una Paula entera y menos a una mini Paula más...
Tengo que admitir que saber que estás dentro de mí me hacen llorar. Estoy algo sensible y papi intenta acostumbrase a esos cambios repentinos.
Ahora te acaricia lentamente una y otra vez, mientras que sonríe al ver como escribo y lleno las hojas en blanco de este diario. Tu diario.
Sé que puedes sentir a papá, aunque, cuando leas esto no lo recordarás, sé que puedes escuchar a mamá y también sé que sabes que te amamos, Pequeño Ángel... Estas son las dos primeras páginas de muchas, porque mientras que tenga manos para escribir y un corazón con el que sentir, escribiré y sentiré... Lo haré para demostrarte mi amor, el amor de tu padre...
Ambos haremos lo que esté a nuestro alcance para que nunca te falte amor, felicidad, cariño... Ni siquiera tienes dos meses de vida, pero ya te amamos con todo nuestro corazón...
Sigue creciendo, Pequeño Ángel...
Con amor y mucha emoción.
Mamá y Papá.







CAPITULO 30 (SEGUNDA PARTE)




—Pruébalo —le digo, tendiendo el cupcakes delante de su boca. No sé qué me sucede, pero luego de dar tantas vueltas alrededor de la cocina, comencé a sentir hambre. Me comí dos de estas delicias y estoy a punto de un tercero.


—¿Tienes hambre?—pregunta abrazándome por la cintura.


No puedo negarlo. Claro que sí.


—Es que esto está realmente delicioso —musito haciendo que pruebe mi creación.


Pedro abre la boca y muerde el cupcake de chocolate y vainilla con crema de cereza, decorado con flores comestibles. Mastica un par de veces y luego la expresión de su rostro me demuestra satisfacción. Sí, le gusta.


—¿Qué tal está? —pregunto con una sonrisa.


—Delicioso, mamá.


—Mamá... —murmuro—. Me gusta cómo suena eso —confieso en un susurro.


Pedro sonríe y acaricia mi mejilla.


—En un tiempo nuestro hijo va a llamarte mamá, todo el tiempo.


—Y a ti papá...


—Exacto —afirma con una inmensa sonrisa.


¡No puedo creerlo! ¡Voy a tener un bebé!



****


Minutos más tarde, subimos a nuestra habitación con unos cuantos cupcakes, refresco, jugo de naranja y pastel, todo en una bandeja. Pedro me deja con suma delicadeza sobre el colchón y se acuesta a mi lado.


—Muero por quitarte ese vestido —musita con su rostro a menos de dos centímetros del mío.


—Entonces, hazlo —lo reto.



Pedro mueve sus manos con delicadeza hacia la parte trasera de mi espalda. Desata el nudo del delantal y me lo quita. En todo ese tiempo no apartamos la mirada y nos decimos todo lo que queremos en pensamientos, como si estuviésemos conectados.


—Te amo, mi preciosa Paula —murmura, tomando mi rostro con ambas manos.


—Yo también te amo, Pedro Alfonso —respondo, acortando más la distancia. Miro sus labios por unos segundos y luego contemplo su mirada—. Te amo y nuestro Pequeño Ángel también te ama.


Pedro sonríe claramente emocionado. Me coloca de rodillas sobre el mullido colchón, busca el cierre de mi vestido y lo baja lentamente, con la mirada fija en el punto en donde la prenda comienza a revelar la piel desnuda de mi espalda.


Todo es con calma, no hay prisa, tenemos todo el tiempo del mundo.


Desengancho mi sostén y me deshago de el inmediatamente. Pedro sonríe y hace que recueste mi cabeza en los suaves almohadones de plumas.


—Quítate la camisa —le pido mirándolo desde este ángulo—, por favor —concluyo la oración. Quiero ver su piel, quiero sentir su calor y no quiero nada en medio de los dos.


Él comienza a desabrochar uno a uno los botones de la prenda. Tengo deseos de moverme y arrancarlos todos de un tirón, como lo hago siempre, pero me contengo. Esta vez Pedro tiene el control de la situación.


¿Yo dije eso?


—¿Estas cansada, cielo? —pregunta, posando ambas manos sobre mis caderas.


—Solo un poco.


Me sonríe como respuesta, se pone de pie, corre en dirección al baño y, segundos más tarde, reaparece delante de mí con el envase de crema corporal con aroma a rosas.
Comprendo de inmediato lo que quiere hacer y sonrió repleta de felicidad.


—¿Un masaje, señora Alfonso?


—Claro —respondo, posicionándome para voltearme boca abajo, pero la mano de Pedro me detiene.


—No voltees aún.


—De acuerdo —digo solo para complacerlo.


Acomodo mi cabeza en la almohada, él abre el envase y coloca un poco de crema en ambas manos. Comienza con mis pies, los masajea dulcemente, haciéndome disfrutar de las sensaciones. Sí, tengo que admitir que mis pies no están acostumbrados a los calzados bajos, algo de dolor tengo, pero estoy segura que Pedro lo solucionará.


Más tarde, acaba con mis pies y empieza con mis piernas. 


Desliza su mano con un poco de crema en la longitud de cada una de ellas y se detiene antes de llegar a mis caderas. 


Tengo que admitir que comienzo a excitarme, es extraño, hermoso y diferente. Su mano, la crema corporal, yo... Es una sensación muy placentera.


Ahora sus manos masajean mis caderas y enmarcan el contorno de mi cuerpo. Se ve muy concentrado en lo que hace, no aparta los ojos de mí ni un solo segundo, parece idiotizado.


—Me gusta lo que estás haciendo —murmuro levemente. 


Me mira fijamente y sonríe. Mueve sus manos hacia mi vientre y acerca su cuerpo al mío, sentándose a mi lado en la cama.


—Nuestro Pequeño Ángel... —susurra, observando mi vientre.


Sonrió y coloco mi mano encima de mi barriga para sentir a mi bebé, Pedro posa su mano encima de la mía y los dos comenzamos a acariciar a nuestro hijo con lentos movimientos circulares, una y otra vez.


—Hace apenas unas de horas que sé de su existencia y ya lo amo con todo mí ser —me dice emocionado—. ¿Cómo es posible?


—Ni siquiera yo lo sé, Pedro —aseguro, acariciando su cabello con mis manos.


Él acerca su cabeza a mi vientre y comienza a besar a nuestro hijo tiernamente. Al principio son besitos inofensivos por todo mi abdomen, pero luego, los besos se tornan algo excitantes y elevan mi temperatura corporal a medida que él se acerca a mi monte de Venus.


Pedro, eso es algo... —digo con la voz entrecortada y los ojos cerrados.


Se ríe sonoramente y une sus labios a los míos.


Hace de cuenta que nada sucedió. Se separa de mi boca a mitad de un beso impresionante y vuelve a colocar más crema corporal en sus manos. Mira mis pechos y luego toma uno en cada mano. La crema tocando mis pezones me hace sentir tan... Oh, mi Dios.



Él los masajea suavemente y, de vez en cuando, los amasa, pero de manera muy leve, como si no quisiese hacerme daño alguno. No puedo resistirlo, necesito hacerlo, lo necesito a él.


Pedro... —chillo con un hilo de voz. No se detiene, solo me sonríe. Interrumpo sus movimientos con mi mano y lo miro fijamente—. Hazme el amor —le pido con el tono de voz cargado de excitación y la mirada repleta de dulzura y suplicas.


Él atrapa mi cuello con una de sus manos y me besa apasionadamente, como intentando responder a mi petición con ese beso. Sé que me dice que sí de inmediato.


—¿No le haremos daño a Pequeño Ángel?


—Pequeño Ángel debe de tener el tamaño de un grano de café, Pedro. No sabrá lo que sucede —aseguro, mirándolo con ternura.


—¿Cómo sabes que es del tamaño de un grano de café? —, frunciendo el ceño.


—Lo leí por ahí —le digo, así, sin más.


—¿Segura que nada sucederá?


—Completamente.


—Pero...


—Por favor, Pedro, no me hagas rogar.


Él parece pensarlo por unos segundos, pero gracias a Dios, su decisión es rápida.


—Te haré el amor, mi preciosa Paula...